Ninguna otra nación occidental es tan religiosa como Estados Unidos. Gran parte de su religiosidad es exteriorizada, ritual y estereotipada, pero está desprovista de luminosidad interior y de pasión –y ciertamente de generosidad moral–. Por otro lado, gran parte del esfuerzo por lograr la ciudadanía y la dignidad para todos sus miembros procede de una visión social cristiana, reforzada por un judaísmo asimilado por los calvinistas americanos o articulada por los propios judíos.
Los estadounidenses defensores de una cultura cívica laica han argumentado con frecuencia que su ventaja fue que permitió a las religiones no sólo educar a sus creyentes, sino además contribuir al bienestar general. Los laicistas han estado marcados por sus propios orígenes religiosos. El más influyente de los filósofos americanos, John Dewey, extrajo numerosas lecciones del calvinismo de Nueva Inglaterra que conoció en su juventud. Nunca estuvieron –y nunca están– solos: su política consistió siempre en encontar un terreno común con los religiosos. De hecho, el laicismo de EE UU es en sí mismo religioso en su intensidad –a menudo marcado más por la inquietud que por la desesperación–.
Pecadores en las manos de un Dios iracundo es el título de un clásico de la literatura americana, del predicador del siglo XVIII Jonathan Edwards. Esa frase caracteriza en gran medida la imagen que de sí tiene EE UU y, paradójicamente, es responsable del imperialismo moral del ethos social americano. El viejo mundo fue rechazado por los colonos ingleses no sólo por su rígido tradicionalismo, sino también por su pecaminosidad. La comunidad puritana en el Nuevo Mundo era un nuevo comienzo, una iglesia más verdadera que diferenciaba a la nueva nación –incluso antes de la separación de la Corona– como una entidad redimida.
La redención, sin embargo, estaba siempre en peligro y el camino hacia ella era continuamente…

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