Las estrategias de ajuste no están en su mejor momento y desde todo el mundo se pide que sean puestas en cuarentena, pero cualquier medida de impulso unilateral por parte de Francia mediante un fuerte aumento del gasto agravaría la tensión en torno al ya amenazado ‘rating’ de su deuda.
Hay un dicho alemán, de hace muchos años, que ilustra como nada la admiración y hasta envidia que los ciudadanos germanos sentían por el savoir vivre de los franceses: Leben wie Gott in Frankreich o, lo que es lo mismo, ‘Vivir como Dios en Francia’. Pero, eso es ya historia. Ni los alemanes suspiran estos días por vivir al estilo galo –que no ven ya como ejemplar– ni los franceses parecen muy complacidos con las condiciones económicas que padecen estos días en su paraíso perdido.
Ha sido esa insatisfacción, que no es de hoy, la que les llevó en 2007 a decantarse por Nicolas Sarkozy, que entonces fue capaz de convencerles de que tenía la varita mágica capaz de alumbrar una nueva época dorada para la economía francesa; y ahora, y por razones muy similares –la frustración–, a expulsarle del poder para sustituirlo por otro personaje sobre el que han depositado todas sus esperanzas, François Hollande, el primer presidente socialista en 17 años y el segundo desde el establecimiento de la Quinta República, en 1958.
Todo ello porque la última década, que ha coincidido con la introducción del euro, ha sido fatídica para la economía francesa. Aún cuando sigue manteniendo el cetro de segunda economía de Europa, su peso en el conjunto de la Unión Europea y del mundo no ha cesado de reducirse. Tanto que estos días, antes y durante la elección de Hollande, lo habitual ha sido, por parte de los medios y los analistas,…

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