En el gran guiñol en que se ha convertido el gobierno de Donald Trump, nada tan espectacular y falso como la “cumbre” que celebró con Kim Jong-un en Singapur el 12 de junio. Después de una partida de póker en la que ambos “estadistas” jugaron a ver cuál era más difícil de conseguir, ambos se dieron cuenta de que a los dos les interesaba sobremanera la reunión. Es fácil comprender el deseo del norcoreano de forzar al presidente de Estados Unidos a medirse con él, de igual a igual, formalizando su estatuto de potencia nuclear, legitimando su odioso régimen y minando la posición de Corea del Sur. Parapetado tras el extraordinario éxito de su programa nuclear, Kim ha querido que el mundo entero viera el respaldo de China, visitando a Xi Jinping en dos ocasiones.
Es más difícil comprender el interés de Trump. La nuclearización de Corea del Norte es preocupante, como lo es toda proliferación nuclear, pero no significa en realidad un peligro para EEUU: ni a Pyongyang se le hubiera ocurrido la locura de un ataque de armas atómicas contra EEUU, sus dependencias o sus aliados, ni los chinos se lo habrían permitido. Se trataba simplemente de demostrar que su arsenal de armas atómicas y misiles intercontinentales hace imposible forzar un cambio de régimen y que EEUU, abandonando esa quimera, no tendría más remedio que negociar. En vez de descansar tras su formidable disuasión atómica y tratar la cuestión en su propia medida, Trump aprovechó la ocasión para escenificar teatralmente una tremenda amenaza nacional, inventando su propia guerra fría. Después de fulminar “furia y fuego” incluso en la Asamblea General de Naciones Unidas, aplaudido por sus partidarios y temido por todos los demás, el presidente de EEUU aceptó impetuosamente reunirse con el “hombrecito del cohete”, sabiendo que de…

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