Es difícil encontrar una guerra tan asimétrica, con objetivos tan confusos y contradictorios, con tan poca confianza entre los adversarios y con visiones tan incompatibles de lo que significa victoria y derrota.
Si a ello añadimos el factor ideológico, que impregna casi todas las decisiones, y el factor humano –la personalidad y las circunstancias de Benjamin Netanyahu y Donald Trump, que les han llevado a lanzar esta guerra sin consultar con nadie–, el análisis se vuelve todavía más complejo.
“Que yo sepa”, confesaba el exsecretario de Estado Antony Blinken el 11 de abril a Fareed Zakaria en Global Public Square (CNN), “Netanyahu ha intentado convencer a todos los presidentes de Estados Unidos desde los años noventa para que le permitan y ayuden a destruir el régimen iraní. Desde luego se lo pidió a las Administraciones Obama y Biden, y finalmente encontró un cliente dispuesto en el presidente Trump, pero la decisión ha sido de Trump, no de Netanyahu”.
En sus tres minutos de explicaciones tras el fracaso de las negociaciones de Islamabad, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, afirmó que el muro principal que había impedido un acuerdo seguía siendo la negativa de Irán a renunciar al arma nuclear “no ahora ni en dos años, sino a largo plazo”.
Tras hablar con altos funcionarios de EEUU y de Irán, el New York Times informaba de que “por largo plazo, la Administración Trump estaba pensando en 20 años”, mientras que Irán aceptó en febrero, antes del inicio de los ataques, y en Islamabad, la noche del 11-12 de abril, “suspender toda su actividad nuclear durante cinco años”.
“Otras dificultades para cerrar el acuerdo eran reabrir el estrecho de Ormuz al tránsito seguro y dejar de apoyar a aliados (proxies) como Hamás y Hezbolá, pero la negativa iraní a renunciar a…



