POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 44

Un cartel con la fotografía icónica de Robert Hopkins que muestra a Winston Churchill, Franklin Roosevelt y Joseph Stalin juntos después de las negociaciones en la Conferencia de Yalta en 1945, se ve en un cartel publicitario en el centro de Moscú el 19 de junio de 2020, en medio del brote de COVID-19. GETTY

Yalta y el futuro de Europa

Roosevelt, Churchill y Stalin se entrevistaron en Yalta aparentemente unidos por un sentimiento de responsabilidad común. Sin embargo pronto se evidenciaría un enroque de posturas articulando un auténtico sistema de bloqueo mutuo.
JAN KIENIEWICZ
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Roosevelt, Churchill y Stalin se entrevistaron en Yalta entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 para tomar las últimas decisiones sobre el destino del mundo de posguerra. Llegaron al balneario de Crimea con proyectos e intenciones diferentes, incluso discrepantes, aunque aparentemente  unidos por un sentimiento de responsabilidad común. Salieron convencidos de su éxito, de que habían salvado la paz para Europa. El verdadero triunfador fue Stalin, pero Yalta sirvió de advertencia a sus socios y pronto se convirtió en un sistema de bloqueo mutuo. Si hay algo cierto es que Yalta fue una catástrofe para los pueblos de Europa central y oriental, en la que también pagó su precio la garantía de la seguridad, porque Yalta depositó el futuro de Europa en manos de las grandes potencias.

“Vinimos a la conferencia de Crimea decididos a encontrar la solución a las diferencias en nuestras opiniones sobre Polonia”, señalaron los Tres en su comunicado. Polonia se encontraba en el centro del debate porque Stalin la consideró pieza clave de su proyecto de dominación en Europa. Su opinión se verificó en 1989 cuando fue en Polonia donde se inició el proceso de disolución del imperio. El cincuentenario de Yalta induce a la reflexión y permite ciertas revisiones. Polonia, de nuevo, se coloca en el centro como elemento decisivo para la formación de las relaciones entre Europa y Rusia.

En primer lugar es necesario revisar la tesis de la partición de Europa. Hoy no se puede dudar que los occidentales no dieron su acuerdo a la separación de las zonas de influencia. Resistieron tarde y los soviéticos les hicieron culpables de la división. Las ilusiones acerca de la naturaleza de la URSS y los cálculos irrealistas de los aliados permitieron la imposición del mito de Yalta como  acuerdo de partición.

 

«Los líderes occidentales salieron de Crimea convencidos de que habían pagado el precio justo  por la participación soviética en la victoria»

 

Tampoco puede admitirse la tesis de que la división de Europa fuese consecuencia de los rápidos avances del Ejército Rojo. Las futuras delimitaciones se decidieron en Teherán (28 de noviembre-1 de diciembre de 1943) y hasta el final de la guerra el elemento político dominó al militar. En Yalta, Stalin obtuvo el reconocimiento de los hechos consumados ofreciendo a sus socios la imagen de buen patriota y demócrata. Los líderes occidentales salieron de Crimea convencidos de que habían pagado el precio justo  por la participación soviética en la victoria.

Ha de rectificarse también la interpretación de Yalta como tratado internacional, que no puede ser sostenida desde el punto de vista formal. Los acuerdos de los aliados eran ilegítimos, porque rompieron una serie de compromisos internacionales como el tratado polaco-británico de 1939, los polaco-soviéticos de 1923, 1932 y 1941, el chino-soviético de 1924, el de Washington de 1924 y el pacto Briand-Kellog de 1928. Pero, sobre todo, se violó la norma de Derecho internacional según la cual ningún Estado puede ser destituido de sus derechos sin su consentimiento: las tres potencias se otorgaron el derecho de decidir el destino de los pueblos, de forma específicamente drástica en los casos de China y Polonia.

Esta visión de Yalta fue especialmente importante para los soviéticos. Les confirmó como potencia en Europa central, consolidando las apariencias de la soberanía de los Estados satélites. Por otro lado, permitió a la propaganda soviética presentar la creación de la OTAN como una injusta agresión del imperialismo “yanqui”.

La actitud aliada de entonces la resumía la formulación hecha por Roosevelt: “Hemos hecho lo máximo posible por Polonia”. También Churchill estaba convencido de que no existía la posibilidad de salvar la integridad territorial de Polonia y lo que intentaba era conseguir las garantías de cierta soberanía. Sorprende la ingenuidad de sus cálculos, pero hay que recordar que en Yalta no obtuvo el apoyo de Roosevelt. En cualquier caso, lo que exige verificación es la tesis de que no fue posible otra solución, que no existía alternativa a la política de los aliados frente a la URSS desde 1941.

 

El orden de Yalta

La situación totalmente nueva de 1995 nos permite rastrear Yalta como realidad histórica y evaluar algunos de sus aspectos simbólicos, presentando tres diferentes perspectivas, tres visiones resultantes de la diversidad de las experiencias.

La visión soviética. El punto de vista soviético aparecía determinado por el carácter totalitario del sistema comunista, aunque en el fondo existía también el reflejo de una antigua forma de pensar. Hay que distinguir naturalmente el punto de vista oficial, propio del restringido grupo de dirigentes con acceso a la información, que compartieron sin conocerlo en profundidad los funcionarios del gobierno, partido, ejército y KGB. La versión oficial era la síntesis del cinismo y de la identificación completa con la línea del partido. Se sabe menos, sin embargo, de la percepción popular. En general, el pueblo aceptaba la versión de Yalta como el reconocimiento internacional del papel decisivo de la URSS en la Segunda Guerra mundial, como el precio de la victoria. Los ciudadanos de la Unión Soviética estaban convencidos de que gran parte de sus privaciones materiales se debían a la ayuda ofrecida a los “países hermanos”. Aceptaban, en consecuencia, el derecho de intervención del gobierno de Moscú. El imperio era el orgullo del pueblo soviético, incapaz de reconocer las aspiraciones nacionales de los otros.

El pueblo estaba también convencido de los derechos históricos de Rusia sobre todas las tierras “liberadas por nuestros soldados”. Yalta era aceptada sin reservas como el acto de reconocimiento de las fronteras de junio de 1941. Durante toda la guerra, el gobierno soviético hizo esfuerzos para asegurarse las anexiones de los años 1939-1940. Es interesante recordar cómo los británicos ayudaron a Stalin aceptando sin discusión la tesis soviética del carácter étnico de las fronteras. El día 29 de octubre de 1939, el gobierno británico recordó la coincidencia de la línea establecida por el pacto Ribbentrop-Molotov con la famosa línea de lord Curzon, que en realidad era sólo la línea de demarcación entre los ejércitos polacos y bolcheviques propuesta el 20 de julio de 1920 y que no tuvo nada que ver con las realidades étnicas. A partir de las conversaciones anglo-soviéticas en el verano de 1941, Stalin contó con el acuerdo tácito a su tesis.

A la visión soviética pertenece también la convicción de que Rusia disponía de la misión histórica que justificaba la subordinación de Europa central, convicción que Stalin logró sin esfuerzo alguno. El 2 de noviembre de 1943, Molotov logró eliminar la palabra “conjuntamente” del texto de la declaración común sobre la resolución de los asuntos políticos en los territorios “liberados”, sólo prometiendo la participación soviética en la guerra contra Japón. En Yalta, Stalin dejó “manos libres” a los aliados en Francia. La mayoría de los ciudadanos soviéticos creía en esta visión bipolar: Estados Unidos hace lo mismo que nosotros, afirmaban, pero son imperialistas mientras que nosotros ofrecemos “ayuda fraternal”.

En este contexto merece atención la coincidencia de los puntos de vista oficial y popular de las fronteras. Para los soviéticos, la frontera era convencional. Había fronteras de verdad que protegían a Rusia y las demás eran un elemento de la política. En Yalta, los aliados confirmaron la frontera occidental de la URSS, pero  Stalin la delineó en el tratado de Polonia siguiendo todos los detalles necesarios de Derecho internacional. La frontera occidental  de Polonia fue defendida por  Stalin en Potsdam con gran determinación. ¿Por qué? Primero, porque la línea del Oder-Neisse se convirtió en objeto de eterna tensión entre polacos y alemanes, transformándose la frontera en el argumento de la dominación. Por otro lado, la frontera polaco-alemana era considerada por los soviéticos como la entrada a la Federación Rusa y a la república socialista de Ucrania, concepto fuertemente enraizado en la mentalidad rusa, como lo demuestran muy bien los últimos acuerdos entre Yeltsin y Lucaszenko, firmados en Minsk el 21 de febrero de 1995.

 

«La frontera polaco-alemana era considerada por los soviéticos como la entrada a la Federación Rusa y a la república socialista de Ucrania»

 

La visión polaca. Al contrario de la situación en la URSS, en Polonia existían perspectivas opuestas de Yalta, la oficial y la popular. Además, los círculos de poder en Polonia compartían en privado la versión popular. En la oficial, Yalta era presentada ante todo como el símbolo de la eterna amistad polaco-soviética y, después, como garantía de la existencia del Estado polaco con sus actuales fronteras. El rechazo del primer aspecto era casi unánime y la mayoría de los polacos se inclinaba a creer que la dependencia o soberanía limitada era el precio pagado por la garantía soviética de la frontera occidental.

El punto de vista polaco estaba estigmatizado por la cuestión de la frontera oriental: es importante recordar que, hasta 1945, el gobierno polaco en Londres no era consciente de los compromisos entre los líderes aliados. El 30 de julio de 1941, este gobierno, bajo presión británica, aceptó el posible arreglo de la futura frontera con la URSS firmando el pacto con los soviéticos. Pero cuando estalló la crisis con el descubrimiento de las fosas de Katin, Stalin encontró el pretexto para romper las relaciones. La negociación era imposible y no por la firmeza polaca en el asunto de la frontera, sino por la decisión de Stalin de dominar Polonia con su propio gobierno instalado en Varsovia. Y tuvo el permiso de los aliados. Yalta finalizó el proceso iniciado mucho antes de los acuerdos de Teherán y enterró definitivamente la cuestión polaca.

El problema de la frontera oriental no era sólo una cuestión territorial, sino el símbolo del drama de una nación que luchó durante la guerra junto a los aliados y se vio tratada como los vencidos. Su compromiso constante y su esfuerzo militar –en 1945 lucharon en todos los frentes más de 600.000 soldados polacos– merecían algo más que compasión. No sorprende que los polacos  se sintieran traicionados en Yalta.

Esta reunión significó mucho más que un drástico cambio territorial. Las decisiones de los aliados habían determinado la sovietización de Polonia. Stalin preparaba su plan desde 1942 y en 1945 tenía ya bien instalada la “triste hechura” del NKVD (Comité de Liberación Nacional), pero este régimen existía sólo gracias a la ocupación militar soviética. El consenso aliado en Yalta tuvo entonces un doble objetivo: conseguir el reconocimiento internacional y eliminar la resistencia nacional. Las fórmulas consensuadas en Yalta servían de tapadera, lo importante era el consentimiento aliado para la transformación del “títere” comunista en un gobierno provisional. El control aliado del proceso de reconstrucción del gobierno polaco y las elecciones libres eran condiciones utópicas y jamás fueron cumplidas. Sin embargo, los occidentales reconocieron el gobierno provisional retirando el reconocimiento a su aliado: el gobierno legal polaco en Londres.

La forma de esta transformación fue humillante. La acompañó la represión masiva: masacre, prisión y transporte a los campos del Gulag eran el destino de los mejores hijos de la nación. En una atmósfera de terror, los comunistas eliminaron hasta 1947 todas las  pruebas de la oposición política. La resistencia clandestina no duró mucho más. Lo desastroso fue que en Yalta los aliados no sólo aceptaron la violación de los derechos de las naciones sino que aceptaron también el engaño. Para la instalación del régimen comunista era necesario el reconocimiento de la imagen propagandística del conflicto de las dos orientaciones políticas. No era posible en 1945 salvar a Polonia de las manos  de Stalin, pero sí dudoso el argumento de que era necesaria la participación aliada en el mentiroso montaje. Los polacos se sintieron traicionados y reaccionaron emocionalmente, pero predominó la resignación; sintiendo el abandono, intentaron salvar la existencia adaptándose a las nuevas condiciones.

Pero el espectro de Yalta les persiguió hasta el fin. Con la creciente conflictividad entre los bloques, la situación de Polonia era muy delicada. Su temor les llevó a pensar que con el éxito soviético su país se convertiría en una república socialista más, pero, por otra parte, en la victoria de Occidente veían la amenaza de la pérdida de los territorios occidentales. Estas dudas servían perfecta mente a la instalación del régimen totalitario y se mantuvieron casi hasta su caída. Sorprende la ceguera y la falta de imaginación en las posturas de 1945 y no es menos desesperante el egoísmo de la complicidad de las décadas posteriores.

El último, pero no menos importante, aspecto de la visión polaca era el convencimiento de que Yalta servía  a la destrucción de la civilización europea. Este sentimiento nació de la observación de los fundamentos del sistema soviético: la degeneración de las  relaciones interpersonales y la extinción gradual del vínculo nacional. Así, la sociedad estaba perdiendo su capacidad de transformación autónoma. Desde una perspectiva actual, puede apreciarse fácil mente la verdadera dimensión del desastre: estos elementos conducían a la progresiva separación de los países “satélites” de la corriente principal de la civilización europea. En Yalta empezó el proceso de imposición por Rusia de su modelo de frontera y de relación con Europa.

La visión europea. La imposición de la voluntad de Stalin no significó que los occidentales hubieran perdido. Por un módico precio, en su opinión, bloquearon los proyectos de dominación soviética de Alemania  preparando el terreno para la creación de la OTAN y de la República Federal de Alemania (abril y septiembre de 1949). En consecuencia, Occidente ofreció a la URSS el reconocimiento de Yalta como tratado, sin darse cuenta de que los soviéticos usurpaban el derecho exclusivo de interpretación de las obligaciones contraídas.

La visión occidental de Yalta  era defensiva. No se puso en duda la autoridad soviética impuesta en el Este, defendiendo sólo las posiciones estratégicas, como en el caso de Grecia o los Dardanelos (la doctrina Truman de 1947). Occidente no intervino ni a favor de la resistencia polaca ni en el momento del golpe comunista en Praga; sino que, al contrario, veía a los países satélite como parte integral del bloque enemigo. Ya en el famoso discurso en  Fulton (5 de marzo de 1946) Churchill, olvidando todas sus concesiones y complicidades, declaró culpable al gobierno polaco por “enormes y erróneas usurpaciones a costa de Alemania”.

La firmeza occidental se vio reflejada en el bloqueo de Berlín (26 junio 1948-12 mayo 1949) y su debilidad en los partidos comunistas en Italia y Francia. Una vez que estalló la confrontación, Yalta se convirtió en el símbolo de la guerra fría y de la división de Europa. Pero no todos la vieron como consecuencia de la agresividad soviética, sino que para muchos la división de Europa derivaba del imperialismo norteamericano. La opinión pública veía en Yalta la  garantía del equilibrio y no esperaba su eliminación. Este consenso se mantuvo durante la distensión y perduró hasta la perestroika. La  idea de abandonar Yalta no era muy diferente de la oferta de retirada de las tropas norteamericanas de Europa a cambio del regreso del Ejército Rojo a su país. Era una visión tan irreal como peligrosa, al igual que la idea de la neutralización de Europa.

Hasta el final, Yalta fue considerada como elemento necesario del statu quo. La única visión contraria nació con la Comunidad Europea. Europa, transformada en fuerza independiente, podría ser una tentación para los países satélites de la URSS y romper con el concepto de equilibrio. La integración europea era, en gran parte, el fruto de la confrontación, la respuesta al reto comunista y, por consiguiente, la única esperanza para el futuro sin la sombra de Yalta.

 

Un cambio histórico

Pero el gran cambio de los años 1989-1991 fue el resultado de procesos sólo marginalmente unidos con la integración europea. Los elementos decisivos fueron el fracaso económico del sistema soviético y el crecimiento de los nacionalismos, encontrando aquí los elementos clásicos de la revolución, esto es, el aumento de la reivindicación popular junto con las pruebas de la reforma, a los que había que añadir los elementos de la transición, que  son los pactos  condicionados por la necesidad de la modernización. Pasados cinco años todavía no se han definido los orígenes de un cambio tan rápido como inesperado. Lo que sí se puede afirmar es que el proceso no  se dirigió directamente contra el orden de Yalta. La  reivindicación de la soberanía nacional estaba presente ya en la organización sindical Solidaridad de 1981, pero conscientemente  oculta. Lo mismo  se puede decir de la variopinta  oposición política centroeuropea; nadie, o casi nadie, se atrevía a ir más lejos que el cumplimiento de la letra de los acuerdos de Yalta. Tanto la perestroika como el “otoño de los pueblos” eran  muy tímidos en la reivindicación de los derechos fundamentales de las naciones. Lo decisivo era el ambiente internacional, mucho más favorable que en 1945.

Este “cumplimiento” de Yalta se apreciaba específicamente en la fase inicial del proceso en Polonia. Las conversaciones entre el gobierno y los representantes de la sociedad culminadas en mesa redonda (6 de febrero-5 de abril 1989) abrieron el paso a la transición. Sucedió lo que era imposible en 1945: las elecciones del 4 de junio de 1989 fueron absolutamente democráticas, si se comparan con las de enero de 1947. El gobierno de Tadeusz Mazowiecki (septiembre 1989), fruto del compromiso, ya se pudo considerar como   nacional. El  proceso se aceleró en Polonia con la caída del muro de Berlín, al ser la unificación alemana decisiva para las circunstancias políticas del centro de Europa. Por otro lado, la drástica reforma  económica de Balcerowicz cerró definitivamente la vuelta al comunismo  y, como consecuencia, el partido comunista se disolvió el 29 de enero de 1990, reconstruyéndose como partido socialdemócrata. Los procesos de cambio en todos los países satélite tuvieron sus características propias, pero coincidieron en que continuó la  participación de los ex comunistas en la política y se consolidó la  ex nomenclatura como grupo de los propietarios capitalistas.

La salida de Yalta fue, por consiguiente, el resultado no tanto de los procesos interiores sino del derrumbamiento de la URSS en 1991 y la retirada definitiva de las tropas en 1994.

Todo esto no significa que el “orden de Yalta” pertenezca ya a la Historia. La recuperación de la soberanía y el inicio de la transformación no son suficientes para borrar las consecuencias de cincuenta años de dependencia. El cierre de este capítulo será posible sólo cuando se establezcan nuevas relaciones entre las grandes potencias, lo que exige una concienciación de la nueva situación  y la voluntad común de resolverla. Ni Occidente ni Rusia tienen aún claro el camino a tomar. La desaparición de los bloques significa la posibilidad de aparición de contradicciones antes  congeladas por la exigencia  superior de la movilización antisoviética. Se teme que imprevisibles y desconocidos procesos en el Este puedan desestabilizar Europa; así, surge el problema de la posible o necesaria adaptación de la OTAN y reaparece la pregunta sobre  la dimensión y el carácter de la presencia estadounidense en Europa. En fin, tres años después de la caída del imperio soviético, las relaciones con Rusia siguen siendo delicadas, mientras que su comportamiento resulta menos previsible. Desde Moscú se habla  sobre la conveniencia de la disolución de la OTAN. Son los rusos quienes sugieren que sea la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) el único foro de discusión de los asuntos de seguridad. Rusia desea el reconocimiento de su posición y quiere vigilar todo el espacio de la ex Unión Soviética. La  sensibilidad rusa crece a la par que las dificultades para encontrar una solución a sus problemas internos.

 

«Tres años después de la caída del imperio soviético, las relaciones con Rusia siguen siendo delicadas, mientras que su comportamiento resulta menos previsible»

 

Si Yalta no existe, ¿puede inventarse otra solución pactada? La nueva situación tiene dos características interrelacionadas:

– Entre la Unión Europea (UE) y la Federación de Rusia existe una docena de Estados independientes. Sus condiciones materiales y el nivel de desarrollo de las estructuras democráticas son diferentes; sin embargo, estratégicamente pertenecen a una esfera común, con independencia del trato diferenciado tanto por parte de Rusia como por parte de la OTAN.

– Las fronteras occidentales de Rusia han retrocedido a sus posiciones del año 1600. Sin una guerra, sólo a consecuencia del desmembramiento de la URSS, Rusia ha perdido todos los territorios conquistados durante casi cuatro siglos.

Esta es la situación desde el punto de vista de los vecinos de Rusia. Pero son también elementos necesarios para entender el modo de sentir ruso. La expansión era esencial para la transformación de la Moscovia medieval en la Rusia moderna, que justificaba sus conquistas no sólo por la necesidad del contacto directo con Europa sino también por sus necesidades de seguridad. De igual importancia era el concepto de la unificación de todas las tierras rusas, que es una idea mística, una convicción de que el territorio conquistado cambia su identidad. No es un concepto étnico, porque en Rusia siempre era fácil cambiar los pueblos. Esta visión espacial no era exclusivamente rusa, pero tenía siempre más fuerza en las sociedades  pre nacionales. Yalta pertenecía a esta tradición. Por consiguiente, el futuro sin las tierras occidentales parece amenazar a la identidad rusa.

Es difícil encontrar soluciones para los retos de la era post-Yalta. Lo que importa es reconocer la diferencia en la reacción rusa frente a Polonia y Ucrania. Hoy Rusia declara que renuncia a la idea de supremacía en Polonia aunque considera natural la expresión de sus opiniones sobre la política exterior polaca. Es mucho más complicada su relación con Ucrania, sin la cual Rusia se siente mutilada.

En estos dos territorios es también diferente la percepción de la realidad posterior a Yalta. Ucrania, con todas sus dificultades, representa la voluntad de ruptura, porque se siente una nación; su incorporación fue un proceso secular, que empezó en 1654 para terminar en 1939. Pero el nacionalismo ucraniano nació fuera de  Rusia; fue el producto de la confrontación con Polonia. La idea del Estado nacional ucraniano creció en los siglos XIX y XX en la Ucrania occidental, dominada sucesivamente por Polonia, Austria y de nuevo Polonia. Ucrania entiende su futuro en el marco europeo, tiene resueltas las sangrientas confrontaciones con los polacos e intenta encontrar una solución viable para sus relaciones con Rusia.

La visión polaca es mucho más optimista. El cambio significa la democracia y el mercado abre el camino hacia la UE. Para los polacos es el regreso a la relación natural con Europa y la oportunidad de la recuperación de su camino, desviado por los repartos del siglo XVIII. Es importante destacar que en esta visión no hay elementos de reivindicación territorial. Lo que parece positivo para los polacos y oportuno para los ucranianos es dudoso en Bielorrusia, país con una identidad nacional muchos menos desarrollada.  Rusia, al fin, no  ve nada claro ni positivo en la nueva situación. Los Estados vecinos parecen separarla de Europa. Rusia no acepta la vuelta atrás y no rechaza su tradición.

Son también grandes las diferencias en la percepción del aspecto geopolítico de la nueva situación. Polonia teme que el espacio no  consolidado al este de su frontera se convierta en una zona sin afiliación estratégica y caiga fácilmente en la dependencia. Es más, este carácter sin clara identificación puede implicar la vuelta de Rusia a la senda expansionista. Se supone, pero sin pruebas convincentes, que la democracia en Rusia eliminará esta tentación. Lo que Rusia parece no poder admitir, independientemente de su régimen, son dos fenómenos vinculados con la situación post-Yalta: el carácter nacional de las reivindicaciones por parte de los pueblos  dominados durante siglos y las dudas sobre su posición mundial.

En el proyecto de ampliación de la OTAN, Rusia descubre el peligro del fortalecimiento de las aspiraciones nacionales que ponen en duda su posición como potencia. Esta percepción parece  estar condicionada por dos variantes históricas de la relación de Rusia con Europa:

– La de alianza (partnership), en la que conseguía la complicidad de Alemania, ofreciendo la división del espacio centroeuropeo.

– La de hegemonía, en la que, dominando todo el espacio de Europa central, conseguía influir en los destinos del continente.

Las dos variantes han caracterizado la historia de los últimos tres siglos. Aprovechándose de la debilidad de Polonia, Rusia inició su ofensiva en la segunda mitad del siglo XVII, cuando Pedro el Grande eliminó la mediación polaca en sus relaciones con Europa y en 1795 consiguió por fin la frontera común con Austria  y Prusia. La  modernización de Rusia iba por el camino autoritario eliminando de los territorios incorporados la tradición democrática polaca.

En 1815, con la primera variante confirmada en Viena, Europa ganó cien años de paz. Por otro lado, la presencia rusa en el espacio europeo fue un elemento básico en los conflictos bélicos de nuestro siglo. La otra variante se realizó en Yalta ofreciendo a Europa occidental la motivación para integrarse al precio de la guerra fría y la amputación de la tercera parte de su espacio original. Será difícil pretender que Europa saliese mejor parada con la segunda variante que con la primera.

Un efecto no tan marginal de este proceso fue la paulatina desaparición del espacio de encuentro en el Este. La Europa consolidada en su centro se expandía al Este creando los Confines, tierras de la encrucijada y de la confrontación con las civilizaciones de Rusia y de Turquía. La incorporación de estas tierras al Estado ruso eliminaron en el siglo XIX sus características originales. Rusia, acercándose a Europa, suprimió las formas tradicionales de comunicación sociocultural sin su incorporación al diálogo europeo: era clara consecuencia de la diferencia fundamental entre las dos civilizaciones y se ven específicamente en las distintas características de las fronteras. La frontera de la civilización europea era, en general, una estructura abierta, espacial y de enlace. La frontera rusa tendía a hacerse cerrada, lineal y de separación. En 1945, Stalin  logró más que los zares Alejandro I y Nicolás II al imponer el carácter de división entre los mundos. La situación post-Yalta  fue, sin duda, provisional y por supuesto inquietante, porque no se sabía por dónde pasaba la frontera y cuáles  serían sus características.

Desde la perspectiva de cincuenta años se ve la importancia de la dominación en Europa central y oriental para el destino de la civilización. Se aprecia también la importancia que tuvo para la URSS la posibilidad de tomar decisiones junto con EE UU. Rusia no quiere renunciar a esta posición privilegiada y lo demuestra en el foro de la OSCE y tampoco parece dispuesta a respetar la realidad post-Yalta en la zona tratada como “el exterior próximo”.

Al pensar en Yalta y en su aniversario, no se puede olvidar la dimensión de seguridad. Los acuerdos de 1945 crearon un marco de garantías que limitó la posibilidad del conflicto: la guerra fría era la fórmula del equilibrio. El recuerdo de la conveniencia de este equilibrio pactado provoca reacciones en Varsovia, Budapest y Praga, como es natural. Durante los dos últimos siglos la garantía  de orden y paz se la daban a Europa las potencias mundiales: Gran Bretaña y Rusia en el siglo XIX; EEUU y  la URSS en la segunda mitad del siglo XX. Más o menos conveniente para Europa, este equilibrio se mantuvo a costa de la extinción o de la dependencia de los Estados centroeuropeos.

En conclusión, cincuenta años después de Yalta, en una situación profundamente distinta, se pretende la creación de un nuevo sistema de seguridad para Europa. Son dudosos conceptos como “la disolución paralela de la OTAN” o “las garantías ofrecidas por las potencias”, porque implican la retirada de Estados Unidos. Para los centroeuropeos, tanto la desaparición definitiva del “orden de Yalta” como la garantía de seguridad vienen del progreso de la integración  europea y de la ampliación de la OTAN. Esta visión elimina la vuelta a escenarios del pasado, mantiene la presencia de EEUU y no contradice la posición mundial de Rusia. Los recién liberados PECOS  intentan convencer de que la ampliación de la UE y de la OTAN son necesarias para el éxito de esta construcción y que no crea amenaza real para Rusia, a la que mantiene fuera de la Europa integrada como civilización  original y diferente; y al mismo tiempo esta ampliación puede dar el impulso decisivo para que Rusia también modifique su visión del mundo y tome el camino hacia la democracia.

La perspectiva de una Rusia democrática es posible, como también lo es la vuelta a un régimen autoritario. De momento, Rusia se consolida en su territorio federal donde encuentra graves problemas, aparentemente sólo en el terreno étnico. Las dificultades actuales con las repúblicas –como por ejemplo Chechenia– son el resultado de intentar la reconstrucción de la posición mundial por el camino de la CEI. La nueva modernización de Rusia por la vía de la “europeización” queda también abierta y es posible como lo demuestra el caso de Japón. La diferencia consiste –según parece– en que Japón ha reconocido su pérdida en la Segunda Guerra mundial y Rusia en 1995 no acepta su derrota. En este caso no se trata de alguna responsabilidad colectiva rusa por el comunismo  en general o por Yalta en particular. La catástrofe de la URSS ha demostrado el fracaso de cierto concepto de Estado y específicamente de la relación entre poder y pueblo. Este fracaso precisamente  abre el camino de la esperanza, ya que es el camino común de todos los que intentan superar la herencia comunista y va por el rechazo definitivo de la tradición en la que el hombre es propiedad del Estado.

 

«La perspectiva de una Rusia democrática es posible, como también lo es la vuelta a un régimen autoritario»

 

Existe un vínculo directo entre el futuro de la democracia en Rusia, la seguridad de Europa y la posible o deseada ampliación de la  OTAN. La integración de los países de Europa central en las estructuras atlánticas significaría:

– El acercamiento de Europa  a Rusia y no al revés.

– La consolidación de un recuperado espacio de encuentro en el Este.

– La garantía de estabilidad al oeste de la frontera rusa.

– El apoyo decisivo a las transformaciones democráticas.

Lo que sucede es que todos tienen miedo. Rusia teme que la ampliación de la OTAN ponga en duda su posición mundial porque impediría la recuperación territorial. Por su parte, Ucrania teme que con Polonia incorporada a la OTAN todo lo que quede al Este sea dominado por Rusia. Asimismo, Polonia teme que se repitan los escenarios del pasado. El miedo no es buen consejero. La solución exige una gran visión en la que la integración de Europa ayude a Rusia a reconsiderar su tradición y su futuro.

Las garantías de seguridad en la OTAN ampliada significarán una Unión Europea fortalecida por la recuperación de su parte central y oriental y la esperanza de una nueva relación con Rusia. Sólo en este camino se puede ayudar a la tendencia democrática en Rusia. Será al mismo tiempo el cierre definitivo de la época de Yalta y la garantía de que este tipo de “solución definitiva” no se repetirá nunca jamás.