POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 109

Darwin, siglo y medio después

José Manuel Sánchez Ron
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La idea de la evolución, ya sea a la manera de Darwin o en otras versiones, no explica todo, pero sí muchas cosas, y cada vez más. El origen de las especies es un libro extremadamente claro, ahora al igual que cuando vio la luz. Por eso fue tan pronto y tan duramente atacado: todos podían comprender las cargas de profundidad que contenía para creencias religiosas firmemente establecidas, para teorías de «diseño inteligente» o el creacionismo de nuevo y viejo cuño.

 

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El origen de las especies, Charles Darwin, Madrid: Espasa, 2005. 608 págs.

 

Escribir, 146 años después de que fuese publicado, algo así como una reseña de On the origin of species by means of natural selection, or the preservation of favoured races in the struggle for life, de Charles Darwin (1809-82), puede parecer –y realmente lo es– sorprendente. Ni siquiera se reduce la sorpresa centrando tal reseña en la traducción al castellano de ese libro inmortal que cualquiera puede adquirir hoy, la editada por Espasa en su colección Austral: El origen de las especies, que incluye una informativa introducción de Jaume Josa. Y no la reduce porque, como es natural dada la importancia, trascendencia y popularidad que inmediatamente adquirió la obra, pronto se tradujo a nuestro idioma.

En 1872, en efecto, la imprenta a cargo de Jacobo María Luengo de Madrid publicó una traducción, aunque incompleta, bajo el título Origen de las especies por selección natural o resumen de las leyes de transformación de los seres organizados. La primera versión completa llegó en 1877 (Biblioteca Perojo, Madrid-París), siendo el traductor Antonio Godínez, bajo el título, más literal, de Origen de las especies por medio de la selección natural o la conservación de las razas favorecidas por la existencia. Cabe señalar que la traducción no fue de la primera edición inglesa, de 1859, sino de la sexta y última, de 1884, en la que se omitió, por cierto, el «On» del título. La traducción disponible en Espasa no es, sin embargo, la de Godínez, sino una realizada (también de la sexta edición) por el distinguido genetista catalán Antonio de Zulueta y Escolano (1885-1971) y publicada por la editorial Calpe en 1921.

 

El Diseño Inteligente

Habida cuenta de esta larga historia de El origen de las especies en nuestro país, y en el mundo, ¿qué sentido tiene ocuparse ahora, una vez más, de él? Desgraciadamente mucho, ya que la teoría de la evolución que Darwin presentó en aquel libro está siendo atacada o, como mínimo, cuestionada en algunos lugares, especialmente en Estados Unidos, la nación más poderosa del planeta, líder en el avance de la ciencia. De hecho, no se trata de un ataque nuevo, puesto que ese país se ha distinguido desde hace tiempo en la lucha contra la teoría de la evolución.

Así, a comienzos de los años veinte varios Estados prohibieron la enseñanza de la evolución, decisión que fue anulada por anticonstitucional en 1968 por el Tribunal Supremo de EE UU. Poco después, sin embargo, en la década de los setenta, Arkansas y Luisiana introdujeron una norma que exigía dedicar el mismo tiempo en los colegios a enseñar una interpretación literal del Génesis, esto es, al creacionismo, que a la evolución. De nuevo, esta norma fue revocada por el Tribunal Supremo en 1987. Pero la historia no se detuvo ahí: en 1999, el consejo escolar de Kansas aprobó eliminar la evolución, así como la teoría del Big Bang, de los programas científicos del Estado. No se prohibía su enseñanza, pero sí que el tema se incluyese en los exámenes que se realizaran en todo el Estado.

A primeros de agosto de 2005, el presidente George W. Bush volvió a la carga, esta vez con una vieja táctica, la de utilizar otras palabras: en lugar de «creacionismo», ahora se habla de «diseño inteligente» (alguien –un Dios– debió de diseñar la vida y, en particular, la humana). Concretamente, lo que Bush ha hecho es manifestar que se debería tratar el “diseño inteligente” al mismo tiempo que la evolución cuando se enseña a los estudiantes acerca del origen de la vida. «Creo –dijo– que parte de la educación es exponer a las personas a diferentes escuelas de pensamiento».

«Exponer a las personas a diferentes escuelas de pensamiento». Puede sonar bonito, incluso democrático, pero oculta falacias evidentes: en aras a semejante principio «pluralista», ¿debemos enseñar los principios de la democracia junto a los de la tiranía?, ¿dedicar el mismo tiempo a la alquimia que a la química, a la física de Aristóteles que a la de Einstein?, ¿introducir a los jóvenes en los principios de la magia al mismo tiempo que nos esforzamos en enseñarles los fundamentos de la ciencia? Por otra parte, los que argumentan como el señor Bush se olvidan de un detalle importante: hasta la fecha, la enseñanza de la religión –esto es, del creacionismo o del «diseño inteligente»– ha ocupado mucho más espacio y tiempo en los programas de estudio que la teoría de la evolución. Quien necesita más ayuda, no es, por tanto, la enseñanza de las religiones, que cuentan con todo tipo de instrumentos de promoción, dentro y fuera de la escuela, sino el evolucionismo.

Hay otro argumento que casi es vergonzoso recordar: el creacionismo, el «diseño inteligente», puede consolar nuestras existencias (lo que es perfectamente comprensible), pero jamás ha explicado nada. Nos protege ante el desamparo de una existencia cuyo origen y sentido desconocemos, pero en modo alguno ilumina nuestro entendimiento, esa facultad que tanto valora nuestra especie. Por el contrario, la idea de la evolución, ya sea a la manera de Darwin o en otras versiones, no explica todo, por supuesto, pero sí muchas cosas, y cada vez más.
En realidad, Bush no es sino la punta más notoria de un enorme iceberg del que forman parte instituciones como The Discovery Institute, fundado en 1991 por un alto oficial de la administración de Ronald Reagan. El «diseño inteligente» se ha convertido en una parte tan importante de las actividades de este instituto que ha creado una división, el Centro para la Renovación de la Ciencia y la Cultura, que dedica todo su tiempo a esa causa. Su táctica ha sido resumida con las siguientes palabras: «Utilizar el diseño inteligente como un instrumento para combatir la evolución y así promover una agenda político-religiosa conservadora».

 

La claridad de la evolución

Pasando, ahora ya sí, a El origen de las especies, ¿qué se puede decir, brevemente, de él? Lo primero, que es un libro extremadamente claro, que cualquiera puede leer, ahora al igual que cuando vio la luz. Por eso fue tan pronto y tan duramente atacado: todos podían comprender las cargas de profundidad que contenía para creencias religiosas firmemente establecidas. Recordaré, en este sentido, las palabras con las que el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, intentó menospreciar la nueva teoría durante la reunión anual de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia que se celebró en junio de 1860, en el mismo Oxford, cuyas creencias religiosas él orientaba: «Querría preguntar al profesor Huxley», dijo entonces Wilberforce, «acerca de su creencia de que desciende de un mono. ¿Procede esta ascendencia del lado de su abuelo o del de su abuela?».

El Huxley en cuestión no era otro que Thomas Henry Huxley, distinguido biólogo, que sería el gran defensor de Darwin y del evolucionismo. Y Huxley contestó con la dignidad que él mismo, Darwin y la ciencia merecían: «No sentiría ninguna vergüenza de haber surgido de semejante origen; pero sí que me avergonzaría proceder de alguien que prostituye los dones de la cultura y la elocuencia al servicio de los prejuicios y la falsedad».

La claridad y contenidos de El origen de las especies, así como que Darwin ya fuese por entonces un autor conocido y respetado (entre otros motivos, por el libro que escribió sobre el viaje que había realizado entre 1831 y 1836 en el legendario navío Beagle), explican su éxito inmediato. La primera edición, de 1.500 ejemplares, se agotó el mismo día (24 de noviembre de 1859) en que se puso a la venta, y un mes más tarde apareció una segunda edición; en su primer año, se vendieron 3.800 copias y en vida de su autor, 27.000.

No fue Darwin, es cierto, quien primero expuso la idea de que las especies han sufrido modificaciones en el pasado. De hecho, El origen de las especies se abre con una «Noticia histórica del desarrollo de las ideas acerca del origen de las especies antes de la publicación de la primera edición de la obra». Sin embargo, nadie antes que él (ni siquiera su contemporáneo Alfred Wallace, con quien comparte el honor de haber propuesto la idea de la evolución mediante la selección natural) reunió, y articuló en una unidad, tantos datos tomados de la zoología, la geología y otras ciencias naturales. Aun siendo un libro extenso, no era sino un resumen, o un prolegómeno, de la obra que él habría deseado escribir y que tal vez habría terminado escribiendo (aunque acaso no) de no haber aparecido Wallace en escena.

Datos concretos aparte, los ejes principales sobre los que se apoya la argumentación de Darwin son en esencia unos pocos. Uno de ellos surgió de la lectura que hizo en septiembre de 1838 del libro del economista Thomas Robert Malthus (1766-1834), An essay on the principle of population (Un ensayo sobre el principio de población, 1826), que le proporcionó un mecanismo causal clave para explicar las variaciones en las especies. En The origin of species (capítulo III, sexta edición) se encuentran pasajes que muestran la deuda de Darwin con Malthus: «De la rápida progresión en que tienden a aumentar todos los seres orgánicos resulta inevitablemente una lucha por la existencia. Todo ser que durante el curso natural de su vida produce varios huevos o semillas tiene que sufrir destrucción durante algún periodo de su vida, o durante alguna estación, o de vez en cuando en algún año, pues de otro modo, según el principio de la progresión geométrica, su número sería pronto tan extraordinariamente grande que ningún ­país podría mantener el producto. De aquí que, como se producen más individuos que los que pueden sobrevivir, tiene que haber en cada caso una lucha por la existencia, bien de un individuo con otro de su misma especie o con individuos de especies distintas, bien con las condiciones físicas de vida. Ésta es la doctrina de Malthus, aplicada con doble motivo al conjunto de los reinos animal y vege­tal, pues en este caso no puede haber ningún aumento artificial de alimentos, ni ninguna limitación prudente por el matrimonio».

Provisto de semejante elemento, en el capítulo siguiente (IV, sexta edición), Darwin introducía el «principio de selección natural», tan estrechamente asociado a su nombre: «La lucha por la existencia (…), ¿cómo obrará en lo que se refiere a la variación? El principio de la selección, que hemos visto que es tan potente en las manos del hombre, ¿puede tener aplicación en las condiciones naturales? (…) Involuntariamente, el hombre somete a los seres vivientes a nuevas y cambiantes condiciones de vida, y sobreviene la variabilidad; pero cambios semejantes de condiciones pueden ocurrir, y ocurren, en la naturaleza. Tengamos también presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y de sus condiciones físicas de vida y, en consecuencia, qué infinitamente variadas diversidades de estructura serían útiles a cada ser en condiciones cambiantes de vida. Viendo que indudablemente se han presentado variaciones útiles al hombre, ¿puede pues parecer improbable que, del mismo modo, para cada ser, en la grande y compleja batalla de la vida, tengan que presentarse otras variaciones útiles en el transcurso de muchas generaciones sucesivas? Si esto ocurre, ¿podemos dudar –recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir– que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros ten­drían más probabili­dades de sobrevivir y procrear su especie? Por el contrario, podemos estar seguros de que toda variación en el menor grado perjudicial tiene que ser rigurosamente destruida. A esta conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados».

A pesar del atractivo y del poder explicativo de principios como los anteriores, existían problemas. Y Darwin ni los ignoraba ni dejó de mencionarlos en su libro. «No niego», escribió en el capítulo XV (Recapitulación y conclusión), «que pueden hacerse muchas y graves objeciones a la teoría de la descendencia con modificación, mediante variación y selección natural. Me he esforzado en dar a estas objeciones toda su fuerza. Nada puede parecer al pronto más difícil de creer que el que los órganos e instintos más complejos se han formado, no por medios superiores –aunque análogos– a la razón humana, sino por la acumulación de pequeñas variaciones innumerables, cada una de ellas buena para el individuo que la poseía». Y mencionaba, entre los casos de especial dificultad, «la existencia de dos o tres castas definidas de hormigas obreras, o hembras estériles, en la misma sociedad», aunque procuró demostrar cómo se po­dían superar tales problemas.

Ya fuese por estos motivos, científicos, o por prejuicios religiosos, la selección natural de Darwin fue muy controvertida a finales del siglo XIX, abundando los biólogos que no se tomaron en serio el mecanismo darwiniano, optando muchos por diferentes ideas antidarwinianas, o relegando la selección natural como un factor secundario y puramente negativo. El problema de fondo era, claro, que Darwin no disponía de un mecanismo adecuado para explicar el proceso evolutivo. Y es que Darwin descubrió el hecho de la existencia de la selección natural, y contribuyó notable­mente a dilucidar la historia de la evolución animal, pero apenas pudo hacer más que vagas sugerencias acerca de por qué surgen variaciones heredita­rias entre organis­mos y cómo se transmiten éstas de generación en genera­ción; es decir, carecía de una teoría de la herencia. Las teorías de la herencia que prevalecían por entonces soste­nían ideas como la de que las características de los progenitores se mezclan en los hijos; pero si esto era así sería difícil explicar cómo podían mantenerse, sin diluirse con el transcurso de las generacio­nes, las caracte­rísticas favora­bles.

La pieza de que carecía Darwin era, por supuesto, la genética. De hecho, pudo haber dispuesto de la esencia de ella, ya que el artículo fundacional –»Versuche über Pflanzen-Hybriden» (Experi­mentos sobre la hibridación de plantas)– del monje agustino Gregor Mendel (1822-84), en el que formuló los principios básicos de la teo­ría de la herencia, a la que llegó a través de los experimentos realizados con guisantes en el jardín de su monasterio, en lo que hoy es en Brno (Repúbli­ca Checa), fue publicado en 1866 (aunque apareció en el tomo de Verhandlungen des naturforschenden Vereines de Brno correspondiente a 1865). Pero las investi­gaciones de Mendel pasaron prácticamente inadvertidas, y cuando se redescubrieron, simultáneamente, en 1900 por el holandés Hugo de Vries (1848-1935), el alemán Carl Correns (1864-1935) y, en menor grado, el austriaco Erik von Tschermak (1871-1962), el autor de El origen de las especies ya había muerto.

Otro rasgo, el último que quiero destacar, de este libro es que, a pesar de toda la violenta oposición que se desató en su contra, Darwin fue bastante cuidadoso intentando no perturbar los sentimientos de sus lectores, para los que la idea de la evolución, de que los humanos estuviésemos emparentados con otras especies, podía ser molesta. Sin embargo, tales precauciones fueron desapareciendo posteriormente, como muestra en The descent of man, donde se encuentran pasajes como los siguientes (Sumario general, parte II): «La principal conclusión a la que se llega en este trabajo, a saber, que el hombre desciende de algunas formas poco organizadas, será, lamento pensar, altamente desagra­dable para muchas personas. Pero difícilmente puede dudarse de que descendemos de bárbaros. Nunca olvidaré el asombro que sentí cuando vi por primera vez un grupo de fueguinos en una salvaje y remota playa, y que la reflexión que inme­diatamente me vino a la mente fue: así fueron nuestros ancestros. Esos hombres estaban absolutamente desnudos y pintados, sus largos cabellos desgreñados, sus bocas babeaban con excitación, y su expresión era salvaje, sorprendida y desconfiada. Apenas poseían habilidad alguna y, al igual que los animales salvajes, vivían de lo que podían coger; no tenían gobierno, y estaban indefensos ante cualquiera que no fuese de su pequeña tribu. Aquel que haya visto un salvaje en su tierra nativa, no sentirá mucha vergüenza si se ve forzado a reconocer que la sangre de alguna humilde criatura corre por sus venas. Por mi parte, preferiría descender de aquel heroico monito que desafía a su temido enemigo para salvar la vida de su guardián, o de aquel viejo mandril que, descendiendo de las montañas, sacó triunfalmente a su joven camarada de una manada de sorprendidos perros, que de un salvaje que disfruta torturando a sus enemigos».

Tal es, a grandes rasgos, la herencia intelectual que Charles Darwin nos dejó en El origen de las especies, un libro fundamental a la hora de intentar comprender hoy el mundo y formarse algún tipo de «visión de la naturaleza». Que se pretenda ignorar las lecciones que en él se encuentran constituye una tragedia al mismo tiempo que una vergüenza. Recordaré, en este sentido, lo que en 1981 escribió el gran naturalista y divulgador científico Stephen Jay Gould con ocasión del fallecimiento de Kirtley Mather, que había testificado a favor de la evolución en un juicio que se celebró en 1925 en Tennessee contra un profesor de instituto, John Scopes, que fue condenado por enseñar la teoría de la evolución: «Cuando pienso que estamos de nuevo enzarzados en la misma lucha por uno de los conceptos mejor documentados, más convincentes y excitantes de toda la historia, no sé si reír o llorar». Pues eso, pero más de 20 años después.