La Santa Sede y el Estado de Israel firmaron el 30 de diciembre de 1993 un acuerdo de alcance histórico que pone fin a un prolongado período de mutuos recelos y desconfianzas y abre paso a un próximo establecimiento de relaciones diplomáticas plenas.
El secreto que ha rodeado las negociaciones y la elaboración del “instrumento de concordia” sólo fue parcialmente roto en la recta final. El Corriere della Sera del domingo 12 de diciembre informó que, además de los catorce puntos del acuerdo global, la Santa Sede e Israel suscribirían también un protocolo adicional según el cual, en un período de cuatro meses a partir de la firma, llegarán a establecer relaciones diplomáticas, con la apertura conjunta de una Embajada israelí ante la Sede Apostólica y de una Nunciatura en Tel Aviv. En el período transitorio, el presidente del Estado de Israel, Ezer Weizman, y el papa Juan Pablo II procederían a nombrar sendos representantes personales con rango diplomático; estos podrían ser Miriam Ziv, consejera de la Embajada en Roma, responsable de los contactos con la Santa Sede y monseñor Andrea Lanza di Montezemolo, delegado apostólico en Jerusalén y Palestina desde abril de 1990.
El 13 de diciembre el director de la sala de prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro Valls, hacía una declaración en la que ni confirmaba ni des mentía este cúmulo de informaciones, limitándose a reconocer que “desde la constitución de la Comisión bilateral de trabajo existe un compromiso por ambas partes de no hacer público ningún aspecto referente al contenido de los trabajos o a las fechas relacionadas con ellos. La Santa Sede ha mantenido hasta ahora su compromiso”. Era una suave forma de recriminar algunas “fugas” noticiosas provenientes de Israel.
El “acuerdo fundamental” no es, desde luego, equivalente a un concordato pero tiene con…

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