La potencia electoral de Marine Le Pen en Francia recuerda de nuevo a los europeos el gran número de ciudadanos dispuesto a dar su confianza a formaciones políticas que desafían los valores básicos de las sociedades democráticas. Los mensajes contrarios a la inmigración, antiestablishment o contra principios elementales como la libertad de prensa y de religión siguen teniendo un gran público en Europa.
El problema no es nuevo. Desde la crisis del euro, una ola de partidos de extrema derecha de Norte a Sur y de Este a Oeste ha llegado para quedarse. Pero las señales sobre el malestar ciudadano y las inclinaciones ultras ya eran antes evidentes. Solo cabe recordar que Le Pen ha sido dos veces candidata en una segunda vuelta y su padre lo fue hasta cinco, llegando en 2002 a disputar la presidencia de la República en una segunda vuelta.
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