Representantes de la Unión Europea y de América Latina y el Caribe durante la cumbre UE-CELAC celebrada en Santa Marta (Colombia), el 9 de noviembre de 2025. Foto: Unión Europea.

Europa y América Latina: el valor de tener opciones

En un mundo cada vez más organizado en torno a grandes potencias, Europa y América Latina corren el mismo riesgo: dejar de decidir por sí mismas. Una relación política más sólida entre ambas no es una cuestión de afinidad, sino de autonomía.
Javi López
 |  21 de octubre de 2026

En un mundo cada vez más organizado en torno a grandes potencias, Europa y América Latina corren el mismo riesgo: dejar de decidir por sí mismas. Una relación política más sólida entre ambas no es una cuestión de afinidad, sino de autonomía.

La política europea hacia América Latina arrastra un problema de diagnóstico. Se ha concebido como cooperación al desarrollo, agenda comercial o gestión de afinidades históricas, y rara vez como lo que hoy debería ser: una cuestión de poder. En un sistema internacional que se ordena alrededor de Washington y Pekín, las dos regiones comparten, desde posiciones muy distintas, la misma amenaza: dejar de actuar por sí mismas para convertirse en escenario de la competencia entre potencias.

Esa amenaza tiene tres formas. La subordinación, cuando aranceles, dependencias tecnológicas y sanciones secundarias convierten la interdependencia en palanca de coerción. La división, cuando cada gobierno negocia por su cuenta con la potencia de turno. Y la irrelevancia, cuando las reglas del comercio, la tecnología, las finanzas o el clima se escriben sin su participación. La respuesta pasa por ampliar opciones, sin bloques ni alianzas contra nadie. Y ahí cada región puede ofrecer a la otra algo que ninguna gran potencia está dispuesta a dar: una alternativa que no exige alineamiento a cambio.

La cumbre de Santa Marta, en noviembre de 2025, mostró lo lejos que estamos de eso. De los sesenta jefes de Estado y de Gobierno convocados, solo acudieron nueve; la presidenta de la Comisión, el canciller alemán y el presidente francés se excusaron en plena escalada de Washington en el Caribe. La relación euro-latinoamericana es densa en lo económico, pero le falta arquitectura política.

 

Solo con viento a favor

La paradoja de la relación euro-latinoamericana es la distancia entre su solidez económica y su fragilidad política. La UE es el primer inversor en la región, con un stock de inversión directa superior a 810.000 millones de euros, comparable a lo que acumula en China, Canadá, Japón y Singapur juntos. El comercio de bienes superó en 2024 los 290.000 millones. Y Bruselas ha tejido una red de acuerdos que no tiene equivalente en ninguna otra región del Sur: México, cuyo Acuerdo Global modernizado se firmó en mayo; Chile; Centroamérica; Colombia, Perú y Ecuador; y Mercosur, que se aplica provisionalmente desde el 1 de mayo tras veinticinco años de negociación y con el dictamen del Tribunal de Justicia todavía pendiente.

En el plano político, el balance es otro. Tras la cumbre de Bruselas de 2015, la siguiente se aplazó y acabó cancelada por los desacuerdos sobre Venezuela. Pasaron ocho años hasta el reencuentro de 2023. Durante ese tiempo la Comisión siguió negociando con países y subregiones; lo que se interrumpió fue la conversación política de conjunto.

La fragilidad tiene causas estructurales. La primera es la asimetría: frente a un servicio diplomático europeo y una Comisión con competencia exclusiva en comercio, la CELAC es un mecanismo intergubernamental sin secretaría permanente, con presidencia rotatoria y consenso entre 33 Estados de orientaciones muy distintas. Cualquier asunto divisivo, de Venezuela a Ucrania, amenaza con bloquearlo todo; Brasil llegó a suspender su participación entre 2020 y 2023.

La segunda es la dependencia de las cumbres. El mecanismo de coordinación acordado en 2023 es un avance, pero deliberadamente ligero: sin presupuesto ni iniciativa propia.

La tercera es la exposición al contexto. Bastó la tensión entre Washington y el país anfitrión para vaciar Santa Marta de líderes. Una relación cuya continuidad depende de que el clima geopolítico acompañe no es todavía una relación estratégica. Es una relación que solo funciona con viento a favor.

Los acuerdos fijan reglas, aunque pueden tardar décadas en cerrarse; las cumbres dan impulso político, pero sus efectos suelen diluirse. Falta lo que queda en medio: un espacio estable donde hablar de política cuando no hay cumbre, preparar la siguiente y vigilar el cumplimiento de la anterior.

 

Entre Washington y Pekín

América Latina vive la competencia entre Estados Unidos y China con mayor intensidad que Europa. Para buena parte de Sudamérica, China es ya el primer socio comercial y una fuente decisiva de financiación e infraestructuras. Para México, Centroamérica y el Caribe, Estados Unidos sigue siendo el mercado, la frontera y el origen de las remesas. Y Washington ha vuelto a tratar el hemisferio como un espacio de seguridad propio: aranceles como instrumento de presión política, deportaciones como palanca diplomática, despliegues militares en el Caribe. La doctrina es antigua; el tono, renovado.

La respuesta latinoamericana no ha sido elegir bando, sino diversificar. Gobiernos de signo muy distinto practican, con más o menos coherencia, lo que en la región se ha llamado no alineamiento activo: comerciar con todos, no subordinarse a ninguno, preservar margen de decisión. Es una estrategia racional para regiones intermedias, pero tiene un límite evidente: solo funciona si existen alternativas reales. Sin una tercera opción creíble, la diversificación degenera en oscilación entre dependencias.

Ahí reside la oportunidad para Europa, pero también su principal debilidad. La Unión tiene lo que la región necesita para que el no alineamiento sea algo más que retórica: inversión de largo plazo, mercado, tecnología, reglas. Lo que no siempre ha tenido es credibilidad. El acuerdo con Mercosur tardó un cuarto de siglo y llegó a su aplicación rodeado de resistencias agrícolas, instrumentalización por intereses electorales y recursos judiciales en Europa. La Unión ha pedido a América Latina firmeza sobre Ucrania mientras se mostraba mucho más contenida ante otras violaciones del derecho internacional, y en la región ese doble rasero se ha anotado. Y durante años ha tratado al continente como un capítulo secundario de su acción exterior, que se abre en cada cumbre y se cierra al terminar.

La paradoja es que el contexto que hoy hace más necesaria a Europa es el mismo que la obliga a cambiar. Una Unión que ha descubierto su propia vulnerabilidad ante la coerción, venga de Moscú, de Pekín o de Washington, debería entender mejor que nadie la posición latinoamericana. La autonomía estratégica que Europa reclama para sí es, en lo esencial, lo que América Latina lleva décadas intentando construir con menos instrumentos. Reconocerlo cambia los términos de la relación: de la condicionalidad a la convergencia entre dos regiones que no quieren ser satélites de nadie.

 

Intereses, no afinidades

Ninguna arquitectura política se sostiene sin intereses materiales que la respalden. Europa necesita diversificar: lo aprendió con el gas ruso, lo comprueba ahora con las materias primas críticas, cuyo refinado se concentra en China y con una relación comercial con Washington sometida a aranceles y amenazas. América Latina concentra buena parte de las reservas mundiales de litio y cobre, una de las matrices eléctricas más renovables del planeta y un potencial considerable de hidrógeno verde.

Ahí empieza el riesgo de repetir un error antiguo. Si la relación se reduce a que América Latina suministre lo que necesita la transición europea, corre el riesgo de reproducir, bajo una apariencia verde, el viejo modelo extractivista. Y tampoco funcionará, porque la región tiene hoy muchos compradores. Lo que necesita es capturar valor dentro de sus fronteras: refinar el litio, fabricar componentes, crear empleo cualificado. Lo que Europa puede ofrecer, y otros ofrecen menos, es precisamente eso: inversión de largo plazo, estándares exigentes, acceso a mercado y transferencia de conocimiento en el marco de acuerdos con reglas. La prueba de Global Gateway no estará en la cifra anunciada, sino en cuánta capacidad industrial deje en la región. Y proyectos así exigen una continuidad de diez o quince años que ningún ciclo de cumbres garantiza.

La lógica de fondo es la reducción de riesgos en las dos direcciones. Europa no debe cambiar su dependencia de China por otra de América Latina, ni América Latina las suyas de Washington o Pekín por una de Bruselas. China ya es el primer socio comercial de Sudamérica y Estados Unidos sigue siendo decisivo para México y Centroamérica. Europa no puede reemplazar a ninguno. Puede aspirar a algo más útil: ofrecer una alternativa que evite una elección exclusivamente entre Washington y Pekín.

Lo mismo vale para el multilateralismo. Para las grandes potencias, las reglas son prescindibles cuando estorban; para las potencias medias y las regiones fragmentadas, son la única forma de pesar más de lo que su poder bruto permite. Defenderlas no es solo idealismo, es también cálculo. Juntas, la UE y la CELAC suman sesenta de los 193 miembros de Naciones Unidas, una masa crítica casi nunca movilizada: en la reforma de la arquitectura financiera abierta en Sevilla, en la financiación climática que Belém puso en el centro o en la regulación digital. Nada de eso es automático. Buena parte de América Latina no comparte la lectura europea de Ucrania, y Europa no siempre ha sido coherente en la defensa del derecho internacional en otros escenarios. Por eso hace falta una conversación política continua, que gestione las discrepancias antes de que bloqueen las coincidencias.

 

Madrid, entre dos cumbres

La próxima Cumbre Iberoamericana ofrece una oportunidad concreta. La cumbre iberoamericana del 4 y 5 de noviembre en Madrid cae exactamente entre Santa Marta y la próxima cumbre UE-CELAC, prevista en Bruselas en 2027. Es una de las principales citas de diálogo entre ambas orillas del Atlántico en ese intervalo, y el único organizado por un Estado miembro de la Unión.

El sistema iberoamericano no es América Latina y el Caribe, porque deja fuera a buena parte del Caribe anglófono, ni es Europa. No puede sustituir a la relación birregional. Pero tiene lo que a esta le falta: continuidad. Una secretaría permanente, un calendario que no depende de la coyuntura y una práctica de diálogo entre gobiernos de signo opuesto que ha sobrevivido a casi todos los cambios de ciclo. Su dimensión europea, además, es mayor de lo que suele creerse: siete Estados miembros, de Alemania a Francia o Italia, participan ya como observadores. La Unión como tal, en cambio, solo está presente a través de programas de cooperación técnica.

La cita de Madrid puede contribuir a corregir esa carencia. La cumbre puede funcionar como puente entre las dos citas birregionales: un espacio donde revisar lo acordado en Santa Marta, preparar el terreno de 2027 y dar a la Unión una presencia política, y no solo programática, en el foro. Esa conexión tiene una condición. El valor del espacio iberoamericano reside en su baja politización; si Europa intentara trasladar allí las disputas que no ha resuelto en la CELAC, debilitaría lo que lo hace útil.

Para España, la ocasión es también una oportunidad. La idea del puente entre Europa y América Latina lleva cuatro décadas en el discurso diplomático español, una aspiración que necesita traducirse en una acción institucional sostenida. En el último ciclo el Gobierno ha usado bien su posición: la cumbre UE-CELAC de 2023 bajo presidencia española, la conferencia de financiación del desarrollo en Sevilla, la presencia del presidente en Santa Marta cuando otros líderes europeos se ausentaron. El puente que hoy hace falta es otro: europeizar la relación, para que deje de depender del impulso de Madrid y Lisboa y sea una prioridad compartida por Berlín, París o Roma, y hacerlo de modo que la iniciativa se perciba como latinoamericana. La vara de medir será sencilla: que la relación funcione igual de bien cuando España no esté en el centro.

 

Capacidad de elección

En el orden internacional que emerge, disponer de alternativas importa tanto como defender principios. En él, el poder de las regiones intermedias se mide menos por lo que pueden imponer que por lo que pueden rechazar sin pagar un precio insoportable. Europa y América Latina llegan a ese mundo con más recursos de los que suelen reconocerse y con menos coordinación de la que necesitarían. Una relación más estructurada no borrará sus diferencias ni las convertirá en un bloque. Puede, en cambio, multiplicar alternativas y aumentar el peso de ambas. Para eso no bastan cumbres que se celebran cuando el clima lo permite. Hace falta una arquitectura que sostenga la relación cuando nadie mira. Buena parte ya existe. Lo que está en juego en Madrid no es una cuestión de afinidad, sino de capacidad de elección.

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