El conflicto del Sáhara Occidental estaba aparcado como un asunto menor en la agenda internacional. El tiempo corría a favor de la tesis soberanista de Marruecos, sin que el Frente Polisario lograra modificar un rumbo que hace cada vez más improbable la celebración del referéndum de autodeterminación previsto desde 1991, y sin que nadie en la comunidad internacional pareciera dispuesto a salirse del guion, a la espera de que el simple paso de los años terminara por convencer a los saharauis de la imposibilidad de su sueño político. Hasta que, en el último estertor de su presidencia, Donald Trump decidió el 10 de diciembre provocar una sacudida, reconociendo, en un tuit, la soberanía marroquí del territorio en disputa.
En esa fecha, sobre el terreno, el Polisario ya había declarado la “guerra total” el 14 de noviembre, tras una acción violenta por parte de las fuerzas armadas reales que quebraba el alto el fuego acordado igualmente en 1991. Una “guerra” que, en términos realistas, está muy lejos de suponer un problema para Rabat, dada su enorme superioridad de fuerzas a lo largo de los 2.700 kilómetros del sistema de muros que le permite controlar el 80% del llamado “Sáhara útil”, donde…

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