La ciudadanía estadounidense es ciclotímica, y lo ha demostrado una vez más en las midterms, en las que el presidente ha perdido el control del Senado y de la Cámara de Representantes. Es muy positivo, y ha despertado ilusiones no solo allí, sino en el resto del mundo. Pero los europeos no han de engañarse, como se engañaron con la victoria de Biden en 2020. Después de Trump, quedará mucho del trumpismo, que no solo defenderán los aspirantes republicanos, sino que los demócratas también harán suyo. No habrá vuelta atrás.
El mundo ha cambiado. Estamos en un momento gramsciano, no tanto porque el viejo mundo haya muerto y el nuevo aparezca solo lentamente, sino porque en ese “claroscuro” es cuando aparecen “fenómenos mórbidos de lo más variado”. No solo por Trump, que es tanto síntoma como causa. Después de lo de ayer, en Estados Unidos, no llega un retorno al pasado, sino un nuevo mañana, de contornos inciertos.
Y quizás esos aspectos del ayer que pueden mantenerse no sean los que más nos satisfacen a los europeos. Charles Kupchan, un analista próximo a los demócratas (fue director de Asuntos Europeos en el Consejo de Seguridad Nacional durante la primera Administración Clinton), apunta en Foreign Affairs que, gane quien gane para sustituir a Trump dentro de dos años, el principio de “America First” se mantendrá, aunque las modalidades variarán. ¿Un “America First” mejor? Es un vaticinio, o en este caso una propuesta certera. Dice Kupchan que “Trump tiene razón al reconocer que la estrategia estadounidense necesita una profunda revisión. La mayoría de sus instintos son sólidos y están alineados con los cambios fundamentales en el sistema internacional y en la opinión pública estadounidense”. El mundo ha cambiado. Eso es lo que ha demostrado Trump. Y ahora se necesitan nuevos procesos, nuevas estructuras, empezando por las relaciones entre Estados Unidos, China y, en parte, Rusia. Y Europa, si logra no solo una voz, sino una acción común.
America First es una idea, un principio, que Trump vendió –nunca hay que olvidar por qué después del popular Obama llegó Trump– prometiendo menos actividad militar en el extranjero (que no ha cumplido), el “regreso” de fábricas y empleos manufactureros (lo que no ha ocurrido) y el control de las cadenas de suministro de materias estratégicas, poniendo fin al globalismo e intentando rectificar la globalización. Son objetivos a los que los demócratas renunciaron en la era Obama (y antes con Clinton) en aras de un globalismo que ha pinchado, aunque la globalización perdure bajo nuevas formas. Con un enfoque más liberal y menos arancelario, el neoproteccionismo previsiblemente permanecerá. Y America First ha tenido una traducción en Europa, que no es Europe First, sino la “prioridad nacional”, es decir, una suma de prioridades nacionales, a menudo contradictorias.
Fue Trump quien inició una dura política en este sentido frente a China, que Biden mantuvo. Probablemente, si Trump no lo estropea con acciones militares estúpidas, los demócratas abogarán por un trumpismo algo más liberal, aunque no excesivamente, en todos los ámbitos. Incluso en las inversiones públicas en las grandes tecnológicas, algo en lo que Bernie Sanders parecía coincidir con el presidente. Parte de lo que allí llaman “socialismo”. ¿Es ese el camino para reducir la profunda fractura social estadounidense, sin superar la cual la acción exterior de Estados Unidos (y de cualquier país) cojeará?
Trump ha socavado los lazos de todo tipo con diversos aliados de Estados Unidos en el mundo, empezando por la OTAN, cuya credibilidad, pese a las ampliaciones a Finlandia y Suecia, ha quedado en entredicho. ¿Otra estupidez, no? En los dos años que le quedan de mandato, probablemente intente alcanzar una paz con Rusia en Ucrania, aunque vaya en contra de lo que piensan algunos aliados, a su vez divididos entre sí. Veremos, como veremos qué ocurre con Irán. Y con Cuba. Pese a sus guerras, él sigue obsesionado con el Premio Nobel de la Paz.
Además, aunque no hayan conseguido sus propósitos políticos y la victoria demócrata en las midterms augure un impulso a una mayor regulación, las big techs, las grandes empresas tecnológicas, siguen allí. Tienen dimensiones nunca alcanzadas antes, influyen con su financiación en las campañas electorales (aunque esta vez el dinero no lo ha sido casi todo), pero siguen dependiendo de los contratos públicos, es decir, del Estado, muy especialmente del Pentágono. ¿Cambiará? En esto, no mucho.
Bajo la batuta de Trump, y con diversas fuentes de financiación, se ha montado una internacional neorreaccionaria cuyo impacto veremos en las próximas elecciones en algunos grandes países europeos –España, Polonia, Francia o Italia– y americanos. Aunque una lección de las midterms es que las políticas represivas contra la inmigración se pueden volver contra quienes las impulsan. Los resortes institucionales y democráticos han funcionado, como también lo han hecho en Hungría, Serbia, Brasil y ahora en Estados Unidos, lo que resulta esperanzador.
Los europeos harían mal en bajar la guardia. Y aún peor en quedarse a la espera de lo que ocurra en Estados Unidos durante los próximos dos años (Trump siempre sorprende) o al término de ese periodo. Ya lo hicieron con Biden y perdieron cuatro años en su avance hacia una cierta –nada más– autonomía estratégica. Pues el problema de los europeos no ha sido Trump, sino ellos mismos.

Una propuesta de reforma financiera internacional
