La imposibilidad de conjugar mayor prosperidad con un expansionismo militar y político obliga a EE UU a replantearse su implicación en Oriente Próximo, al tiempo que pivota hacia Asia. En todos los asuntos importantes, el Pentágono mantiene voz y voto.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha declarado que no da tanta importancia a las fluctuaciones en su posición cara a la opinión pública como a la consecución de proyectos más ambiciosos: no se presenta a la reelección, así que puede permitirse una perspectiva más amplia de las cosas. Sus muchas penalidades en política interior y exterior sugieren que el recurso moral e intelectual en el que más puede confiar es precisamente el largo plazo. Ningún otro presidente ha llegado al cargo con tanta experiencia directa sobre el Tercer Mundo (su infancia en Indonesia, las visitas familiares en Kenia). Obama tuvo la oportunidad de estudiar y más tarde enseñar en las mejores instituciones universitarias. Lo que le faltaba, por desgracia, era experiencia en los mecanismos de la política exterior de Washington y la enormemente desarrollada capacidad de estos para frustrar la voluntad del presidente y formar o deformar a la opinión pública. Obama también sobrevaloró la capacidad de los ciudadanos a la hora de tratar asuntos complejos. Muchos son rehenes permanentes de una ignorancia voluntaria o de la simplificada y desvirtuada información ofrecida por los medios.
En el momento en que se escribe este artículo, el presidente debe de estar celebrando dos recientes triunfos. Ha cerrado un acuerdo con Rusia, que le permitirá evitar una intervención militar en Siria, potencial antesala –bastante obvia, además– de un desastre como los de Irak o Afganistán. Además, tras diversas negociaciones secretas ha arrancado a Irán la promesa de que, llegado el momento, evitará como fuere los daños descomunales que podría causar un…

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