De las contradicciones que aquejan a la condición humana no se libra nadie, ni siquiera los presidentes de Estados Unidos. En un artículo en Wired, Barack Obama recurría al profetismo secular e insistía en el perpetuo compromiso de EEUU con los usos del conocimiento científico y la moral para hacer del mundo un lugar mejor. Entretanto, hacía campaña por la elección de Hillary Clinton como su sucesora y por la derrota del fanático e ignorante Donald Trump, quien representa a ese tercio del país que, a ojos del presidente (y de muchos otros, entre los que me cuento), necesita una iluminación que hasta el momento le ha sido esquiva.
Obama accedió a la presidencia tras cuatro años como senador por el Estado de Illinois, y gracias a una exhaustiva preparación. Su madre procedía de una familia del Medio Oeste (Kansas) trasladada a Hawai. Su padre, a quien no conoció, era un keniata curtido en la lucha anticolonial. De niño, vivió en Indonesia con su madre, quien trabajaba en proyectos de cooperación estadounidenses en ese país. Estudió secundaria en Hawai, fue a la universidad en California y Nueva York y, por fin, se instaló en Chicago para dedicarse al desarrollo comunitario en barrios afroamericanos empobrecidos. Posteriormente, se licenció en Derecho en la Universidad de Harvard, y regresó a Illinois, donde dio comienzo su carrera política. Obama tiene hermanos en Kenia y en Indonesia, y su abuelo luchó bajo las órdenes del general Eisenhower. En su última alocución en la sede de Naciones Unidas, el pasado septiembre, trató asuntos como la resolución de conflictos internacionales, el desarrollo económico y social y los derechos humanos: precisamente las mismas cuestiones que había esgrimido en su oposición al ilimitado intervencionismo militar y político característico de la mayor parte de la élite estadounidense, tanto demócrata como…

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