Dos decisiones históricas de la Corte Suprema

DARÍO VALCÁRCEL
 |  2 de julio de 2015

Los días 25 y 26 de junio la Corte Suprema ha adoptado dos históricas, esta vez sí, sentencias en Estados Unidos. El jueves 25 falló a favor de que el gobierno federal proporcione en todo el país subsidios a las clases bajas y medias para que adquieran seguros de salud, sin tener que esperar a que lo hagan los 50 estados. Era el pilar para que saliera adelante el Obamacare, el plan que ha sido la obsesión del presidente desde que llegó a Washington en noviembre de 2008 y que pretende transformar un país que, siendo el más avanzado del mundo, mantenía a muchos ciudadanos sin garantías de atención sanitaria a precios asumibles. La aprobación de la Affordable Care Act fue contundente y redactada en positivo, mientras decisiones anteriores fueron más imprecisas. La decisión se tomó con la oposición de tres miembros del tribunal pero la aprobación de otros seis, lo que garantiza la viabilidad del Obamacare más allá de la presidencia de su impulsor.

Al día siguiente, 26 de junio, la Corte Suprema emitió otro fallo memorable, esta vez por cinco votos a favor y cuatro en contra, para garantizar el derecho de todos los ciudadanos a contraer matrimonio con personas del mismo sexo. La interpretación mayoritaria de los magistrados es que la Constitución respalda ese derecho. Como en el caso anterior, fueron muy importantes para llegar a esta conclusión los argumentos del magistrado Anthony H. Kennedy, a priori conservador pero cuyo voto fluctuante ya ha sorprendido en votaciones anteriores. Kennedy argumentó que la Constitución avala las uniones homosexuales y que el matrimonio es una institución básica para el orden social a la que no deben ponerse trabas: “Ninguna unión es más profunda que el matrimonio, ya que reúne los ideales del amor, la fidelidad, la devoción, el sacrificio y la familia […]. Al formar una unión matrimonial, dos personas se convierten en algo mayor de lo que antes fueron”.

Ambas sentencias tienen relevancia porque llegan en un momento en que la legislatura de Barack Obama se acerca a su año final. Ya hay más expectativas sobre los candidatos Hillary Clinton y Jeb Bush, demócrata y republicano, que sobre el presidente. Es tiempo de pensar en el legado. Pero estas decisiones jurídicas también son relevantes porque vuelven a conectar a Obama con su esencia, la de los sectores progresistas y el activismo, que le llevaron al poder. Por fin se constata en la práctica un lema que había quedado adormecido, el “Yes we can”.

Hay otras dos frustraciones personales de Obama en esa vuelta triunfante a los orígenes: imposible cambiar, por el momento, la mentalidad estadounidense en cuanto a la tenencia de armas, y el racismo. Son batallas que durarán quizá a lo largo de más de una generación. El presidente había perdido la conexión con su electorado de la primera hora con el escándalo de las escuchas de la NSA, un ataque directo a las libertades civiles y al derecho a la privacidad, y con su enemistad reciente con la prensa, a la que ha acosado por su publicación de filtraciones gubernamentales. Cuando Obama llegó al poder, el trío Casa Blanca–prensa–activistas parecía garantizado. Pero Wikileaks y Snowden rompieron el hechizo y llegaron las diferencias sobre el concepto de “libertades”. Las dos sentencias de la semana pasada recomponen esas relaciones.  Dice la comunidad LGTB que “el amor ha ganado”. Obama también.

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