La invasión por el ejército turco de zonas del Kurdistán sirio después de que Donald Trump anunciara la retirada de sus fuerzas militares, ha confirmado el viejo dicho kurdo de que “sus únicos amigos son las montañas”, por las muchas traiciones sufridas por parte de las grandes potencias tras la desaparición del imperio Otomano en 1918.
Desde entonces los kurdos –la mayor nación sin Estado del mundo, con 40 millones de personas– están dispersos entre Turquía, Irán, Irak y Siria. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, asegura que el objetivo de la invasión es crear una zona segura de 450 kilómetros de largo y 30 de profundidad en el noreste sirio, donde se asienten los 3,6 millones de refugiados sirios que su país acoge y a quienes culpa de su declinante popularidad.
Si limpia étnicamente Rojava, como llaman los kurdos sirios a la región en la que representan al 75% de su casi millón de habitantes, Ankara alterará su demografía con una nueva mayoría árabe que sustituirá a los kurdos, que huyen en masa hacia el Sur a medida que avanza el ejército turco. Según Naciones Unidas, unos 160.000 ya han abandonado la zona.
Desde los años veinte del siglo pasado, Turquía ha movido a distintas poblaciones –circasianos, caucasianos, albaneses, kirguizos…– al Kurdistán y al norte de Chipre para desplazar a los etnias nativas. En 1925, 1930 y 1937, Turquía aplastó tres rebeliones kurdas. Desde 1980, combate la insurgencia armada del secesionista Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK).
Con sus importantes recursos petroleros y un gobierno autónomo de facto desde 2012, los kurdos sirios han creado un embrión de Estado, similar al del Kurdistán iraquí, en un 25% del territorio sirio. Turquía quiere evitar, a cualquier precio, su consolidación debido a la estrecha alianza de las Unidades de…

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