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Brasil y México, ¿vidas paralelas? Sí, pero en sentido opuesto

MANUEL ALCÁNTARA SÁEZ
 |  29 de octubre de 2018

Los próximos 1 de diciembre y 1 de enero, en los dos países más poblados de América Latina tomarán posesión sus presidentes electos en los comicios celebrados este año. Desde un escenario de polarización aguda, estos procesos electorales han comportado ciertos paralelismos interesantes que, no obstante, y a pesar de algunas coincidencias relevantes, no van en la misma dirección, contribuyendo a no poder dar a la región un sentido general de su giro hacia uno de los polos del espectro ideológico.

Sendas elecciones se enmarcaron en escenarios similares de amplia corrupción, percibida así masivamente por sendas sociedades que han llevado en Brasil a decenas de ex altos cargos del ejecutivo y del legislativo a la cárcel y en México solo a un puñado de gobernadores. También la inseguridad ciudadana es rampante en ambos países (25 y 29 asesinados por cada 100.000 habitantes en México y en Brasil en 2017, respectivamente). Los comicios asimismo supusieron que la concentración del sufragio en los dos principales candidatos que más votos recibieron en primera instancia fue en Brasil del 79% y en la convocatoria única en México del 75%. Bien es cierto que en Brasil la participación se acercó al 80%, mientras que en México apenas si superó el 63,4%. Pero en ambos casos se enfrentaron dos candidatos de formaciones políticas notablemente diferenciadas en el espectro ideológico. En Brasil el Partido de los Trabajadores (PT), de izquierda, frente al Partido Social Liberal (PSL), de derecha; y en México Morena, de cariz izquierdista, frente a una insólita coalición configurada por el Partido de Acción Nacional (PAN), que conforma la derecha clásica en el país, y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que se sitúa en una posición opuesta, junto con el Movimiento Ciudadano.

Por otra parte, los tres partidos mayoritarios, que han tenido una presencia constante en los últimos 30 años en Brasil y en México, han quedado relegados a una situación de cierta irrelevancia. En el primero, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el PT –y aun teniendo en cuenta la enorme fragmentación de su Congreso– han sido los grupos parlamentarios más numerosos y pivotó sobre ellos, de manera clara desde que Fernando H. Cardoso fue elegido presidente en 1994, la configuración de grandes coaliciones progubernamentales; además, del PSDB y del PT salieron los presidentes electos entre 1994 y 2014. Por su parte, en México el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el PAN y el PRD dominaron también la escena política, aunque de manera más clara y mayoritaria; los dos primeros controlaron permanentemente el legislativo sumando en curules las dos terceras partes de los legisladores en conjunto desde 1997 hasta que finalizó la legislatura que concluyó tras los comicios de este año. A los partidos tradicionales en ambos países solo les quedan reductos en las gobernaciones de los estados.

Hoy, por el contrario, hay dos formaciones que marcan el paso de la vida política: el tradicionalmente irrelevante PSL, que se convertirá en el partido con más escaños cuando en la constitución del legislativo el 1 de febrero se reacomoden tránsfugas de pequeños partidos –una práctica habitual en la política brasileña–; y Morena, que tiene una mayoría absoluta de diputados con dos aliados (el Partido del Trabajo y el Partido Encuentro Social), algo que no sucedía desde 1997 cuando la perdió el PRI, que la había ostentado durante décadas.

 

¿Vidas paralelas?

El éxito en la carrera presidencial de Jair Bolsonaro y de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) une a dos personajes que han sabido configurar unos fuertes liderazgos peculiares dentro de los respectivos sistemas políticos de los que son insiders inequívocos. Los dos son de verbo fácil y florido, con mucha frecuencia provocador, y se mueven perfectamente en el universo católico, así como en el evangélico. Por su parte, el primero ha vivido en el permanente reacomodo partidista, mientras que el segundo ha mantenido una mayor constancia siguiendo la ruta que más de uno emprendió en la política mexicana desde la ruptura que trajo consigo el descontento con el actuar del PRI en la década de los ochenta. No obstante, ambos han sido fieles, groso modo, en la ubicación ideológica contrapuesta en que se situaron desde el inicio de sus carreras políticas.

Bolsonaro nació en 1955 y comenzó su carrera política como concejal en 1988, habiéndose mantenido en la misma ininterrumpidamente desde entonces, llegando a militar en ocho partidos. Su experiencia en la Cámara de Diputados desde 1990 le confiere un notable grado de antigüedad en el sistema político brasileño, si bien su rendimiento legislativo fue mediocre, aunque fue el diputado que más votos recibió en las dos últimas elecciones legislativas en las que participó. Su hermano y tres de sus cinco hijos de tres matrimonios distintos son políticos. Desde su juventud, donde se hizo patente su proclividad hacia las Fuerzas Armadas que detentaban entonces el poder en Brasil, llegando a ser paracaidista profesional, tuvo una clara ubicación ideológica en la derecha autoritaria y una actitud programática que le llevó a defender al régimen militar y al nacionalismo económico, oponiéndose a la política de privatizaciones de Cardoso que hoy, irónicamente, defiende.

AMLO nació en 1953 y entró en política en 1976, habiéndose mantenido en la misma, vinculado al inicio mediante instancias institucionales en el mundo del PRI para luego pasar al PRD, del que fue su presidente entre 1996 y 1999 y jefe del gobierno del Distrito Federal entre 2000 y 2005. Luego fue candidato presidencial “permanente” desde 2006, dos veces con el PRD y una con Morena, una corriente interna de aquel conformada en 2011 y que luego le sirvió como colchón para abandonar el PRD. Nunca reconoció el resultado de las elecciones de 2006 en que perdió por un estrecho margen ante el candidato panista Felipe Calderón. Se ha casado dos veces (su primera esposa falleció) y tiene cuatro hijos. Desde su juventud tuvo una clara ubicación ideológica en una izquierda de corte popular y nacionalista que ha mantenido de forma constante.

 

Cinco diferencias entre Brasil y México

Hasta aquí el paralelismo, que marca distancias claras cuando se constata que ambos sistemas políticos caminan en sentidos opuestos, como ya lo hicieron al iniciarse el siglo cuando el cambio político en México giró al centro derecha y en Brasil al centro izquierda. Pero fuera de la relevancia que supone la orientación ideológica, los escenarios se diferencian al menos en cinco aspectos.

Mientras que el gobierno mexicano va a disponer de una sólida mayoría en el Congreso, el brasileño deberá configurarla siguiendo las clásicas pautas que marcan su presidencialismo de coalición (hay 30 partidos en la Cámara de Diputados y 28 en el Senado). Ello supondrá una mayor facilidad en el primer caso para emprender reformas de calado, mientras que en el segundo solo la obsesión anti-petista guiará las políticas gubernamentales. La incidencia en políticas de mano dura y de reinversión de otras de fuerte simbolismo progresista chocará con la complejidad de la sociedad brasileña y el activismo de los movimientos sociales.

En segundo término, si en Brasil parece plausible una amplia renovación de la clase política que va a afectar tanto a los integrantes del Congreso como del ejecutivo, sin que ello signifique la fuerte sobrerrepresentación de los blancos frente a los negros y mulatos que suponen la mayoría de la población, en México no va a darse un cambio tan significativo. De hecho, hay signos evidentes del regreso de una vieja guardia priista que quedó marginada con el proceso de renovación neoliberal que se dio en la década de los ochenta.

En tercer lugar, México no tiene vicepresidente, con lo que el ejecutivo recae exclusivamente en el presidente y si este quedara vacante en los dos primeros años una nueva elección se impondría (después sería el Congreso quien elegiría presidente). Por su parte, Brasil sí lo tiene y el elegido en la misma candidatura que Bolsonaro es Hamilton Mourão, un general que representa a un espectro ideológico más conservador aun que el del presidente. Habida cuenta que en las últimas tres décadas el vicepresidente en Brasil terminó ocupando la presidencia en tres ocasiones, ello supone un dato a tener en cuenta.

En cuarto lugar, mientras que Bolsonaro ha contado con el explícito apoyo empresarial desde que descolló en las encuestas, AMLO se configura como su bestia negra. Por otra parte, el nuevo presidente brasileño tiene el apoyo homogéneo de las iglesias evangelistas, de las que es miembro reciente, y tibio de sectores tradicionales de la iglesia católica. Para el mexicano, sin dejar de mantener contactos con evangélicos y católicos, su presencia ha sido mucho menos palmaria, posiblemente en correlación con el tradicional laicismo de la izquierda mexicana, morigerado en este caso por las creencias del nuevo presidente.

Finalmente, la personalidad y la manera de encarar el liderazgo de los dos presidentes va a expresar dos formas de hacer política diferentes. Ya sendas campañas electorales lo evidenciaron: mientras que Bolsonaro recurrió de manera absoluta y obsesiva a las redes sociales, AMLO, sin dejarlas de lado, se prodigó durante meses en visitas a todos los rincones del país. Es verdad que ambos comparten cierto desinterés en su proyección exterior, pero su experiencia en manejo de equipos es distinta. Su inhibición en cuestiones internacionales se quiebra del lado de AMLO por la amistad que mantiene con el líder laborista Jeremy Corbyn, mientras que Bolsonaro, que se bautizó hace dos años en el mismísimo río Jordán tomando su segundo nombre (Mesías), no oculta su proclividad por Israel y Estados Unidos frente a China. Con relación a la experiencia en gestión, AMLO administró con relativo acierto el gobierno de la capital mexicana probando una inequívoca capacidad y el resto del largo tiempo reciente lo ha pasado en una campaña permanente recorriendo en su totalidad el país. Esto no se da en Bolsonaro, que no ha salido de las confortables paredes del Congreso en un cuarto de siglo.

 

¿Modelos para América Latina?

Todo ello configura un panorama nuevo para los dos grandes referentes latinoamericanos que combina aspectos de cierta proximidad producto de la fatiga democrática que invade a la región. El desencanto de la ciudadanía, la violencia irrestricta, la corrupción y el mantenimiento de cotas insoportables de desigualdad configuran un panorama que afecta al desempeño de la política. En ambos países se abre un escenario insólito que va a ser liderado por dos presidentes de la misma generación con trayectorias políticas que mantienen cierta similitud, pero marcados de unos matices que les hacen ser muy diferentes. En cualquier caso, han configurado un modelo de llegar a la presidencia, desde posiciones compartidas opositoras al statu quo, que, si tienen éxito en sus andaduras, será un modelo que se replicará en toda América Latina. Por último, cabe esperar que en su andadura no sucumban a la clásica tentación de introducir cambios constitucionales que faciliten la reelección ni que desmantelen provisiones institucionales que supongan un freno al ejercicio omnímodo de su poder.

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