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Erdogan, durante la cumbre de la OTAN en Bruselas, el 14 de junio de 2021. KENZO TRIBOUILLARD/POOL/AFP/GETTY

¿Dónde quiere estar Turquía?

La política exterior turca ha pasado del ‘cero problemas con los vecinos’ al ‘ningún vecino sin problemas’. Y aunque a la UE y a la OTAN no les interese que Turquía acabe siendo un rival estratégico, aliado de Rusia y de China, todo tiene sus límites.
Josep Piqué
 |  25 de junio de 2021

En la gira europea del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tuvo lugar un encuentro bilateral, en los márgenes de la cumbre de la OTAN, con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que levantó una gran expectación. Venía precedido de crecientes desencuentros entre ambos países y también con el resto de miembros de la Alianza Atlántica.

El motivo principal ha sido la decisión turca, en 2017, de adquirir el sistema antimisiles S-400 a Rusia. Son cuatro sofisticadas baterías que se vienen instalando desde 2019. El pretexto fue la negativa estadounidense de proporcionar a Turquía su sistema Patriot a precios razonables. Pero es evidente que tal decisión compromete seriamente la seguridad de la Alianza Atlántica y ha llevado a la imposición de sanciones a la industria militar turca y a la exclusión de Turquía del programa del nuevo caza F-35.

A ello cabe añadir otros factores irritantes en la relación bilateral y con la Unión Europea, como el apoyo de Estados Unidos a las milicias kurdas que actúan en el norte de Siria y que son consideradas como terroristas por Ankara, las tensiones crecientes con Grecia y Chipre en el Mediterráneo oriental (con reivindicaciones de soberanía sobre algunas islas o la determinación de las aguas territoriales ricas en reservas de hidrocarburos). También el apoyo turco al gobierno libio frente a la ofensiva del mariscal Jalifa Haftar (apoyado por Francia y las principales potencias árabes, excepto Catar) o la negativa estadounidense de extraditar a Fethullah Gülen, antiguo aliado de Erdogan y hoy acusado de propiciar el chusco y fallido golpe de Estado de julio de 2016, que condujo a un nuevo salto en la represión de los opositores y en la deriva autoritaria cada vez más evidente del presidente turco. Esta deriva se plasmó en un cambio constitucional que permite a Erdogan permanecer en el poder hasta 2033, en la senda de su circunstancial aliado, el presidente ruso Vladímir Putin.

De hecho, Biden tardó cuatro meses en ponerse en contacto con Erdogan y fue para anticiparle su decisión de calificar como genocidio la matanza de armenios por parte de los otomanos entre 1915 y 1923. A cambio, le propuso esa reunión durante la cumbre de la OTAN. Más allá de los graves desencuentros, había muchas cosas que discutir.

Turquía es demasiado importante para perderla como aliado, y Ankara no puede enfrentarse a Occidente sin tener que asumir enormes costes. En cualquier caso, Turquía ha decidido tener socios, pero no aliados. Y la relación con ellos depende de las circunstancias, en un arriesgado ejercicio de ambigüedad calculada.

 

«Turquía ha decidido tener socios, pero no aliados, y la relación con ellos depende de las circunstancias, en un arriesgado ejercicio de ambigüedad calculada»

 

No siempre le ha ido bien. En la Primera Guerra Mundial, el Imperio otomano (“el enfermo de Europa”) se alió con las potencias centrales, olvidando sus anteriores alianzas con Reino Unido o Francia. El resultado es conocido: la desaparición del imperio y el advenimiento de la república turca, por parte de Mustafá Kemal (Atatürk, o padre de los turcos).

Atatürk, como ahora Erdogan, llegó a acuerdos con su enemigo tradicional, Rusia, entonces la Rusia bolchevique. Lenin ayudó a Atatürk con armamento para combatir a griegos y británicos y, a cambio, Turquía cedió a Moscú el control del sur del Cáucaso, que pasó a formar parte de la Unión Soviética. Una vez estabilizadas las fronteras de la república, Atatürk implantó la política de “cero problemas con los vecinos” y Turquía se mantuvo neutral durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, en coherencia con la “occidentalización” del país (incluida la vestimenta, el alfabeto o las leyes) y la separación de política y religión, garantizada por las fuerzas armadas, Turquía se convirtió en miembro fundador de la Alianza Atlántica y, con el tiempo, se convirtió en candidata a la integración en la UE. Turquía quería ser europea y occidental, pues Atatürk veía al islam como causante del atraso y la decadencia del imperio. De ahí, vino una contradicción casi insoluble: para garantizar la laicidad, el poder militar era independiente del poder civil. Pero la laicidad y la supeditación de los militares al poder político son condiciones inexcusables para acceder a la UE.

Es cierto que la candidatura ha sido torpedeada por algunos Estados miembros muy significativos y que nunca hubo sinceridad real en las conversaciones. De ahí la frustración turca, pero la reacción ha sido peor si cabe: se ha conseguido subordinar a los militares, pero se ha reintroducido la religión como aspecto crucial de la política interna turca. Además, se ha ido profundizando en el deterioro de la democracia y en el restablecimiento del autoritarismo. Sin olvidar la ocupación militar turca en el norte de Chipre, un Estado miembro.

 

«En Turquía se ha conseguido subordinar a los militares, pero se ha reintroducido la religión como aspecto crucial de la política interna»

 

Con Erdogan, Turquía ha renunciado en la práctica, aunque no formalmente, a ser un país europeo. Esto se ha visto crudamente durante la crisis de los refugiados que huían de la guerra de Siria. Ankara ha retomado su tradicional política exterior en forma de un cada vez más claro “neo-otomanismo”. Ser no solo el puente entre Europa y Asia, sino proyectar su influencia más allá de sus fronteras, hacia la Asia Central turcomana (receptores de importantes ayudas turcas), Oriente Próximo, el norte de África y el Mediterráneo oriental, sin olvidar las relaciones estrechas con los países islámicos de los Balcanes occidentales, como Albania, Kosovo o Bosnia-Herzegovina.

La nueva política exterior es especialmente visible en Oriente Próximo, con intervenciones militares incluidas, en Siria, Irak y Libia. Ello le ha llevado a chocar con Occidente y también con Rusia. Pero como Atatürk y Lenin, también Erdogan y Putin han sido capaces de articular un entendimiento, a pesar de sus intereses contrapuestos (conviene no olvidar el derribo de dos cazas rusos que entraron en el espacio aéreo turco en 2015). Este entendimiento se ha visto en el conflicto de Nagorno Karabaj, el apoyo ruso a Erdogan ante el golpe militar de 2016, los acuerdos sobre gasoductos o la aplicación de la tecnología rusa para construir una planta nuclear en el sur de Turquía. Asimismo, en Siria, a cambio de aceptar al régimen de Bachar el Asad, Rusia no se ha opuesto a la guerra con los kurdos sirios, apoyados por EEUU, aunque dejados a su suerte por Donald Trump. De hecho, Ankara y Moscú se están aprovechando del vacío dejado por el repliegue estadounidense en la región. Para Rusia es más importante que Turquía debilite su vínculo con la OTAN que ceder en determinados ámbitos no estrictamente vitales para sus intereses.

Estamos hablando de dos países con serios problemas internos y que necesitan una política exterior (que usa sin complejos la fuerza militar) que refuerce la permanencia en el poder de sus actuales dirigentes. Y ello implica para ambos su despecho respecto a Europa y sus ambiciones neoimperiales.

Sin embargo, al final, las discrepancias emergen (por ejemplo, con el apoyo turco a Ucrania o a Georgia) y la geografía impone su ley: la eterna disputa por el control del Bósforo, el Cáucaso y el mar Negro es el más claro ejemplo.

Por ello, Erdogan ha querido recomponer su relación con EEUU, a pesar de todo. En este sentido, ha ofrecido el control conjunto del sistema antimisiles en una base turco-estadounidense o, en otro ámbito, y garantizar la seguridad del aeropuerto de Kabul, cuando se consume la retirada de Afganistán por parte de la OTAN, antes del próximo 11 de septiembre, como prometió Biden.

El trasfondo de todo esto es la pugna por recuperar la hegemonía sobre el mundo árabe suní, en confrontación con Egipto y Arabia Saudí. El apoyo, junto con Catar, al islamismo político o el aún más estridente apoyo a la causa palestina (después de años de relación privilegiada con Israel) es un buen ejemplo, aunque contradictorio con el silencio ante la represión de los uigures en Xinjiang. Los chinos son demasiado poderosos…

Al final, querer contentar a todo el mundo al mismo tiempo es tarea imposible. Con esa política, los otomanos perdieron su imperio.

De “cero problemas con los vecinos” hemos pasado a “ningún vecino sin problemas”. Y aunque a la UE y a la OTAN no les interese que Turquía acabe siendo un rival estratégico, aliado de Rusia y de China, todo tiene sus límites.

En esta situación cabe preguntarse dónde quiere estar Turquía en el nuevo escenario. Porque de ello depende en buena medida la estabilidad en el Mediterráneo, el mar Negro, el Cáucaso, el norte de África y en Oriente Próximo. Demasiado en juego si la respuesta no es adecuada.

2 comentarios en “¿Dónde quiere estar Turquía?

  1. Yo creo que el problema de Turquía es que quiere ser admitida en Europa, sin embargo, los países europeos la ven como una nación asiática, que no tiene nada que ver con la cultura europea.
    De esto se está valiendo Erdogan para demostrarles a los turcos que su lugar no está en Europa, sino con el mundo musulmán. Así que ese país se está islamizando. No hay más que ver que, hace unos años, casi ninguna mujer iba tapada por la calle y ahora son mayoría. Incluida la esposa de Erdogan.
    Tampoco le está ayudando mucho la política fuertemente represiva de Erdogan hacia los que ha acusado del intento de golpe de Estado.
    De esa manera, no creo que vaya a entrar en la UE. Incluso, es más probable que, antes que Turquía, entren en esa Organización otros países, como Bosnia-Herzegovina o Albania, también con mayoría musulmana, pero situados en el interior de Europa.

    1. Es cierto. Advierto que el artículo, de gran interés por otra parte, no expone uno de los grandes obstáculos para la admisiónde Turquía en la UE (mucho menos con un partido islamista en el poder), que es sumar a la población de la Unión nada menos que 80 millones de musulmanes.

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