El encuentro estuvo marcado por la retórica conciliadora por parte de ambos dirigentes, con Xi incluso haciendo referencia a la trampa de Tucídides para subrayar que la cumbre contribuyó a evitar una deriva hacia la confrontación abierta. Trump, por su parte, optó por un tono marcadamente pragmático y evitó cualquier gesto de confrontación directa, consciente de la necesidad de estabilizar una relación especialmente deteriorada en los últimos años. La presencia de una destacada delegación empresarial estadounidense reflejó, además, el interés de Washington por preservar canales económicos y comerciales con Pekín.
La cumbre puso de manifiesto el interés de Trump por recomponer relaciones con los principales centros de poder global, priorizando la interlocución directa entre grandes potencias por encima de los esquemas tradicionales de alianzas y equilibrios multilaterales. Sin embargo, más allá de los gestos de apaciguamiento, nada apunta a que pueda hablarse de una nueva etapa de “estabilidad estratégica”.
Sus diferencias, tanto en términos bilaterales como en relación con otros asuntos de la agenda global, seguirán condicionando la evolución del vínculo entre Washington y Pekín. De hecho, algunos detalles protocolarios y políticos evidenciaron desde el inicio que la desconfianza mutua continúa marcando la relación. También quedó la impresión de que…

Una tregua táctica entre Washington y Pekín


