POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 161

La guerra ha terminado: ‘Shalom, Salaam, con Dios’

Pablo Colomer
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Todo apunta a una victoria sofocante y pírrica, distópica, de Israel. La realidad de un solo Estado devora el sueño de los dos Estados. ¿Reivindicarán los palestinos plenos derechos de ciudadanía?

Ahmad era un palestino con una enfermedad rara. Tenía 24 años y una infección en el cerebro. Cayó enfermó en diciembre de 2011. Meses después, ya no podía andar. Lo conocí en marzo de 2013, en un campo de refugiados de Aida, a pocos kilómetros de Jerusalén, en una visita con colegas españoles y portugueses organizada por la Unión Europea, el principal donante de los Territorios Ocupados, más de 5.600 millones de euros desde 1994. Ahmad, en chándal y silla de ruedas, nos pedía ayuda. Los médicos no habían conseguido dar con la clave de su recuperación. En Jerusalén podría recibir un mejor tratamiento, pero no tenía dinero. Además, estuvo prisionero en una cárcel israelí por participar en una protesta contra la ocupación. La Autoridad Nacional Palestina le concedió un permiso para el hospital Princess Basma, especializado en niños y jóvenes minusválidos, en Jerusalén Este, pero las autoridades israelíes, dado su historial delictivo, le negaban el paso. Le dijimos que informaríamos de su historia, que éramos periodistas europeos y que daríamos a conocer su caso. Creo que a él le hubiese gustado otra cosa.

Tras esta historia de fracaso, una de éxito, según estándares locales. Abdel Fatah Abusrour es un palestino con traje y corbata, excelente inglés y mejor francés. Nació allí, en Aida, y emigró a Francia en los años ochenta, donde estudió ingeniería. Mientras Abusrour nos hablaba de sus problemas de identidad: –“En Francia descubrí que era jordano, no palestino”– sacaron a Ahmed de la sala donde tomábamos zumos y pasteles…

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