En los últimos años, coincidiendo con el fin de un turbulento periodo de hegemonía política conservadora, el cine brasileño se ha puesto a hacer memoria. Y hacer memoria significa en este caso traer al presente la dictadura militar que sufrió el país entre 1964 y 1985, conforme a lo que era en su momento un triste patrón regional que dejaba margen para las diferencias: siendo un régimen que perseguía al disidente y se corrompía sin recato, la Junta Militar fomentó el progreso industrial y se compara favorablemente con las demás cuando de contar desaparecidos se trata: las cifras oficiales señalan 30.000 víctimas en Argentina, 3.200 en Chile, 500 en Brasil. Pero tanto Walter Salles (Aún estoy aquí) como Kleber Mendonça Filho (El agente secreto) han venido a recordarnos que una dictadura militar no es una fiesta. Y si el primero ha gozado de mayor éxito popular, el segundo ha hecho la película más interesante.
Hay que subrayar que Mendonça ejerció como crítico antes de lanzarse a la dirección; conoce bien el papel crucial que el cine brasileño jugó durante la dictadura y por eso incluye en los créditos iniciales de El agente secreto imágenes de películas de aquel periodo. Ya es casualidad: el golpe de Estado del 1 de abril de 1964 coincidió con la puesta de largo del cinema novo brasileño en el Festival de Cannes, donde concursaron de una tacada Nelson Pereira dos Santos y Glauber Rocha. Los años de la dictadura –también pasó en el franquismo– son años de gran cine brasileño; la asociación nacional de críticos metió siete películas de la época entre las diez mejores de la historia. Pese a que aplicaba una caótica censura previa similar a la franquista y recelaba de su influencia cultural, la Junta Militar…



