Una sorprendente paradoja brota en este último lustro: nunca la democracia había gozado de mayor prestigio, a la vez que se acumulan en gran número las críticas a sus instituciones. Por un lado, con la caída del comunismo –del colectivismo burocrático, habría que decir con mayor precisión– el modelo occidental de democracia ha terminado por imponerse sin que se divise una alternativa. Aunque sea corta la lista de los países que en rigor pueden llamarse democráticos, son escasos también los que no pretenden legitimarse democráticamente: por vez primera en la historia, la democracia se ha universalizado, sin confrontarse ya con ninguna otra opción concebible. Pero, habiendo llegado la democracia a la cima de su prestigio, en los países más desarrollados de Occidente tampoco se había percibido, al menos desde el final de la Segunda Guerra mundial, un mayor distanciamiento popular de las instituciones democráticas establecidas: habría que retroceder más de medio siglo para encontrar un disgusto tan generalizado. Conviene no echar en saco roto las diatribas contra la democracia, estalinistas o fascistas, del período de entreguerras; de nuevo se cuelan por las rendijas que abre un descontento creciente.
En suma, cuando la democracia parece indiscutible, arrecia con fuerza la crítica a sus instituciones. Paradoja que, en un primer momento, podría explicarse por la misma consolidación de la democracia que facilitaría la crítica: el que se critique cada vez más y mejor puede y debe interpretarse como prueba de que la democracia está viva.1 En cualquier organización, que se detecte una crítica interna es señal contundente de que se respeta la democracia, hasta el punto de que esta experiencia podría generalizarse diciendo que, cuantas más críticas haya, más patente será el buen funcionamiento de la democracia.
Cabría añadir una segunda razón para dar cuenta del aumento de las críticas y…

Sobre la actual descomposición de la democracia


