El impacto más trascendental de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán podría ser si el conflicto redefine la forma en que los Estados de la región perciben la fiabilidad, la moderación y la utilidad estratégica de las grandes potencias. La guerra no es meramente un acontecimiento militar cuya importancia vendrá determinada por los resultados en el campo de batalla. Es una señal estratégica –que se está interpretando con atención en Riad, Ankara, Abu Dabi, El Cairo y más allá– y la señal que se está recibiendo no es la que Washington pretendía enviar.
Los límites de la primacía estadounidense
Durante casi tres cuartos de siglo, Estados Unidos estructuró su estrategia hacia Oriente Medio en torno a una lógica coherente, aunque a menudo controvertida, según la cual el poder estadounidense respaldaba la estabilidad regional, sofocaba las amenazas antes de que se extendieran, garantizaba el libre flujo de petróleo a través de estrechos marítimos críticos y extendía un paraguas de seguridad que permitía a los gobiernos aliados aplazar decisiones difíciles. La lógica nunca estuvo exenta de críticas, y la ejecución nunca estuvo exenta de fallos.
Esa arquitectura se encuentra ahora visiblemente bajo presión por motivos que son anteriores al conflicto con Irán, pero que este ha acelerado significativamente. El problema fundamental no es solo que EEUU haya utilizado la fuerza. Es que la fuerza estadounidense ha producido repetidamente resultados que contradicen la lógica de la estabilidad utilizada para justificarla. La invasión de Irak en 2003 desmanteló el equilibrio de poder regional y permitió la expansión iraní que la política estadounidense lleva dos décadas intentando contener. Las intervenciones en Libia contribuyeron a crear un Estado fallido que se convirtió en un vector de inestabilidad en todo el norte de África. La retirada de Afganistán transmitió un mensaje sobre…

La aceleración del orden de diversificación estratégica en Oriente Medio


