El nuevo terrorismo no tiene nada de reivindicativo, es de ruptura total, cerrado a cualquier argumento alternativo, que no aspira a ningún diálogo ni acuerdo.
Ya no cabe duda de que, desde el Proceso de Barcelona en 1995, la preocupación por la seguridad ha sido uno de los elementos centrales del Partenariado Euromediterráneo. En efecto, su principal objetivo es establecer una zona de paz y estabilidad donde reine asimismo la prosperidad. Según una mayoría de autores especialistas de la zona, la preocupación por la seguridad era incluso la razón de ser del Partenariado, el motor de la política europea con respecto al Mediterráneo. Así, Europa buscaría dotar de seguridad la frontera meridional y tomar precauciones frente a cualquier amenaza eventual procedente de su vecindario meridional. Dar prioridad a la “securización” tenía que ver, sobre todo, con una determinada percepción de la amenaza, cuya pertinencia o veracidad no nos corresponde analizar ni comprobar.
De todos modos, aun siendo discutible el puesto que ocupan los retos relativos a la seguridad en la arquitectura general de las relaciones euromediterráneas, sería un error negar o menoscabar su importancia en el territorio mediterráneo, que la disparidad entre ambas orillas y el terrorismo han convertido en un espacio cargado de tensión y favorable a la radicalización…

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