En la noche del 4 de agosto de este año, un cuadricóptero casero cargado con unos 800 gramos de explosivo se estrelló contra el ala de un Antonov An-124 ucraniano en el aeropuerto de Leipzig/Halle. El avión acababa de llegar de Francia con munición. La carga no estalló y el dron quedó en el suelo hasta que, horas después, lo encontró un conductor de autobús del aeropuerto. Con las pistas ya cerradas, un carguero de la compañía de mensajería DHL que había abortado el aterrizaje chocó con un objeto que los investigadores creen que era un segundo dron. Sufrió daños leves y acabó desviado a Hannover. Diez días más tarde apareció otro aparato en un campo cercano.
El 1 de septiembre, el gobierno de Friedrich Merz atribuyó el ataque a Rusia, elevó el nivel de amenaza y ordenó cerrar el consulado ruso en Bonn y la Casa de Rusia en Berlín. Moscú negó cualquier implicación y respondió clausurando los Institutos Goethe y el consulado alemán en San Petersburgo. En octubre, una investigación conjunta de Der Spiegel y The Insider puso nombres a la trama: oficiales del GRU, la inteligencia militar rusa, habrían montado la operación a través de intermediarios y de agentes reclutados en Bielorrusia. El ADN de uno de ellos apareció en una antena instalada junto al aeropuerto para amplificar la señal del dron.
Leipzig es el caso más grave y el único con autor oficial. Los otros tres puntos del mapa exigen más cautela. El 1 de diciembre…

Rusia pone a prueba a Alemania


