POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 177

Las relaciones internacionales de los alimentos

KATTYA CASCANTE
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Problemas como el hambre y la obesidad y recursos como el agua y la energía están relacionados con un mismo fenómeno: la redistribución de alimentos. El funcionamiento del sistema agroalimentario mundial se rige, no obstante, por criterios de rentabilidad financiera.

Más de 1.000 millones de personas, alrededor de una séptima parte de la población mundial, sufren algún tipo de restricción alimentaria y no alcanzan los niveles de nutrición que la Organización para la Agricultura y Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) considera esenciales para combatir y erradicar el hambre. Según el relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación entre 2000 y 2008, Jean Ziegler, esta situación fue responsable del 58% de la mortalidad en 2006. Al mismo tiempo, el Banco Mundial confirmaba en 2016 que un tercio de los alimentos producidos en el mundo se pierden o desperdician, y que la mayoría de la población vive en países donde el sobrepeso y la obesidad se cobran más vidas que la insuficiencia nutricional.

El hambre y la obesidad son consecuencias de un mismo problema, la redistribución de alimentos. Este problema, además, es compartido con recursos imprescindibles como el agua y la energía. Los alimentos, el agua y la energía condicionan los límites de sostenibilidad y de justicia global del planeta. Un desafío que, entre otras consecuencias, se concreta en el hambre, un fenómeno que no se debe a la escasez, sino al insuficiente y en ocasiones inadecuado acceso a los alimentos para todos los habitantes.

Este planteamiento del problema de la redistribución de alimentos considera una definición del fenómeno de la globalización más ideológica que economicista, por lo que al concebirse así se entenderá no como la consecuencia de la dinámica económica mundial, sino la causa de que dicha dinámica adquiera esta forma. Un proceso por el cual,…

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