Vivimos en una agitada época plagada de disputas, guerras, ambiciones insatisfechas y armas más mortales y mucho más disponibles que nunca. Puesto que nos enfrentamos a una multiplicidad de amenazas, necesitamos que se multipliquen también las opciones. Del mismo modo que la movilidad que proporciona la fuerza naval es crucial para la moderna estrategia militar, la flexibilidad de planteamientos es esencial para la diplomacia moderna. Y de la misma manera que la mejor armada tendrá distintas embarcaciones idóneas para las diferentes misiones, una política exterior sabia utilizará todos los instrumentos disponibles.
Uno de los instrumentos a disposición de Estados Unidos es la opción de una acción multilateral a través de la ONU o respaldada por ésta. Debo insistir, sin embargo, en que el garante definitivo de la seguridad de EE UU sigue siendo nuestra capacidad para actuar enérgicamente y, si nos vemos obligados, unilateralmente. Nuestro ejército tiene que seguir siendo moderno, móvil y fuerte y estar siempre listo, como ha prometido el presidente Bill Clinton.
También debo hacer hincapié en que la mayor parte de nuestra diplomacia sigue conduciéndose bilateralmente –y con éxito– mediante conversaciones directas con líderes clave de capitales extranjeras. La cumbre con el presidente Boris Yeltsin confirmó que nuestra asociación con Rusia funciona; seguimos avanzando en el objetivo más significativo y evasivo de este siglo: una Europa segura, integrada y democrática. El pasado mes de octubre alcanzamos un acuerdo con Corea del Norte que el presidente surcoreano Kim Young Sam ha definido como la “base para una completa solución de la cuestión nuclear y (…) la paz en la península de Corea”. La administración Clinton ha hecho de las cuestiones económicas una de sus principales prioridades y ha negociado acuerdos comerciales que engordarán el sobre de la paga de los trabajadores estadounidenses, crearán nuevos puestos de trabajo…

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