Autor: David Abulafia
Editorial: Crítica
Fecha: 2021
Páginas: 1.392

Los mercaderes que llegan después de los descubridores

La de ‘Un mar sin límites’ no es una historia épica de aventureros, o no solo, sino de quienes llegaron tras ellos a través del mar y abrieron nuevos horizontes colectivos. Está más centrado en los episodios de rivalidad económica que se jugaba en el mar que en los relatos épicos que hemos visto o leído en películas y novelas.
ANTONIO GARCÍA MALDONADO
 | 

“El conjunto de los mares cubre aproximadamente el 70% de la esfera terrestre, y la mayor parte de ese ámbito acuático está formado por los inmensos espacios abiertos que denominamos océanos”, nos informa David Abulafia, profesor emérito de Historia del Mediterráneo en la Universidad de Cambridge. Siendo así, es comprensible que un libro que ambicione contar su historia deba ser también extenso y profundo. Una reflexión que parece haber hecho suya al escribir Un mar sin límites, que viene a completar su anterior El gran mar, su libro sobre el Mediterráneo, ambos en la editorial Crítica; esa misma editorial publicará en castellano, dentro de unos meses, otros de sus ensayos de temática marítima y marinera, El descubrimiento de la humanidad. Encuentros atlánticos en la era de Colón.

Visto este breve repaso bibliográfico, más de uno puede preguntarse si merece la pena tanto empacho de agua para alguien que no sea biólogo marino, ingeniero naval o experto en cualquier rama del conocimiento que tenga que ver con mares y océanos de forma directa. De ahí que sea importante acudir a las propias palabras de Abulafia para precisar que su enfoque “tiene más vocación de crónica humana que de historia natural”. Estamos ante una forma particular de mirar la historia hasta nuestros días, en la que los océanos y los mares están lejos de ser meras excusas –son muchos los datos y explicaciones históricas y científicas las que se ofrecen–, al tiempo que también desempeñan un papel de agradecida y eficaz lente a través de la cual se repasan hitos y acontecimientos que jalonan nuestra historia y en los que reconocemos la narración de nuestro periplo por la Tierra.

Y no solo nuestra historia, también nuestro presente. Ahí está el cambio climático de nuestro ecosistema, tan sensible a las transformaciones de nuestros océanos: “Lo que genera las corrientes atmosféricas es el flujo de aire que recorre esas descomunales masas de aguas cálidas y frías: basta pensar, por ejemplo, en los monzones estacionales que soplan en el océano Índico”. O los dramas migratorios cotidianos, que tienen en las travesías marítimas algunas de sus rutas de escape de la miseria y la violencia más transitadas, pero también más peligrosas.

 

Los océanos ayer y hoy 

Los mares y los océanos fueron las primeras vías que conectaron a la humanidad consigo misma, y aún hoy continúan siendo arterias esenciales de intercambio económico y cultural para un mundo aparentemente desmaterializado en su transformación digital. Sin embargo, un suceso como el accidente del portacontenedores Ever Given en el Canal de Suez el pasado marzo tuvo un efecto paralizante que nos recordó de qué forma seguimos dependiendo de mares, océanos, estrechos y cabos que marineros vikingos o portugueses recorrieron en embarcaciones mucho más precarias, como nos narra Abulafia de forma amena y persuasiva. La geografía quizá no tenga el papel tan determinante que Robert Kaplan y otros insisten en seguir dándole hoy, pero tampoco son meros accidentes sin importancia y sin mucha influencia en la suerte de las distintas sociedades interconectadas.

Dichos movimientos e intercambios a lo largo de milenios definieron el mundo al fundar puertos y ciudades, y todavía hoy siguen condicionando la realidad. Ahí estuvieron Venecia o Macao, Génova o Cádiz, de la misma forma que ahí está hoy China pujando por la supremacía en sus mares circundantes y aumentando su influencia en los de más allá, haciéndose con el control de puertos como los de El Pireo en Grecia, o el de Haifa en Israel, atenta a las necesidades de la conocida como nueva Ruta de la Seda, su gran proyecto geoestratégico y económico.

La de Un mar sin límites no es una historia épica de aventureros, o no solo, sino de quienes llegaron tras ellos a través del mar y abrieron nuevos horizontes colectivos. Nos dice Abulafia que “en la medida en que el presente libro distinga a algunos héroes, estos no habrán de ser tanto los exploradores que abrieron las rutas marítimas como los mercaderes que siguieron su estela”, siguiendo un enfoque pragmático más interesado en el comercio de las primeras civilizaciones humanas o, siglos después, la Gran Compañía Británica de las Indias Orientales o el Galeón de Manila, que en las gestas de un Colón o un Vasco de Gama –aunque, claro está, forman parte destacada de este libro–. De la misma forma que están presentes los piratas y los corsarios, más relacionados con la rivalidad económica que se jugaba en el mar que en los relatos épicos que hemos visto o leído en películas y novelas. Hay más de Adam Smith que de Julio Verne en este libro; más de El optimista racional de Matt Ridley que de Master and Commander y el resto de novelas de Patrick O’Brien.

 

El impulso atávico de salir al mar

Un mar sin límites está hilado por la mezcla de curiosidad y temor que los mares han despertado en todas las civilizaciones de las que hay registro. Es el lugar donde habitan monstruos, pero también las esperanzas de conocimiento y prosperidad. “La historia de los viajes marítimos de largo recorrido es la historia de un amplio abanico de gentes dispuestas a asumir riesgos, tanto físicos como económicos, la crónica de un conjunto de hombres que se jugaron la vida y la fortuna en busca de las nuevas oportunidades que ofrecían las tierras lejanas, movidos por el deseo de obtener beneficios”, escribe Abulafia, que viene a decirnos que los refinados yates o buques en los que hoy cruzamos alegremente aguas bravas en mar abierto –equipados con precisos instrumentos de posicionamiento y medición satelital– son hijos de unas barcazas precarias con las que, desde tiempos inmemoriales, nuestros antepasados en casi todos los rincones del mundo costero se echaron al mar en busca de algo que llevarse a la boca o un lugar mejor en el que establecerse; guiados, pronto, por el saber básico del posicionamiento de los astros.

Tan determinante fue el conocimiento de la navegación y el desarrollo de sus instrumentos y herramientas que un país pequeño y poco poblado como Portugal supo aprovechar sus innovaciones marineras para dominar gran parte del mundo y su comercio en la Era de los Descubrimientos, frente a potencias aparentemente mejor posicionadas, bien por peso demográfico o económico. Innovaciones como la volta do mar, que a través del uso de las corrientes marinas permitía a sus barcos volver hacia el norte cuando viajaban hacia el sur en busca de un paso hacia el Índico, que finalmente encontraron al doblar el cabo de Buena Esperanza. Avances que nacían antes de la observación y la aplicación que del saber, como bien observó el polémico filósofo político alemán Carl Schmitt en su libro Tierra y Mar, en un párrafo que merece la pena reproducirse casi entero:

“Las fuerzas y energías históricas no aguardan, sin embargo, a la ciencia, como no esperó Cristóbal Colón a Copérnico. Cada vez que mediante un nuevo impulso de ellas son incorporados nuevas tierras y mares al ámbito visual de la conciencia colectiva de los hombres, transfórmanse también los espacios de su existencia histórica. Surgen entonces nuevas proporciones y medidas de la actividad histórico-política, nuevas ciencias, nuevas ordenaciones, vida nueva de pueblos nuevos o que vuelven a nacer. El ensanchamiento puede ser tan grande, tan sorprendente, que cambien no solo proporciones y medidas, no únicamente el horizonte externo del hombre, sino también la estructura del concepto mismo de espacio. Se puede hablar entonces de revolución espacial. Las grandes transformaciones históricas suelen ir acompañadas, en verdad, de una mutación de la imagen del espacio”.

Un mar infinito es un libro fascinante, tanto como el tema que aborda, y que al hablar de los océanos y su historia finalmente habla, más que de nuestros antepasados y sus tribulaciones, de nuestras sociedades de hoy.