Autor: Wade Davis
Editorial: The Bodley Head
Fecha: 2020
Páginas: 401
Lugar: Londres

Elegía al Magdalena, ‘río madre’ de Colombia

El antropólogo y botánico canadiense Wade Davis paga su deuda infantil con el río Magdalena, una especie de Misisipi al revés que recorre Colombia del sur al norte. Lo hace con una crónica de viajes y aventuras que es también un fresco de la historia del país.
LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE
 | 

Los ríos son caminos que se mueven y nos llevan adonde queremos ir
y también adonde nos quieran llevar…”
Blaise Pascal, Pensées (1670)

 

Desde los primeros tiempos coloniales, kogis, arhuacos y wiwas –descendientes de la antigua cultura tairona, que en tiempos precolombinos habitaba las cuencas de los ríos Guachaca, Don Diego, Buritaca– se refugiaron en el paraíso montañoso de la Sierra Nevada de Santa Marte, que se eleva hasta los 6.000 metros de altura a muy corta distancia de la planicie costera caribeña de Colombia. Los tres pueblos tienen lenguas distintas, pero les unen los mitos, la memoria y su capacidad para vivir en relativa armonía entre manantiales, glaciares y bosques, un ars vivendi que transmiten de generación en generación sus mamos (chamanes), que creen que sus rituales mágicos mantienen la fertilidad de la naturaleza y el equilibrio de sus ecosistemas.

Los taironas libraron en 1591 su última batalla contra los invasores barbados, después de la cual se ocultaron durante siglos en sus brumosas montañas. Según el antropólogo y activista Martin von Hildebrand, las referencias temporales de los mamos son flexibles porque perciben el tiempo como un continuum en el que pasado, presente y futuro se mezclan, como si Colón y sus hombres no hubiesen desembarcado en las playas cercanas en 1499, sino ayer mismo.

En 1972, unos huaqueros (saqueadores de ruinas) descubrieron Teyuna, la ciudad perdida de los tairona, construida 650 años antes que Machu Picchu. Tras la aparente simplicidad de su organización social subyacen ritos de alta complejidad, como los de la búsqueda en la selva de plantas curativas, psicoactivas –yagé, quinde, wilca, huachuma, chacruna…– o venenosas, como el curare, para los dardos de sus cervatanas.

Lo que da sentido a sus vidas, dice Hildebrand, no es lo que se puede ver o tocar, sino lo que existe en el ámbito de la aluna (espíritu generativo o fuerza vital). Así, las lianas de las que se obtiene el ayahuasca, un brebaje alucinógeno, son también anacondas, la serpiente Anamishuka Saweraw, y las montañas, ríos y seres humanos, un reflejo de la Gran Madre.

 

La peste del olvido

La Sierra Nevada prácticamente flota sobre una placa tectónica triangular de 150 kilómetros por lado y que cubre un área de 20.000 kilómetros cuadrados que se extienden desde playas de arena blanca y aguas de color turquesa a picos nevados donde se enredan las nubes y desde los que se domina el Caribe.

Sus múltiples ecosistemas incluyen arrecifes de coral, ciénagas, pantanos, bosques tropicales, desiertos y glaciares de alta montaña. Los mamos recuerdan aún los tiempos en los que la Ciénaga Grande, entre Santa Marta y Barranquilla, era un edén acuático, hogar de manatíes –el único mamífero no marino que vive bajo el agua–, jaguares, caimanes y cientos de especies de aves –iguazas, guacharacas, agamíes…– porque el humedal mantenía un equilibrio casi perfecto entre ecosistemas fluviales y marinos.

Según los cronistas de la conquista, en los ríos de la zona las tortugas eran tan numerosas que obstaculizaban la navegación. No es extraño que no muy lejos de allí, en Aracataca, naciera en 1927 un niño que revelaría al mundo los secretos de la comarca que fue atacada por la peste del olvido y perdió el nombre de las cosas.

 

Piratas del Caribe

Los piratas han sido siempre la pesadilla de los costeños. El asalto de Francis Drake a Cartagena en 1589 dejó a la ciudad en ruinas y despojada hasta de las campanas de sus iglesias. Hoy no es tan distinto. Décadas de violencia y deforestación han diezmado los hábitat de los más de 80 pueblos nativos del país –barasanas, makunas, paeces, kamsás, wayús, tanimukas…–, hoy unos dos millones, casi los mismos que vivían en 1492 en lo que es hoy Colombia.

Durante todo el siglo pasado, terratenientes y latifundistas fueron empujando a los campesinos hacia las riberas de los ríos. Sin reformas agrarias como la mexicana de 1915 o la boliviana de 1952, el 90% de las tierras cultivables están en manos del 5% de los colombianos. La constitución de 1991 reconoce los llamados “resguardos indígenas” como instancias de gobierno civil, hoy unos 700 que cubren una extensión similar a la de las islas británicas y el 30% de su superficie, más que en ningún otro país.

El problema es que, como desde tiempos inmemoriales, la ley se acata pero no se cumple, especialmente fuera de Bogotá. Las concesiones de minería y otros megaproyectos extractivos y la minería ilegal están dañando a gran escala los manglares, la desembocadura del río Ancho en la península de la Guajira y la reserva natural Kogui Malayo Arhuaco.

Según activistas medioambientales, cientos de turistas extranjeros –italianos, israelíes, ingleses, españoles…– han construido lujosos hostales en la zona porque la Agencia Nacional de Tierras no quiso comprar los predios y porque el gobierno de Iván Duque suspendió el programa Guardabosques Corazón del Mundo.

En agosto de 2018, en el tramo final de su mandato, Juan Manuel Santos firmó un decreto ampliando el territorio ancestral de los tres pueblos nativos de la Sierra Nevada, hasta la llamada “línea negra”, un anillo protector contra narcos, disidentes de la guerrilla y mineros ilegales.

 

Amor a primera vista

La Sierra Nevada no está muy lejos de Bocas de Ceniza, la desembocadura del Magdalena, el río madre de Colombia, del que trata el último libro de Wade Davis, antropólogo canadiense, fotógrafo, botánico, escritor, profesor de la British Columbia University y exexplorador residente de la National Geographic Society, con la que viajó desde la Polinesia y el Sahara al Ártico y la Patagonia.

The Serpent and the Rainbow (1985), sobre el vudú haitiano, One River (1996), su primera incursión en la Amazonía, e Into the Silence (2012), sobre la trágica expedición de George Mallory al Everest en 1921, que ganó el premio Samuel Johnson, son ya clásicos de la literatura de viajes.

La edición colombiana de El Río (2002) –un homenaje a su maestro, el etnobotánico Richard Evans Schultes, y a la vez un viaje iniciático siguiendo sus pasos en la búsqueda de plantas psicotrópicas–, en la traducción del poeta Nicolás Suescún, se convirtió en un fenómeno editorial.

El suyo fue un amor a primera vista. Davis llegó por primera vez a Colombia a los 14 años, en 1969, en un viaje escolar. “Muchos de mis compañeros echaban de menos sus casas. Yo sentí que al final había encontrado la mía”, dice. Y fue correspondido. En 2018 Santos le concedió la ciudadanía honorífica.

Ahora ha pagado su deuda pendiente con el Magdalena, una especie de Misisipi al revés que recorre Colombia del sur al norte, en una crónica de viajes y aventuras que es también un fresco de la historia de Colombia.

 

Río Magdalena, paraíso de biodiversidad

Tratándose de un rendido admirador de sus paisajes, sonidos y gentes, el libro termina siendo una carta de amor, como dice Héctor Abad Faciolince, pero que no olvida la lección de Hemingway de que lo importante en un escritor es que tenga algo que decir y que el mundo necesite oír. Y el Magdalena, que recorrió durante varios años en todas las épocas y estaciones, le ofrece el lienzo ideal.

Por sus páginas pasa, entre otras, la Laguna de la Magdalena y sus orquídeas, tapires, jaguares, monos araña, sapos iridiscentes, osos de anteojos y colibríes de todos los tamaños y colores imaginables, que ya grabaron para un documental de Netflix –El sendero de la anaconda (2019)– él y Hildebrand.

Colombia concentra la décima parte de la riqueza biológica terrestre. Canadá tiene 3.000 especies nativas de flores. El país suramericano, con solo una décima parte de su tamaño, 26.000. En diversidad de anfibios, peces de agua dulce y mariposas, Colombia solo está por detrás de Brasil, que multiplica por ocho su territorio.

En la obra de Gabriel García Márquez, el Magdalena no es un escenario o un decorado, sino el personaje central, al modo en el que el Misisipi lo es en los libros de Mark Twain. Un río, como recuerda Davis, no es una mera fuente de agua o un medio de transporte, sino una entidad viviente vinculada al destino de las ciudades y pueblos que tocan sus aguas.

En Vivir para contarlo (2002), el Nobel colombiano escribe que en una noche de Luna, a bordo de un vapor escuchó un lamento desgarrador que provenía de la orilla. Era una manatí que se había enredado en las raíces de un árbol: “Una criatura conmovedora de cuatro metros de largo con el torso de una matriarca bíblica”.

Desde sus orígenes en las alturas del Macizo Colombiano hasta su desembocadura en Bocas de Ceniza, el río recorre 1.500 kilómetros atravesando gargantas, páramos, glaciares, volcanes, bosques y los megalitos de San Agustín. Davis dice que su intención era escribir “una biografía de Colombia a través de la metáfora del río que hizo posible la nación”.

Magdalena –al estar sembrado de ideas, anécdotas, semblanzas de personajes como Humboldt, Caldas, Mutis o Bolívar, y descripciones geográficas y antropológicas– admite diversas lecturas. Una de las más importantes es una advertencia ecológica. Como el propio río, el libro tiene contracorrientes, rápidos, meandros y remolinos, naturales en un país que con frecuencia –y muchas veces injustamente– evoca solo imágenes de su lado oscuro.

Pero en un país de 48 millones de habitantes, como recuerda Davis, incluso en los peores momentos los combatientes –militares, paramilitares, guerrilleros–, nunca sobrepasaron los 200.000. La otra cara de la moneda es la gente, a la que describe como dotada de una “extraña intensidad y tranquila aceptación de la fragilidad de la vida”.

 

Madre cumbia

Dos capítulos sobre la música del Bajo Magdalena explican porqué Colombia ha legado a la región, desde México a Argentina, algunos de sus códigos sonoros más reconocibles: la cumbia y el vallenato, entre otros ritmos mestizos de los palenques, las aldeas de los cimarrones, esclavos huidos de las plantaciones.

Los etnomusicólogos identifican al menos un millar de ritmos colombianos: porros, bullerengues, chandés, paseos, puyas… Al final, toda la música del Magdalena confluye en Barranquilla –ciudad natal de Shakira–, donde en sus célebres carnavales se la juzga, filtra y perfecciona.

Carlos Vives asegura en el libro que “si la cumbia es la madre de todos nuestros ritmos, el Magdalena es la madre de la cumbia”, cuya cadencia imita la de los ríos. De los casi 10 millones de africanos que la trata llevó a las Américas, medio millón llegaron a Cartagena: senegaleses, mandingos, igbos, mayombes… Para ellos la música era un rito, los músicos sus oficiantes y los tambores y cánticos invocaciones a los espíritus.

 

Señales de humo

Los pasajes de violencia, muerte, destrucción medioambiental y desastres naturales no permiten la complacencia. Durante años el Magdalena se convirtió en una gigantesca fosa común de la que los pescadores extraían en sus redes miembros humanos mutilados. A principios del siglo XX, vapores de paletas circulares, como el legendario David Arango, habían quemado 30 millones de pies cúbicos de maderas tropicales para alimentar sus calderas.

Hoy más del 80% de foresta de la cuenca del Magdalena ha desaparecido. La erosión resultante ha llenado de sedimentos y residuos su lecho, unas 250 millones de toneladas al año, mientras que sus aguas se han convertido en una inmensa cloaca de las poblaciones ribereñas.

El problema no es solo colombiano. Si toda el agua de la Tierra se almacenara en un depósito de un galón, toda el agua dulce equivaldría apenas a una cucharilla. La represa de Hidroituango sobre el Cauca, afluente del Magdalena, fue construida con una inversión de 2.500 millones de dólares pese a las advertencias de los geólogos sobre su vulnerabilidad ante movimientos sísmicos. Un corrimiento de tierras en 2018 casi provocó su colapso.

En los últimos 30 años, los cardúmenes de peces del Magdalena se han reducido a la mitad. Al menos 19 especies están al borde de la extinción. En 1900, el glaciar del Nevado del Ruiz cubría un centenar de kilómetros cuadrados. Hoy, apenas una decena que no tardarán mucho en desaparecer.

 

Un acto de fe

Al final, la sensación que emerge del libro es la de un país en transición en el que ha vuelto a reinar un cauto optimismo. “Limpiar el río sería lavar el alma de la nación”, asegura Germán Ferro, director del museo del Magdalena.

Debido a la guerra interna, amplias regiones del país quedaron aisladas, escapando así del desarrollo moderno. Ese quizá sea, según Davis, el verdadero dividendo de la paz. Mientras la Amazonía ecuatoriana ha sido casi arrasada por medio siglo de colonización y explotación petrolera, la colombiana tiene aún bosques casi intactos que cubren una superficie similar a la de Francia.

Camilo, mamo arhuaco, dice al autor que la paz “no servirá de nada si seguimos en guerra contra la naturaleza”. Al fin y al cabo, como le confiesa otro de sus interlocutores, “ser colombiano es básicamente un acto de fe”.