Aerogeneradores al amanecer en Escherndorf, Baviera, Alemania, el 23 de septiembre de 2026. GETTY

Europa aún necesita moléculas

Ni siquiera una electrificación eficaz eliminará la necesidad de las moléculas que hoy proporcionan los combustibles fósiles. Europa deberá diversificar sus suministros de petróleo y gas y preservar su capacidad de refino mientras avanza en la descarbonización y desarrolla una industria del hidrógeno a gran escala.
Ana Palacio
 |  1 de octubre de 2026

Von der Leyen tenía razón en una cosa: Europa no puede seguir siendo una “potencia industrial” mientras se enfrente a precios energéticos “estructuralmente demasiado elevados”. Mientras la Unión Europea siga dependiendo de combustibles importados, esto supondrá una limitación crónica, como quedó patente cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala de Ucrania y Europa se vio obligada a diversificar rápidamente sus fuentes de suministro. La situación ha vuelto a ponerse de manifiesto desde que Estados Unidos e Israel iniciaron su guerra contra Irán. Europa ha gastado 90.000 millones de euros (102.000 millones de dólares) adicionales en importaciones de combustibles fósiles desde que comenzó la guerra, lamentó von der Leyen, sin que ello haya aportado “ni una sola molécula de energía”.

Para von der Leyen, solo hay una solución: la electrificación. La UE se ha fijado el objetivo de duplicar la cuota de electricidad en el consumo energético europeo para 2040. Se trata de un objetivo loable, dada la necesidad de Europa de disponer de más electricidad –limpia, abundante y a un precio competitivo– y de redes capaces de suministrarla. Como también señaló la presidenta de la Comisión, la UE instaló más de 80 gigavatios de capacidad renovable el año pasado, pero había aproximadamente seis veces esa cantidad a la espera de conectarse a la red. Se trata de un problema de infraestructura a escala estratégica.

Pero ni siquiera la estrategia de electrificación más eficaz proporcionará a Europa las moléculas que le faltan. Sectores críticos –aviación, transporte marítimo, industria química, fertilizantes, procesos industriales a alta temperatura, transporte pesado y defensa– no pueden funcionar solo con electrones. Nos guste o no, Europa seguirá consumiendo petróleo y gas en un futuro previsible.

Por lo tanto, cualquier estrategia energética europea debe combinar un firme compromiso con la descarbonización con un plan para gestionar de forma segura la dependencia continuada del petróleo y el gas. Esto debe incluir la capacidad de refino.

En Europa, las refinerías suelen considerarse reliquias de la era de los hidrocarburos. Se trata de una visión peligrosamente simplista. Forman parte de un ecosistema industrial que abarca almacenamiento, puertos, oleoductos, logística, suministros de emergencia, combustibles para la aviación y el transporte marítimo, materias primas petroquímicas, trabajadores cualificados y conocimientos tecnológicos. Puede que Europa consuma cada vez menos petróleo y gas, pero mientras siga haciéndolo, externalizar su capacidad de refino no hace más que aumentar la dependencia y la vulnerabilidad. La UE ha aprendido por las malas que optimizar el precio en tiempos normales –adquiriendo cantidades cada vez mayores de gas ruso– puede tener un alto coste en tiempos de crisis.

Con el tiempo, Europa dejará atrás los combustibles fósiles. Pero no dejará de necesitar moléculas. Ahí es donde entra en juego el hidrógeno, que no recibió ni una sola mención en el discurso de von der Leyen. El hidrógeno es víctima de un ciclo ya conocido: una tecnología emergente se presenta como la solución a casi todo, el progreso resulta más lento y costoso de lo previsto y el entusiasmo se va apagando. Pero el hidrógeno no es ni una panacea ni un fracaso.

El hidrógeno verde, producido mediante electrólisis con energía renovable, puede sustituir a los combustibles fósiles en una amplia gama de aplicaciones, desde el transporte hasta la industria pesada y la calefacción doméstica. Pero no siempre es la mejor opción; en algunas situaciones, la electrificación directa funciona mejor. Por lo tanto, el hidrógeno debería aplicarse únicamente en ámbitos en los que la electrificación directa resulte difícil, como la producción de acero, fertilizantes y productos químicos, determinados procesos a alta temperatura, el transporte marítimo y, potencialmente, la aviación.

El reto consiste en pasar de concebir el hidrógeno como una aspiración a convertirlo en una industria a gran escala. Para ello se requiere electricidad limpia y asequible, electrolizadores u otras vías de producción con bajas emisiones de carbono, capacidad de almacenamiento, infraestructura de transporte, sistemas de certificación y, fundamentalmente, una demanda suficiente que justifique la inversión. Cumplir estas condiciones llevará tiempo. Europa no puede conjurar una economía del hidrógeno por simple proclamación, del mismo modo que no puede legislar sobre la física de una red eléctrica; tiene que realizar el arduo trabajo de construirla.

Así, Europa se enfrenta a un doble reto: descarbonizarse –de modo que el hidrógeno limpio y sus derivados aporten una parte cada vez mayor de las moléculas que actualmente proceden de los combustibles fósiles– y, al mismo tiempo, garantizar la seguridad del suministro energético durante el proceso. Para lograrlo, será necesario que los líderes europeos empiecen a abordar la seguridad energética, la asequibilidad y la descarbonización como una única estrategia, en lugar de como tres agendas contrapuestas.

La política energética abarca ahora no solo la política climática, sino también la política industrial –pues la energía determina si las fábricas siguen siendo competitivas– y la política social –porque la estabilidad exige que los hogares puedan hacer frente a sus facturas de calefacción–. También se solapa con la política de seguridad –rutas, refinerías, redes eléctricas, instalaciones de almacenamiento y puertos pueden convertirse en instrumentos de coacción o en objetivos de ataque– y con la política tecnológica –ya que la inteligencia artificial, los centros de datos y la fabricación avanzada requieren enormes cantidades de energía fiable–. También tiene implicaciones para la política exterior: las dependencias energéticas limitan el margen de maniobra de un actor.

La independencia energética no es realista. Lo que Europa necesita es gestionar la interdependencia, diversificando los proveedores, preservando las capacidades esenciales, desarrollando las ventajas internas y evitando las dependencias que puedan utilizarse como arma. No se trata ni de aferrarse al sistema energético del pasado ni de fingir que el del futuro ya existe. Europa debe, en cambio, construir el sistema energético del futuro –uno que incluya tanto electrones como moléculas– al tiempo que mantiene las capacidades estratégicas necesarias para salvaguardar su autonomía estratégica.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *