Protesta contra Netanyahu por los escándalos de corrupción en Tel Aviv, el 16 de febrero de 2018. GETTY

¿Elecciones anticipadas en Israel?

Julio de la Guardia
 |  17 de abril de 2018

Aunque en ocasiones pueda parecer que Benjamin Netanyahu tiene más vidas políticas que un gato, la eventual confluencia de las cuatro líneas de investigación sobre supuestos casos de corrupción abiertas contra él podría conducirle a su séptima y última. En una clara huida hacia delante, mientras la Justicia pende cual espada de Damocles sobre su cabeza, Bibi y sus asesores parecen estar barajando la idea de provocar una crisis de gobierno y convocar elecciones anticipadas en Israel. De esta forma, podría congelar temporalmente los procedimientos que lleva a cabo la Fiscalía General del Estado y cumplir su sueño de convertirse en el primer ministro más longevo de la democracia israelí, que cumple su 70 aniversario.

Hace dos semanas quedó patente su gran oportunismo político. En apenas seis horas revocó el acuerdo al que había llegado con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para buscar una salida digna a los casi 40.000 inmigrantes sin papeles –la mayoría procedentes de Eritrea y de Sudán– que se han ido acumulando en los centros de internamiento ubicados en el Neguev y asentando en algunos suburbios de Tel Aviv. En el momento en que Netanyahu sintió cómo dos de sus compañeros de coalición, Naftali Bennet (Hogar Judío) y Avigdor Lieberman (Israel Beitenu), aprovechaban la coyuntura para arremeter contra él y, sobre todo, cómo sus índices de popularidad bajaban en los sondeos de opinión, no dudó en cancelar el trato con el ACNUR. Tras volver a calificarlos de forma despreciativa como Mistanenim (“infiltrados”, en hebreo) ahora busca otra fórmula para deportarlos.

Superada esta crisis de los inmigrantes –que no ha quedado resuelta, sino simplemente encapsulada y pospuesta en el tiempo–, el primer ministro ha provocado otra al presentar un nuevo proyecto de ley que pretende cercenar los poderes de la Corte Suprema. Reivindicación tradicional de los partidos de derechas, que piensan que el alto tribunal tiene más prerrogativas que las que debería (entre ellas la de vetar medidas tomadas por el gobierno, como la expulsión forzosa de los inmigrantes, o incluso leyes aprobadas por la Knesset), Netanyahu se enfrentaría así a los de izquierdas, que ven en ella a la principal garante de la separación de poderes y última guardiana de la democracia en Israel.

Entre estos últimos se encuentra el liberal Kulanu, cuyo secretario general y ministro de Hacienda, Moshe Kahlon, amenazó con abandonar el ejecutivo si el proyecto de ley salía adelante, obligando a Bibi a retractarse. Una vez más parecía que el primer ministro llevaba a cabo un nuevo test de estrés de la coalición para medir sus fuerzas frente a los que ahora son sus aliados en la gestión del país, pero que en breve volverán a ser sus rivales en las urnas. Todo apunta a que Netanyahu está tanteando no solo las reacciones de sus socios, sino también de la opinión pública, antes de adelantar los comicios.

Al igual que ocurriera en su momento con Silvio Berlusconi, las alegaciones de presunta corrupción que se acumulan en su contra y el victimismo practicado por Netanyahu –que lo sigue negando todo y achacándolo a una “caza de brujas” y a una “conspiración de los medios de comunicación” contra él y su familia– le está proporcionando réditos electorales. Las últimas encuestas presentan una tendencia alcista, que es la que podría aprovechar para disolver la Knesset antes del verano y convocar elecciones a la vuelta. Y si durante las vacaciones estivales se ve obligado a poner en marcha alguna operación militar en Gaza o incluso a intervenir en Siria, este sería un factor que con toda probabilidad jugaría más a su favor que en su contra.

 

Un gigante con pies de barro

A pesar de este control de la situación y fortaleza aparentes, Netanyahu no deja de ser un gigante con pies de barro que tiene los días de su calendario político contados y lo que quiere hacer es prorrogarlos. Desde que el pasado mes de febrero el Comisionado Principal de la Policía, Roni Alsheij, presentara sus conclusiones a la Fiscalía General recomendando la imputación, las declaraciones de los testigos protegidos y las evidencias adicionales que han ido emergiendo a partir de las investigaciones abiertas, van todas en contra del primer ministro.

Se calcula que el Fiscal General del Estado, Avijai Mendelblit, necesita un par de meses más para tomar una decisión formal sobre si opta por la imputación o no. Pero para cuando lo quiera hacer, lo mismo se encuentra con la Knesset disuelta y la campaña electoral en marcha, lo que dilataría todos los procedimientos judiciales. Entre tanto, podría recabar pruebas adicionales en cualquiera de las cuatro investigaciones abiertas que implican a Netanyahu en supuestos casos de soborno, fraude y cohecho.

En la primera, conocida como caso 1.000, Netanyahu aparece como sospechoso de aceptar valiosos regalos –cigarros puros para él, y joyas y champagne para su mujer– por parte de acaudalados amigos suyos, sin declararlos a la Hacienda Pública. Entre ellos, del productor cinematográfico israelí, Arnón Milján –que saltó a la fama la película Pretty Woman–, quien le habría proporcionado obsequios por valor de más de un millón de shequels (unos 230.000 euros). A cambio, Netanyahu le habría ayudado a renovar por diez años su visado de residencia en Estados Unidos.

También se sospecha que estuvo recibiendo favores y obsequios por parte de terceros foráneos, que recibieron sus correspondientes contrapartidas. Entre ellos, el multimillonario australiano James Packer, quien además habría supuestamente prestado su avión privado, invitado a conciertos y financiado el alojamiento en hoteles de lujo para su hijo mayor, Yair. A cambio, Netanyahu le habría ayudado a obtener la residencia permanente en Israel, en donde Packer tiene lucrativos negocios.

La segunda investigación, conocida como caso 2.000, le achaca haber negociado un acuerdo simbiótico con Arnón Mozes, empresario y editor del Yediot Ajaronot –hasta hace pocos años el diario hebreo de mayor tirada, cuando se vio superado por el periódico gratuito Israel Hayom– en vísperas de las últimas elecciones de marzo de 2015. Mozes habría supuestamente propuesto a Netanyahu que tanto el periódico como su popular versión digital Ynet pasaran a realizar una cobertura favorable de su persona, a cambio de ciertos beneficios para su periódico. Entre estos, la aprobación parlamentaria de una nueva ley de medios de comunicación que obligue al Israel Hayom (conocido como Bibiton, fusión del apodo Bibi, y la palabra Iton, periódico en hebreo) a cobrar un precio mínimo por ejemplar, e incluso a cerrar su edición de fin de semana.

En el caso 3.000 se escruta su presunta prevaricación en la compra de tres submarinos nucleares para la Armada israelí, dado que Netanyahu obligó al entonces ministro de Defensa, Moshe Yaalón, a saltarse la normativa de licitación pública en contra de su criterio y a proporcionar una adjudicación directa al grupo Thyssen-Krupp. En el consejo de administración de este conglomerado alemán se sentaba su primo y abogado personal, David Shimrom, quien se habría embolsado una suculenta comisión.

 

La cuadratura del círculo

El cuarto y, quizá el más consistente de todos desde el punto de vista judicial, es el llamado caso 4.000, por el que la brigada antifraude de la policía, conocida como Lahav 433, cree que varios ejecutivos de la multinacional de las comunicaciones e Internet Bezeq recibieron información privilegiada del ministerio de Comunicaciones (dirigido directamente por el propio Netanyahu hasta mayo del año pasado, cuando cedió la cartera a su correligionario del Likud, Ayub Kara) a cambio de dar al mandatario un trato de favor en los medios de comunicación social participados por el conglomerado, tales como el portal de noticias digital Walla.com.

Según los cientos de documentos y correos electrónicos que la policía tiene en su poder, Netanyahu aprovechó su cargo para conceder suculentos dividendos económicos y asegurar su posición dominante en el sector a la compañía que dirige su amigo personal, Shaul Elovitch, a cambio de una cobertura mediática favorable para él y para su mujer, Sara. Un asunto sobre el que quien fuera uno de sus hombres de confianza, el ex director general del Ministerio, Shlomo Filber, ha aceptado declarar en su contra a cambio de evitar la cárcel. Y es que, a diferencia de lo que sucede en casos anteriores como el caso 3.000 –en el que Netanyahu puede alegar no haber estado al tanto de la intermediación de sus colaboradores en la adjudicación de los submarinos alemanes–, muchos documentos investigados ahora por la policía llevan su firma como titular de Comunicaciones.

Pues una cosa es disfrutar del lujo y la riqueza como hacen hedonistamente los Netanyahu –lo que a pesar de que contradiga la austeridad de los padres de la patria, se corresponde con el espíritu de los tiempos– y otra manipular descaradamente los medios de comunicación para perpetuarse indefinidamente en el poder. Además, el hecho de que haya intentado manipular también a los jueces –ofreciendo a través de un testaferro el puesto de Fiscal General a la magistrada Hilá Gerstl a cambio de que cerrara todas las investigaciones en contra de su mujer, Sara, quien nunca encarnó el axioma sobre la mujer del César y la honestidad– ha traspasado las líneas rojas de la democracia.

Así, estas celebraciones del 70 aniversario de la fundación del Estado hebreo deberían suponer el comienzo de la cuenta atrás para el dirigente al que incluso si terminara siendo imputado, juzgado, condenado y encarcelado como ya le ocurrió a su predecesor, Ehud Olmert, muchos ciudadanos seguirán aclamando como Bibi, Melej Israel (Rey de Israel).

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