China, la ONU y los asuntos globales: ¿razón de Estado?

 |  16 de septiembre de 2014

Hace tiempo que la política exterior de China no es la misma. ¿La última noticia? 1.800 cascos azules chinos acaban de desplegarse en Sudán del Sur, sumándose a las tropas del Ejército Popular de Liberación ya presentes en la operación de mantenimiento de la paz de la Unmiss.

De forma discreta, China se ha convertido en uno de los mayores contribuyentes a las misiones de paz de las Naciones Unidas con 2.193 ciudadanos chinos −desde ingenieros a médicos pasando por soldados− participando en ellas. Pekín ha pasado de utilizar la no injerencia como respuesta para todo en la arena internacional a buscar activamente la implicación en las misiones impulsadas desde la ONU.

El ojo del gigante asiático está puesto en África, donde se localiza la mayor parte de misiones en las que participa, seguido de Oriente Próximo. Aunque los cascos azules chinos se encuentran en los cuatro continentes en los que la ONU despliega operaciones de establecimiento y mantenimiento de la paz, no se puede cuestionar su especial interés en aquellas áreas de las que extrae recursos para satisfacer su insaciable demanda de energía, minerales y materias primas.

China ha fijado como objetivo fundamental de su política exterior la defensa de la paz mundial y la promoción del desarrollo común, además de impulsar el multilateralismo. Sus dirigentes no se cansan de repetir que “China nunca será una nación hegemónica ni expansionista”. De acuerdo con esas metas, uno de los puntos fuertes de su actividad internacional es la colaboración neutral –o eso afirman desde Pekín, aunque suelan mantener estrechos vínculos con muchos de los gobiernos y partes implicadas en los conflictos donde median− y pacífica −renunciando al uso de la fuerza excepto en casos de defensa propia− con la ONU.

El quid de la cuestión es que China está renunciando de algún modo a los pilares de su política exterior, los cinco principios de coexistencia pacífica enunciados por el presidente Zhou Enlai en 1954. Han transcurrido ya 60 años desde que entraron en vigor para China, India y Myanmar. Los cambios traídos por el paso del tiempo no pueden ignorarse.

Durante años, China defendió a ultranza dos de esos principios, no injerencia y respeto a la soberanía e integridad territorial, hasta que llegaron los ochenta. A finales de esa década empezaron a desaparecer las reticencias de Pekín a involucrarse en los asuntos globales. El perfil de la diplomacia china se modificaba, buscando más participación, más influencia, asumiendo un nuevo papel que poco a poco empezaba a corresponderse con su tamaño como actor.

Uno de los canales que utilizó para esa mayor involucración fue la ONU. En 1991, los primeros cascos azules chinos llegaban al Sahara Occidental para colaborar en la Minurso, que trata de promover la celebración del referéndum sobre la independencia o integración en Marruecos de este territorio. Las comparaciones entre la situación saharaui y tibetana, más los intereses económicos en Marruecos, ponen en cuestión la supuesta neutralidad de la primera participación china con la  ONU. Otras misiones en las que China participa o ha participado a lo largo de los años –Costa de Marfil, Camboya o República Democrática del Congo, donde el interés económico chino no es despreciable–, confirmaron esa tendencia.

 

Nuestro hombre en Sudán

El de Sudán es un caso peculiar. China solía ser el mayor cliente de petróleo de Jartum, y hoy compra el 80% del crudo que se exporta en Sudán del Sur. Ambos países viven casi de forma exclusiva de sus reservas petrolíferas.

Existe una relación que podría presentarse como cuasi-simbiótica: China logra recursos petroleros y minerales, ambos Sudán obtienen a cambio una inmensa inversión extranjera en infraestructuras muy necesitadas como hospitales o redes eléctricas y créditos blandos. Y es solo cuasi porque planea sobre Pekín la sombra del neocolonialismo: su capacidad de influencia no hace más que acrecentarse, a cambio de no generar empleos −muchos son cubiertos por ciudadanos chinos−, incumplir los derechos laborales y contaminar los ecosistemas.

En estos momentos, Sudán del Sur está envuelto en una guerra civil liderada por el presidente Salva Kiir, de la tribu dinka, y su exvicepresidente, Riek Machar, de la tribu nuer. Las atrocidades por motivos étnicos llevaron a la ONU a modificar la misión Unmiss −que llegó al país cuando este alcanzó la independencia− para que los soldados internacionales se centraran en la protección de civiles. Ha sido crucial la presión china para proteger a los trabajadores de las instalaciones petroleras de los Estados de Unidad y Alto Nilo, los más afectadas por el conflicto y en los que se localizan las millonarias inversiones chinas. Al resto de miembros permanentes del Consejo de Seguridad no les quedó más remedio que aceptar las exigencias chinas o dejar al país más joven del mundo sin su única fuente de ingresos.

En todo caso, China no solo ha venido a impulsar un nuevo capítulo en su política exterior, sino que además es hoy el único miembro permanente del Consejo de Seguridad con una verdadera presencia en las operaciones de la ONU. China ha acabado por llenar el gran vacío dejado por las otras cuatro potencias: Estados Unidos, Rusia, Francia y Reino Unido –que contribuyen de forma notable en la financiación, pero no sobre el terreno− y ha empezado a proyectar una determinada imagen hacia el mundo: no somos una amenaza para el resto, sino una potencia responsable y comprometida con los asuntos internacionales.

La lección que han aprendido los líderes chinos es que el desarrollo económico es el núcleo de su ascenso, pero igual de importantes son la estabilidad política y la seguridad en un mundo tan interdependiente. En el camino, tampoco está de más presionar por el aislamiento de Taiwán o explotar la mínima posibilidad de obtener rentabilidad. La neutralidad estará siempre presente en el discurso, pero no en la práctica. Hablar de neutralidad no es sencillo cuando China no ha dudado en asociarse con Rusia para vetar cualquier sanción contra el régimen de Bachar el Asad o apoyar a Moscú en la anexión de Crimea y el conflicto ucraniano, actuando como vía de escape de las sanciones occidentales.

El aislamiento de la China milenaria es hoy solo un recuerdo lejano. China no tiene pensado renunciar al papel que le corresponde en la política internacional. Sus primeros intentos para ponerse a la altura del resto de grandes potencias le llevaron a entrar en la Organización Mundial del Comercio en 2003 o a ser sede de los Juegos Olímpicos de 2008. Quién sabe si en unos años el próximo hegemón económico será también el emperador de las reglas del juego internacional. La política exterior china pisa cada vez más fuerte y es improbable que pase por alto sus herramientas para cambiar las reglas.

Por Julia Cadierno, internacionalista.

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