Puede que Prometeo le haya dado el fuego a la humanidad, pero desde luego no nos dio un smartphone. La tecnología digital no es un don divino. Tampoco pertenece al mundo natural, como las fresas o los lagos. No encontramos smartphones creciendo en los árboles. Los dispositivos digitales que pueblan nuestras vidas –smartphones, ordenadores portátiles, relojes inteligentes y más– son artefactos.
Un artefacto existe porque los seres humanos lo han creado. Los martillos, las leyes y las sinfonías también son artefactos. Su existencia depende de la mente y los propósitos humanos. Ningún artefacto, en toda la riqueza de sus detalles, es inevitable. Esto se debe en parte a que los artefactos son diseñados por seres humanos, y en el diseño hay elecciones; elecciones que podrían haber sido diferentes. Cada una de las letras que estás leyendo ahora mismo, por ejemplo, podría haber tenido una forma distinta; su diseño podría haber sido otro.
La forma no es la única elección que hacemos al diseñar artefactos. Además de tomar decisiones sobre los atributos sensoriales de los artefactos –sus cualidades táctiles, su aspecto, sonido, olor y, a veces, sabor–, tomamos decisiones sobre lo que se supone que debe hacer el artefacto. Un objeto se crea con un propósito; está destinado a hacer algunas cosas y no otras. Se supone que las almohadas deben ser cómodas, que los bolígrafos deben transferir la tinta suavemente al papel y que las tostadoras deben dorar el pan.
Algunos objetos hacen muchas cosas. Una silla perfecta, por ejemplo, una silla Eames, es tanto un objeto de belleza, algo que resulta placentero a la vista, como una herramienta útil para la comodidad del cuerpo. Edité mi último libro en una silla Eames que era tan cómoda que me permitió centrarme en el contenido del libro…



