El Nobel de Economía: teorías y política

ISRAEL ARROYO
 |  3 de noviembre de 2015

El Nobel de Economía de 2015 –sí, ya sé– ha sido concedido a Angus Deaton, prestigioso economista de la Universidad de Princeton, y ha sido unánimemente celebrado por la profesión. Deaton no solo es un gran economista que ha ayudado a abrir nuevos horizontes a la profesión y ha desarrollado técnicas novedosas ampliamente utilizadas, sino que, según toda evidencia, es un buen tipo genuino. La academia ha resumido sus méritos en sus contribuciones al análisis del consumo, la pobreza y el bienestar.

Muchos le conocíamos por haber utilizado alguno de sus libros, como The Analysis of Household Surveys, biblia de los economistas del desarrollo, o Economics and Consumer Behavior, uno de los manuales de economía más longevos, ya que pese a haber sido escrito en 1980 sigue apareciendo en los programas de microeconomía aplicada de algunas de las mejores universidades del mundo. Precisamente es junto a su coautor en este último texto, John Muellbauer, que Deaton realizó su aportación más celebrada. Se trata de “An Almost Ideal Demand System”, donde caracterizan un tipo de función matemática que permite aproximar la demanda de bienes de un conjunto de consumidores de una forma que es a la vez muy general y muy sencilla de estimar con datos reales. Esa aproximación permite verificar la teoría del consumidor a partir de datos estadísticos.

Esta mezcla de teoría y aplicaciones empíricas es una de las constantes del trabajo de Deaton. Si el análisis de la teoría del consumidor le enlaza con la más venerable tradición de la ciencia económica, la que va desde Alfred Marshall a Milton Friedman, su cuidadoso trabajo empírico y su desarrollo de herramientas prácticas para el análisis de datos, ejemplificado por The Analysis of Household Surveys, le sitúa en el origen de otra tradición más reciente, la de la microeconomía aplicada. A través de sus aplicaciones en la economía laboral, la economía de la educación o la economía pública, la microeconomía aplicada ha revolucionado la profesión en los últimos años.

La medalla John Bates Clark (JBC), otorgada desde 1947 –primero bianualmente y desde 2010 anualmente– al mejor economista estadounidense menor de 40 años es considerada como el predictor más seguro de las posibilidades de ganar el Nobel: 12 ganadores del Nobel ganaron antes la JBC. Los últimos ganadores de esta han destacado por la aplicación de técnicas microeconométricas e ingeniosas estrategias empíricas que les han permitido estudiar aspectos concretos aunque en ocasiones alejados del campo de aplicación tradicional de la economía. Amy Finkelstein, Matt Gentzkow o Ronald Fryer han estudiado desde los mercados de seguros de salud a la movilidad intergeneracional, pasando por la discriminación racial o la polarización de los medios de comunicación. Junto a esta apertura del campo de la economía, estos autores han traído una gran preocupación por los mecanismos causales de estos fenómenos. Mediante la utilización cuidadosa de datos y técnicas estadísticas han tratado también de responder a preguntas sobre las causas de los fenómenos observados.

Uno de los ámbitos de la economía que más se ha beneficiado del renovado énfasis por la investigación empírica ha sido la economía del desarrollo, donde Deaton ha sido un pionero. La posibilidad de llevar a cabo análisis sobre el terreno, y de investigar el efecto de la ayuda al desarrollo mediante técnicas econométricas –especialmente mediante la realización de experimentos aleatorios– ha llevado a la fama a un grupo de economistas del desarrollo conocidos colectivamente como “randomistas”. Entre ellos, destaca Esther Duflo, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2015, o Abhijit V. Banerjee a la cabeza. Esta metodología no está exenta de detractores y el propio Deaton se ha mostrado muy crítico con estas técnicas, entre otras razones, por su insuficiente atención a los mecanismos teóricos de los fenómenos que estudian. Por tanto, considerar que el premio Nobel respalda en los últimos años a este movimiento resulta voluntarista.

Sin embargo, la experiencia reciente con los Nobel de Economía nos dice que la lectura ideológica del premio es frecuente. La propia academia sueca ha contribuido a ello, tal vez, otorgando el premio de 2008 a Paul Krugman. Este economista había sido, desde su tribuna en el New York Times, el crítico más feroz de la política económica de los gobiernos de George W. Bush. Aunque las contribuciones de Krugman a la economía del comercio internacional 30 años atrás eran de sobra suficientes para hacerle merecedor del Nobel, a nadie se le escapa que concedérselo en el primer año de la crisis iba a ser interpretado en clave política. De hecho, llama la atención que le otorgaran el premio en solitario y no junto a Elhanan Helpman, otro de los grandes teóricos del comercio internacional.

Desde entonces, Krugman se ha convertido, junto a otro premio Nobel como Joseph Stiglitz, en el mayor crítico de las políticas de ajuste en Estados Unidos y en Europa. La autoridad de ambos es invocada sin ambages por políticos de izquierdas de todo el mundo. En un ejemplo notable del efecto halo, el premio otorga respetabilidad a las opiniones de sus ganadores aun en ámbitos muy distintos de aquellos que les hicieron merecedores a él. Como a los del anillo de Tolkien, es difícil resistirse a los poderes del Nobel y al haz de luz que le acompaña, algo que no parece ocurrir en otras especialidades científicas.

Se podría afirmar esquemáticamente que existen dos tipos de ganadores del Nobel de Economía. Por un lado, los que podrían definirse como “economistas para economistas”: autores de trabajos eminentemente técnicos y muy influyentes en la investigación pero oscuros para el gran público –Debreu, Allais, Mirrlees–. Por otro lado, están los premios “polemistas”: más conocidos fuera del ámbito de la economía –Samuelson, Friedman, Hayek– y que gustan de participar en el debate público. Los premiados en los últimos años se podrían clasificar también según estas categorías.

Así, tras Krugman, el premio en 2009 fue para Olivier Williamson por sus trabajos la teoría de la empresa y –muy sorprendentemente– para Elinor Ostrom, la primera y hasta ahora única mujer en ganar el Nobel de Economía, por su estudio de la economía de los bienes comunes. En 2010 ganaron Peter Diamond, Dale Mortensen y Christopher Pissarides, por la creación de los llamados “modelos de búsqueda”, de enorme importancia teórica y con múltiples aplicaciones en distintas ramas, quizá la más importante la del estudio del mercado de trabajo, que no pasó desapercibido en el tercer año consecutivo de crisis mundial, con niveles de desempleo no conocidos en Occidente desde los años treinta del siglo XX. Otro punto mediático para la academia sueca.

Al año siguiente, 2011, una sorpresa: Thomas Sargent y Christopher Sims. Sorprendente no por su categoría –se trata de dos de los más influyentes macroeconomistas vivos– sino porque como parte de la generación de economistas que produjeron la llamada “revolución de las expectativas racionales”, su reputación parecía haberse visto dañada, pues sus modelos fueron utilizados por los bancos centrales (los famosos modelos de equilibrio general dinámico) y fallaron en predecir la crisis. ¿Qué nos quería decir la academia sueca esta vez? El premio, sin embargo, permitía otra lectura: Sargent y especialmente Sims eran grandes econometras; es decir, habían ayudado a desarrollar técnicas que permitían utilizar los datos económicos para verificar y refinar las teorías. Se podía interpretar, por tanto, como un respaldo a la dimensión empírica de la economía.

En 2012 el premio fue para Alvin Roth y Lloyd Shapley, por sus aportaciones a la teoría de juegos y por desarrollar aplicaciones de gran utilidad práctica. Las técnicas creadas por Roth se utilizan, por ejemplo, para asignar los órganos en las listas de transplantes de riñón. Ambos son excelentes economistas pero totalmente desconocidos del gran público. Es decir, economistas para economistas.

El premio de 2013 es interesante. Coinciden dos economistas de gran repercusión en los medios: Gene Fama y Robert Shiller. El primero, creador de la moderna teoría de las finanzas y padre de la Hipótesis del Mercado Eficiente, un gran empirista y, posiblemente, el economista actual que mejor encarna la tradición de la economía de Chicago de Milton Friedman o George Stigler. El segundo, su mayor crítico. Uno de los fundadores de la llamada behavioral finance y que ha dedicado los años más recientes de su carrera a advertir de la presencia de burbujas financieras causadas por la irracionalidad de los mercados –la famosa “exuberancia irracional”–. Fama y Shiller son presencia habitual en los medios de comunicación, y disfrutan polemizando, pero si bien el premio a Fama es poco discutible por sus méritos intelectuales, parece sorprendente premiarle junto alguien que ha dedicado su obra a refutar el núcleo de su tesis (no imaginamos algo así en Medicina). Junto a ellos se premió a Lars Peter Hansen, un desarrollador de técnicas econométricas, y un economista tan técnico y novedoso que la repercusión de algunos de sus trabajos es difícil de asimilar hasta para los expertos (en palabras de John Cochrane). Si el premio Nobel pretendía fijar la agenda de la disciplina estaba confundiendo a mucha gente.

En 2014 el galardonado fue Jean Tirole. El francés ha creado prácticamente en solitario –en realidad, acompañado en muchas ocasiones del ya fallecido Jean-Jacques Laffont– la moderna rama de la Economía Industrial. Tirole es un fabuloso creador de modelos de enorme belleza formal pero enormemente abstractos. Miles de estudiantes de doctorado han utilizado sus libros de texto, de economía industrial o teoría de juegos, pero probablemente no era muy conocido fuera de las aulas ni es famoso por sus posturas polémicas –quizá lo más llamativo son las llamadas a la reforma del disfuncional mercado de trabajo francés–.

Hay dos formas de ver el premio Nobel de Economía: como un intento de la academia por fijar la agenda de la disciplina para los próximos años o como un reconocimiento a los méritos necesariamente antiguos de que quienes la han llevado hasta donde está. Esta segunda opinión parece ser más correcta, pero a la vista de algunos ganadores es difícil asegurar que sea la única. En esa tensión se ha movido el premio Nobel de Economía en los últimos años.

Con Deaton se premia a un economista que ha hecho avanzar la disciplina en algunos de sus frentes más sustantivos y que ha abierto caminos para mucha gente. No se conocen sus opiniones políticas, ni pretende tener grandes soluciones para los grandes problemas económicos del mundo, pero Deaton muestra cómo en el mundo del big data y el aprendizaje automático el futuro de la economía estará en combinar el análisis minucioso los datos y las mejores técnicas estadísticas con la aplicación de la herramienta más poderosa de la economía: su acervo teórico.

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