AFKAR-IDEAS  >   NÚMERO 62

Un palestino comprueba el censo electoral para las elecciones parlamentarias y presidenciales que se celebrarán en mayo y julio de 2021, respectivamente. Gaza, marzo de 2021./MOHAMMED ABED/AFP VIA GETTY IMAGES

Palestina y los acuerdos arabo-israelíes: ‘¿Por qué no llamaron? ¿Por qué?’

Los acuerdos han sido recibidos con escepticismo por la población y como una traición a la causa palestina.
ITXASO DOMÍNGUEZ DE OLAZÁBAL
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En la última escena de la historia de Hombres en el Sol, parte de la reputada Trilogía Palestina del autor palestino Ghassan Kanafani, tres refugiados palestinos de generaciones diferentes, escondidos en un camión cisterna en busca de una vida mejor en Kuwait, mueren sofocados. Cuando el conductor del camión descubre sus cuerpos, se pregunta compungido por qué no avisaron de lo grave de su situación: “¿Por qué́ no golpearon las paredes de la cisterna? ¿Por qué́ no llamaron? ¿Por qué́?”. A pocos escapa hoy el paralelismo de este acto con la realidad que atraviesa el pueblo palestino, a pesar de que sus miembros llevan años advirtiéndonos de ello a lo largo de las varias etapas de su toma de conciencia.
Acuerdos de normalización y anexión: del ‘de facto’ al ‘de iure’

Los acuerdos de normalización entre Israel y varios países árabes han sido presentados como un punto de inflexión para la causa palestina. Aunque todavía es pronto para afirmar si esto es así, muy particularmente en vista de que la realidad global nos ha enseñado a no dar nada por sentado, es innegable que son numerosos los sucesos que de una u otra forma han afectado a la causa palestina a lo largo de los últimos meses y años. Muchos de ellos presentan un patrón que podríamos denominar “del de facto al de iure”, que arroja luz sobre lo estructural de gran parte de las cuestiones que engloban el contexto en la Palestina histórica, en especial el conflicto palestino-israelí: la realidad sobre el terreno presenta unas dinámicas particulares con las que los palestinos han aprendido a sobrevivir, pero que no resultan aparentes ante el resto del mundo hasta que no son consagradas por un actor externo. El anuncio israelí de anexionar una porción de Cisjordania el 1 de julio de 2020 representaba un ejemplo destacado de formalización de una anexión que ya existe de facto en una “realidad de un Estado” de soberanía israelí en el conjunto del antiguo mandato británico. Así, con la atención del planeta en un único acto, se consigue desviar la atención de la realidad sobre el terreno y moldear la narrativa en torno a la misma.

En el caso de los acuerdos de normalización, estos también simbolizan el reconocimiento de una situación real pero no publicitada ni formalizada, y por este motivo han sido recibidos con escepticismo entre un número considerable de palestinos, conocedores de las relaciones que ya existían y se fortalecían, en varios ámbitos, entre varios países árabes e Israel. En este sentido, resulta interesante analizar la evolución del apoyo real –más allá de las declaraciones de solidaridad de cara a la galería–, político y económico, a la causa palestina a lo largo de las décadas, marcada por la instrumentalización de la desposesión de los palestinos para favorecer los intereses de distintos regímenes a nivel regional, pero también global. En la actualidad, y de forma crítica tras la primera guerra del Golfo, los palestinos llevan tiempo siendo considerados un “peso”, cada vez menos justificable de cara a nuevas tendencias en el sistema estatal árabe, poco alineadas con el contexto en el que fue suscrita la Iniciativa de Paz Árabe (IPA), de cara a las respectivas prioridades nacionales, a un campo político internacional distinto, e incluso a una parte de las élites (sobre todo en el seno del Consejo de Cooperación del Golfo). La penúltima muestra de este hastío la representó el apoyo sin dubitaciones, pero con distintos niveles de publicidad, de las capitales del Golfo arábigo al mal llamado “Acuerdo del siglo”, como evidenció el foro “Peace to Prosperity” para presentar los aspectos económicos de la estrategia, celebrado en Manama (Baréin) el 25 de junio de 2019.

 

Una ‘traición’ a la causa palestina

De cara a la galería, que era donde estos países más profusamente han puesto énfasis en su defensa de los derechos palestinos, estas recientes decisiones han representado una traición para la causa palestina, y así es como ha sido percibido y presentado principalmente por el liderazgo palestino, abandonado por los que consideraba sus aliados tradicionales. Figuras importantes de la Organización para la Liberación Palestina (OLP) condenaron la normalización como una “puñalada” y una desviación de la IPA. Rechazaron los Acuerdos de Abraham con desdén como una excusa de emiratíes y bareiníes para perseguir sus propios intereses, sin interés genuino por el cacareado aplazamiento de la anexión por parte de Israel. Incluso en el caso de que este aplazamiento hubiese representado un pilar de estas negociaciones –y esto está por ver, ya que toda la operación bien podría haber sido una estrategia de Israel para ser recompensado por no completar su amenaza–, la actividad ilegal de asentamientos israelíes, un pilar de la anexión de facto, continua en Cisjordania, y el bloqueo se mantiene sobre la Franja de Gaza.

A la imposibilidad de paz se añaden otras falsas promesas de potenciales ventajas de estos acuerdos para los palestinos, tanto en relación con un posible acuerdo de paz que siga los parámetros del formulado por la Administración Trump, como respecto a oportunidades en ámbitos como el turismo o el desarrollo tecnológico, en los que palestinos de un lado y de otro de la Línea Verde nunca han sido los beneficiarios preferentes. Mientras, un Israel más envalentonado explota la asimetría de poder en asuntos como el reparto de vacunas para la Covid-19 en Gaza y Cisjordania, o su ofensiva contra una investigación por crímenes de guerra de la Corte Penal Internacional. Las consecuencias negativas se hacen asimismo sentir para los palestinos en la diáspora que residen en regímenes autoritarios que han aceptado oficializar las relaciones bilaterales con Israel, como es el caso de Egipto (destaca el arresto del activista Ramy Shaath), o Emiratos Árabes Unidos, también en Jordania y Baréin.

 

La batalla por la supervivencia del liderazgo oficial palestino

Para el liderazgo oficial palestino, los recientes acontecimientos representan una amenaza suplementaria: ser percibidos como una evidencia de que su estrategia, eminentemente basada en la internacionalización de la causa palestina ante el fiasco del “proceso de paz”, ha fracasado. Otros factores recientes que han contribuido a este pesimismo incluyen el daño causado por la ruptura de consensos multilaterales en torno al conflicto palestino-israelí por parte de Trump, una Europa esclerotizada ante la colonización israelí rampante, y una creciente percepción de que un liderazgo palestino avejentado no dispone de mecanismos, incluso quizás tampoco de voluntad, de avanzar en los derechos palestinos. Un caso de estudio privilegiado a este último respecto lo representan los reiterados anuncios de Mahmud Abbas de poner fin a la coordinación en materia de seguridad con Israel, seguidos de prontos restablecimientos de una cooperación que en última instancia garantiza la supervivencia de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), y el sistema que con ella fue inaugurado en 1995. Aunque florecieron comentarios que apuntaban a que el liderazgo podría “radicalizarse” alineándose con Hamás, Irán y otros actores demonizados en la región, estos análisis no entienden hasta qué punto la ANP cooptada por Al Fatah, pero también Hamás, se ha comprometido con el lenguaje y discurso político del proceso de paz, en particular con la inevitabilidad de la solución de dos Estados independientemente de su viabilidad.

Hamás también condenó los acuerdos de normalización, sin por ello enmendar su estrategia o narrativa. En aras de supervivencia de ambas facciones, un corolario inmediato fue el relanzamiento de las conversaciones entre Al Fatah y Hamás. Mahmud Abbas imploró a Naciones Unidas el (re)lanzamiento de un “proceso de paz genuino”. Su círculo de poder tampoco disimuló la necesidad del liderazgo de volver a congraciarse con diferentes donantes internacionales, garantes de su longevidad ante una comprometida situación financiera. Los destinatarios principales son la nueva administración estadounidense y la Unión Europea, a través de un mensaje de que los líderes están listos para el business as usual en el marco de una “vieja normalidad” difícilmente compatible con el nuevo contexto. La única alternativa, y quizás esperanza, la representaba salvar los muebles mediante la celebración de elecciones para “renovar su mandato democrático”. Estos donantes han abrazado los acuerdos de normalización arabo-israelíes sin mostrar preocupación por las limitadas perspectivas de paz, y parecen únicamente interesados en una democracia nominal, esto es, en que los palestinos acudan a las urnas independientemente del contexto real de la arena política palestina.

Una vez que los acuerdos de normalización dejaron de ser noticia, desde la ANP se prohibieron, aunque discretamente, críticas mayores a estos pactos. Su reacción fue, en este sentido, completamente diferente ante el acercamiento oficial entre Israel y Marruecos. De forma similar a su postura ante donantes internacionales, el liderazgo oficial vuelve a erigirse como una entidad captiva de las expectativas internacionales, consciente de que no puede permitirse una enemistad con sus vecinos, ni desde el punto de vista político ni económico. Así, por ejemplo, fueron incapaces de conseguir que la Liga Árabe no se abstuviera de condenar los Acuerdos de Abraham.

 

La arena política palestina en un momento de transición

La sucesión de acontecimientos ha llegado, tal y como se ha señalado, en un momento clave para la causa palestina. La sensación de trascendencia se referiría tanto al cambio de paradigma que cada vez más actores proponen con respecto al conflicto palestino-israelí, con un rol destacado de los propios palestinos que reclaman un retorno al origen colonial del mismo y a la centralidad de la Nakba de 1948, pero también a las referencias crecientes al crimen de apartheid a lo largo y ancho del territorio de la Palestina histórica. La causa palestina también enfrenta un momento de cambio en lo que respecta a la arena política palestina, resultado de la combinación entre varias dimensiones: la generacional, la de fragmentación y reconstrucción entre campos políticos palestinos, y la de un cada vez mayor énfasis en los lazos interseccionales entre palestinos pero también en el seno de otros espacios de solidaridad internacional.

La celebración de elecciones es presentada como una prueba de fuego, pero son cada vez más los palestinos, sobre todo jóvenes, que denuncian que ninguna práctica puede ser realmente democrática en un marco autoritario y represivo que es el que representarían la ANP y Hamás. Varios informes de la red de intelectuales palestinos Al Shabaka ponen énfasis sobre esta fractura generacional y social. Denuncian, en este sentido, que los comicios planteados equivalen a celebrar las trampas de la condición de Estado en ausencia de genuina soberanía, como una de las ilusiones más insostenibles del sistema pos-Acuerdos de Oslo. Concretamente, solo los palestinos que viven en Cisjordania (con dudas de que Israel permita la participación en Jerusalén Este) y la Franja de Gaza serían potenciales participantes, confirmando la marginación desde hace años e incluso décadas a la que están sometidos los millones de palestinos no incluidos en esas categorías.

 

¿Qué hay de la comunidad internacional?

La sociedad interestatal se mantiene, sin embargo, apática ante la evolución del contexto en la Palestina histórica, en parte absorta por otros problemas y prioridades, en parte cautiva de su oposición férrea ante cualquier planteamiento alternativo del conflicto. La estrategia principal, consecuentemente, parece volcada en volver a exigir concesiones a los palestinos, prácticamente obligados a reanudar las negociaciones de paz con Israel en el marco de una conferencia de paz internacional. La puesta en marcha de elecciones permitiría al liderazgo oficial palestino adelantarse a las acusaciones israelíes en torno a su voluntad de negociar. De momento, nada parece indicar que el mismo tipo de presión será ejercida sobre Tel Aviv, lo que representaría una bendición implícita de su política de hechos consumados de larga data.

En el 30º aniversario de la Conferencia de Madrid, el principal riesgo lo representa aferrarse a la misma metodología que llevó a los Acuerdos de Oslo y, por lo tanto, a las insuficiencias y consecuencias perniciosas de los mismos, en un contexto en el que los palestinos son quizás aún más débiles, y en el que el respeto al derecho internacional no parece ser el caballo ganador. En un contexto en el que, sin embargo, también será crecientemente posible que las nuevas generaciones se cuestionen no solo la legitimidad, sino también la sostenibilidad, de los acuerdos adoptados por líderes gerontocráticos en nombre de una población que no ha renunciado a sus derechos inalienables.