Bosques enteros se han talado (e incontables kilovatios se han consumido) para recoger el torrente de palabras dedicado a analizar el retroceso democrático, real o supuesto, en innumerables países como Polonia, Hungría, Turquía, India, Israel e incluso Estados Unidos. Resulta especialmente preocupante que dicho retroceso se haya producido, o amenace con producirse, en Estados que hasta ahora podían presumir de unas credenciales democráticas respetables; recordemos que no existe la democracia perfecta. Por lo general, estos análisis señalan que la democracia se ve subvertida de una forma si cabe más siniestra que en épocas anteriores, cuando eran habituales los golpes de Estado militares.
A menudo, en este interminable debate se pasa por alto la cuestión fundamental que sustenta la democracia, su base ontológica: el demos.
El ‘demos’ y la democracia
Consideremos lo siguiente: una vez celebradas unas elecciones libres, entra en juego el principio de la mayoría. El partido o la coalición de partidos ganadores obtienen la autoridad para gobernar en nombre del pueblo, de acuerdo con sus compromisos ideológicos y programáticos. Eso es lo que significan la democracia y el gobierno de la mayoría. En la mayor parte de nuestros sistemas, dicho gobierno mayoritario no es ilimitado, sino que está sujeto a ciertas restricciones constitucionales. Sin embargo, dentro de esos límites, si hay, por ejemplo, una mayoría neoliberal, cabe esperar –y hay que aceptar– políticas neoliberales. Si hubiera una mayoría socialista, ocurriría lo mismo.
Por extraño que pueda parecer, siendo como es axiomático, no resulta tan fácil explicar o justificar este principio del gobierno mayoritario. La mayoría podría ser malvada. La mayoría podría estar equivocada. La mayoría podría ser estúpida y “llevar al país a la ruina”. No hay acuerdo entre los estudiosos que abordan esta cuestión a la hora de explicar este axioma democrático. Se pueden ofrecer…

El ‘demos’, la nación y el Estado fracturado


