Serbia padece una crisis política y económica, aunque ninguna de ellas se puede comparar con la magnitud de su crisis moral. La antigua Yugoslavia no tenía por qué haberse desintegrado. Pero sus gobernantes fueron incapaces de reconocer que cuando el nacionalismo reemplaza al totalitarismo como ideología en una sociedad multiétnica, la violencia resuta inevitable.
POLÍTICA EXTERIOR > NÚMERO 77


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