¿Cuándo irá Felipe VI a Cuba?

CARLOS ALONSO ZALDÍVAR
 |  21 de marzo de 2016

El lunes 21 de marzo de 2016 marcará una fecha en las relaciones cubano-estadounidenses. Ese día el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visitó Cuba. En el último año han pasado por La Habana Vladimir Putin, el Papa Francisco, el secretario de estado John Kerry, el presidente de Francia, el primer ministro de Italia, el presidente de Austria, la alta representante de la Unión Europea, Diplo y Major Lazer que reunieron 400.000 jóvenes cubanos, y próximamente lo harán los Rolling Stones.

¿A qué espera el rey de España para visitar Cuba?

Quizá algún lector se sorprenda, pero durante los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX ningún rey de España visitó sus posesiones en América. La primera vez que reparé en ello me dio que pensar. Otro tanto debieron hacer los diputados constituyentes de 1978 para que, tras atribuir al Rey la más alta representación del Estado en las relaciones internacionales, añadieran en la Constitución “y especialmente con las naciones de su comunidad histórica”. A partir de eso, Juan Carlos I fue el primer rey de España que realizó visitas de Estado a los países latinoamericanos. Pero Juan Carlos I nunca hizo una visita de Estado a Cuba. ¿Casualidad?

Juzgue el lector. Si el rey Juan Carlos hubiera hecho sus viajes a los países latinoamericanos empezando por el primero que los españoles pisaron, allí por el siglo XV, debería haber empezado por Cuba. Y si los hubiera hecho empezando por el último país que se independizó de España en 1898, también debería haber empezado por Cuba. Sin embargo, Cuba es el único país latinoamericano al que no hizo una visita de Estado. Para evitar confusiones dejaré claro que Juan Carlos estuvo en La Habana con motivo de la Conferencia Iberoamericana que allí tuvo lugar en 1999, pero ese viaje no fue una visita de Estado (y el gobierno español de turno se esforzó por dejarlo claro, al tiempo que las autoridades cubanas hacían lo contrario).

¿Por qué? Me atrevo a aventurar que la causa fue el escaso interés o la abierta oposición que durante todo su reinado mostraron ante la idea de ese viaje de Estado los sucesivos gobiernos populares y socialistas. Quizá sea duro decirlo pero es peor ocultarlo: en nuestro país la beatería ideológica y la cicatería política (siempre juntas) se imponen con facilidad al sentido de Estado. Visto desde hoy da pena y da risa.

En ciertos periodos, La Habana fue el lugar donde se decidía la política española: no en vano estaban allí los generales más poderosos y algunos de los hacendados más ricos de España

 

¿Qué hacer ahora? Muy fácil, hagamos de necesidad virtud. Organícese un viaje de Estado de Felipe VI a Cuba a la medida de una relación histórica que dura más de cinco siglos.

Es esta una relación que, en ciertos periodos, convirtió a La Habana en el lugar donde se decidía la política española, pues, no en vano, entonces estaban allí los generales más poderosos y algunos de los hacendados más ricos de España. Cuando Cuba era España, en Cuba se instaló el primer teléfono español y funcionó el primer ferrocarril español (entre La Habana y Matanzas, el de Barcelona a Mataró empezó a funcionar un decenio más tarde).

Esa relación incluye también una larga y cruenta guerra en la que pasaron por Cuba centenares de miles de soldados españoles y más de 60.000 murieron. Una guerra que, al alimentarla con patrioterismo y sin realismo, el bipartidismo de la restauración convirtió en una guerra perdida. Cuando llegó la derrota en el 98 los desvaríos de las élites de la restauración se tornaron en depresiones noventaiochoavas.

Pero mientras que las élites se deprimían, las relaciones entre españoles y cubanos de a pie florecieron. Tras la guerra decenas de miles de soldados españoles permanecieron en la isla, ninguno sufrió represalias o amenazas. Muchos capitales (no todos) retornaron a España y contribuyeron a la industrialización. Cuando, en los primeros decenios del siglo XX, España se desgarraba, de nuevo centenares de miles de españoles emigraron a Cuba buscando un lugar mejor para vivir. Desde entonces los españoles en Cuba no somos percibidos como los descendientes de los conquistadores o de los soldados que lucharon contra Martí o Maceo, sino como los hijos de aquellos inmigrantes.

Si no se empeña en echarlo a perder, España tendrá un buen futuro en Cuba

 

Esa prolongada y complicada convivencia ha dejado un legado de vínculos entre cubanos y españoles que es más rico, más estrecho y más cariñoso que el que tiene España con cualquier otro país de América Latina. Este legado reclama que Felipe VI haga un viaje de Estado a Cuba. Claro que el rey de España no se debe solo al pasado sino tanto o más al futuro.

¿Y del futuro qué? Si no se empeña en echarlo a perder, España tendrá un buen futuro en Cuba. Hoy ningún otro país tiene allí una presencia como la nuestra. El número de residentes en Cuba con nacionalidad española ha crecido hasta unos 120.000 y aún quedan expedientes de solicitud por resolver. Hay españoles en las 19 provincias de la Isla. En el Consulado General de La Habana se inscriben tantos matrimonios diarios entre españoles y cubanas (dos tercios) y entre españolas y cubanos (un tercio), como en las mayores capitales de España. Desde hace años mantenemos relaciones comerciales y económicas valiosas; también unos intensos lazos con los mejores exponentes de todas las manifestaciones de la cultura cubana. Por regla general los españoles se sienten bien en Cuba, que les recuerda a antepasados suyos que emigraron en la Isla, a la experiencia de viajes de vacaciones, a músicos, cantantes, escritores o bailarines cubanos. Todo eso se  potenciará si en la Isla avanzan los cambios pacíficos y ponderados que está acometiendo el gobierno de Raúl Castro, algo que favorecen las decisiones adoptadas por Obama. No se si el gobierno español ya le ha dado al presidente de EEUU las gracias por ello. Desde luego yo le estoy agradecido.

Recientemente se produjo algo que simbólicamente apunta a lo que debería ser una nueva y mejor etapa de las relaciones entre Cuba y España. Fue la concesión a Leonardo Padura del premio Princesa de Asturias. En el fondo del escenario estaba el escudo de la casa real española y al frente Leonardo vestido con guayabera cubana y en la mano una pelota de baseball algo yanqui y cubano.

Solo falta Felipe VI en La Habana.

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