En otoño de 2015, el periodista de The Washington Post Dana Milbank aseguró a los estadounidenses que Donald Trump no tenía ninguna posibilidad de conseguir la nominación presidencial del Partido Republicano. “Estoy tan convencido de que Trump no ganará la nominación que me comeré mis palabras si lo hace”, escribió. “Literalmente: el día en que Trump gane la nominación me comeré la página en la que está escrita esta columna”. Seis meses más tarde, el diario contrató a un cocinero peruano para que preparara un ceviche de papel de periódico, que Milbank, un hombre de palabra, se comió delante de las cámaras.
Han pasado más de diez años desde que este veterano corresponsal político cumplió su promesa, pero los periodistas, profesores, historiadores y analistas de todo cuño seguimos estando mal equipados para comprender el fenómeno del trumpismo. Somos como aficionados al béisbol viendo por primera vez un partido de fútbol: hay pelotas que vuelan y jugadores de uniforme corriendo por el césped; la dinámica nos resulta familiar y creemos que entendemos el juego, cuando, en realidad, estamos un tanto perdidos.
Los instrumentos tradicionales de la ciencia política, como los sondeos, las estadísticas o los análisis discursivos, sobrevuelan a cierta distancia el río de lava emocional que representa el trumpismo. Por ejemplo: estos días aparecen, una y otra vez, artículos que aseguran que la popularidad de Trump está en las alcantarillas. Solo lo apoyan entre un 32% y un 35% del electorado estadounidense. Una proporción pésima para un presidente en este punto de su mandato.
Sin embargo, siempre ha sido aproximadamente así. Trump tiene un techo y un suelo de hierro. Su cima de popularidad fue del 50%, cuando ganó las elecciones por segunda vez. Duró poco. Siempre ha estado entre un 34% y un 40%, tanto en el primer mandato…



