El líder de Fianna Fail, Michéal Martin, saluda a los medios tras ser elegido primer ministro de Irlanda, el 27 de junio en Dublín. GETTY

Gobierno en Irlanda: un inesperado más de lo mismo

Cuatro meses después de las elecciones generales, la situación ha cambiado por completo. El éxito de la izquierda ha dado paso a un gobierno de centro-derecha, con los ecologistas como socio menor.
MICHAEL COLEMAN
 |  29 de junio de 2020

Las elecciones generales irlandesas, celebradas el ocho de febrero, dejaron un resultado histórico. Las campañas de Fianna Fáil (FF, centro) y Fine Gael (FG, centro-derecha) pincharon; en su lugar, una ola insurgente se apoderó de la opinión pública y permitió a Sinn Féin (SF, izquierda) surfear el enfado con la pobreza, los servicios sanitarios, y en especial la inaccesibilidad de la vivienda, otorgándole su mejor resultado y primera victoria en voto popular. Que este vuelco les cogió incluso a ellos por sorpresa queda reflejado en el hecho de que no presentaron suficientes candidatos como para capitalizar su porcentaje del voto (un 24,5%). No obstante, el sistema de voto irlandés, unido a la campaña de apoyo a otras fuerzas de izquierda, se tradujeron en buenos resultados para otros pequeños partidos izquierdistas. Un FG contrito anunció que pasaría a la oposición y la posibilidad de que la izquierda encabezase un gobierno –aunque con apoyo de FF– por primera vez en la historia de Irlanda parecía a punto de hacerse realidad.

Cuatro meses después, la situación ha cambiado por completo. El 26 de junio se anunció un programa de gobierno negociado entre FG, FF y el Partido Verde durante los últimos dos meses. El éxito de la izquierda ha dado paso a un gobierno de centro-derecha, con los ecologistas como socio menor. El líder de FF, Michéal Martin, tomará posesión como Taoiseach (primer ministro) como parte de un acuerdo en el que Leo Varadkar (Taoiseach desde junio de 2017) retornará a este puesto en 2022. Es momento de considerar cómo se produjo este resultado y qué futuro ofrece.

El Covid-19 empezó a impactar en marzo. Ante la ausencia de un ejecutivo nuevo, el anterior continuó gobernando. Era necesario tomar decisiones importantes y FG, pese a carecer de un mandato claro, era el único partido en posición de ejecutarlas. Junto al principal oficial médico de Irlanda, Tony Holohan, Varadkar y el ministro de Sanidad Simon Harris –desgastado durante la campaña electoral– se convirtieron en el rostro de la (relativamente exitosa) respuesta irlandesa al coronavirus.

Así, los demás partidos pasaron a encontrarse en un aprieto. Las comparecencias diarias terminaron funcionando como publicidad para FG. Este efecto ‘rally around the flag’ vino acrecentado por el contraste entre Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos. Que las dos principales referencias del país hubiesen fracasado en sus respuestas al coronavirus ayudó a reforzar las cualidades que FG no había sido capaz de lucir durante la campaña electoral: competencia y liderazgo. Salvo escaramuzas en torno a algún detalle, también existía un consenso político respecto a las medidas a adoptar. Así, y aunque no fuese un motivo de disputa entre partidos, la crisis produjo ganancias masivas para uno de ellos.

El gobierno en funciones, sin embargo, no podía continuar indefinidamente. Era necesario tomar decisiones importantes, en especial concernientes al impacto económico de la pandemia a largo plazo. Llegados a este punto, FG decidió que finalmente sí quería seguir en el gobierno. Abriendo las negociaciones con FF, su única línea roja era que SF quedase excluido a toda costa. FF, aunque de manera algo más controvertida entre sus propios miembros y representantes, había llegado a una conclusión similar. Pero esta “gran coalición” (FF obtuvo el 22,2% del voto; FG, el 20,9%) no alcanzaba para una mayoría de gobierno, así que necesitaba apoyo de algún partido progresista. El Partido Verde, impulsado por su mejor resultado hasta la fecha gracias a la transferencia de votos desde la izquierda, se unió a las negociaciones en mayo. A mediados de junio, los tres partidos habían acordado un borrador del programa de gobierno. El acuerdo, no obstante, tenía que ser ratificado por la militancia de cada partido.

 

La militancia, a favor

Pese a que ganó más escaños en las elecciones, la correlación de fuerzas en esta coalición se ha decantado contra de FF. Las encuestas recientes ponen a FG  en cabeza y dan a Varadkar un apoyo público del 75%. FF, mientras tanto, ha caído hasta un pésimo 13%. La perspectiva de una repetición electoral resultaba poco atractiva a sus militantes, que votaron abrumadoramente a favor del acuerdo. La militancia de FG, sin grandes sorpresas, hizo lo mismo.

La pregunta era cómo votarían los miembros del Partido Verde, en vista de que necesitaban dos tercios de los votos a favor de entrar en un gobierno de coalición. El establishment del partido –incluyendo a la dirigencia y la mayoría de los cargos electos–, más conservador, apoyó el acuerdo. Comprometidos con políticas verdes pero no necesariamente con la redistribución económica, a esta facción se le acusa desde la izquierda de ser “FG con bicicletas”. Pero fueron los miembros más jóvenes y radicales del partido quienes más contribuyeron a la exitosa campaña electoral. Para ellos la coalición con FG o FF es anatema: les asustaban convertirse en un “guardabarros verde” para las políticas de austeridad. No obstante, existía la sensación de que el liderazgo, así como los medios de comunicación que apoyaban la coalición, estaban logrando abrumar a los verdes más jóvenes con el argumento de que no pueden pretender ser serios respecto al cambio climático si rechazan la oportunidad de entrar en el gobierno. Cuando los resultados del voto fueron anunciados, el apoyo a la coalición pasó el umbral de dos tercios.

El programa de gobierno no se presta a una lectura demasiado prometedora desde la izquierda. Los verdes obtuvieron una serie de concesiones, como erradicar las emisiones de carbono en 2050 y una prohibición de importar petróleo de fracturación hidráulica, pero el grado de compromiso por parte de un gobierno de centro-derecha comprometido con la ortodoxia neoliberal es cuestionable. FG ha insistido en la necesidad de mantener la “responsabilidad fiscal” incluso cuando se requerirán grandes niveles de inversión pública para evitar una catástrofe social tras el Covid-19. Reniegan de “endeudamientos irresponsables” aunque los tipos de interés reales se mantienen en negativo gracias a la acción del Banco Central Europeo. En consecuencia, las propuesta de inversión del programa de gobierno en áreas clave, como vivienda y salud, son o bien vagas o una repetición de promesas que ya se han hecho pero no se cumplieron.

En la izquierda irlandesa tal vez cunda el desaliento ante la idea de que una elección sin precedentes produzca, como de costumbre, un ejecutivo de centro-derecha. No obstante, se trata de una percepción equivocada. La líder de SF, Mary-Lou McDonald, se convertirá en líder de la oposición. Por primera vez existirá en la política irlandesa una división clara entre izquierda y derecha. El SF estará bien posicionado para las siguientes elecciones, cuando la fatiga con la permanencia de FG (que gobierna desde 2011) se convierta en un factor de peso. La orientación del gobierno sugiere que hará poco por cambiar los problemas estructurales que causaron el resultado electoral de febrero en primer lugar. El apoyo de SF ha seguido creciendo tras la elección, si bien no de manera tan dramática como el de FG. Al mismo tiempo, se avecinan turbulencias económicas y parece plausible que, en algún momento de la legislatura, uno de los socios de coalición decida romperla.

Los líderes de FG han demostrado una enorme competencia recabando apoyo en cuestiones en las que existen consensos transversales. No obstante, como ocurrió con su gestión del Brexit, no son capaces de traducir estos éxitos en apoyo electoral. Cuando la discusión gire en torno a cuestiones sobre las que no hay un consenso establecido –como el precio de la vivienda o el tipo de políticas económicas necesarias para la reconstrucción poscrisis– saltarán problemas en la actual coalición y nuevas oportunidades para la izquierda.

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