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Una abeja se acerca a las flores de un sauce en febrero de 2021 en Hesse, Otzberg-Hering (Alemania). ARNE DEDERT. GETTY

Insectos, insecticidas e ‘insecticidios’

La tasa de extinción de los insectos, pilar fundamental del ecosistema terrestre, es ocho veces superior a la de mamíferos, aves y reptiles. La agricultura industrial, sumada a la urbanización, la contaminación y el cambio climático, están acabando con ellos.
Luis Esteban G. Manrique
 |  13 de septiembre de 2021

La entomofauna planetaria es la base de tantos procesos ecosistémicos –como alimento de otras especies, polinizadores, recicladores de nutrientes…– que la vida no sería posible sin ella. Los insectos son, de lejos, los animales más diversos y abundantes de la naturaleza: la biomasa de sus 5,5 millones de especies multiplica por 17 la de los seres humanos. Al menos por ahora, pero quizá no por mucho tiempo más.

Según un estudio de 2019 del Biological Conservation Journal, su tasa de extinción es ocho veces superior a la de los mamíferos, aves y reptiles: un 2,5% anual en los últimos 30 años, un ritmo que podría borrarlos de la faz de la Tierra en un siglo. En una década habrá un 25% menos de insectos y en 50 años solo la mitad. Desde la revolución industrial, entre un 5% y un 10% de sus especies se han extinguido. El 40% de ellas está desapareciendo a tasas insostenibles para su subsistencia. Un 30% está ya al borde la extinción, entre ellas las polillas, las abejas y las mariposas.

La causa del declive no es un secreto para nadie: el Antropoceno. El uso intensivo de pesticidas, insecticidas y fertilizantes por la agricultura industrial degrada sus hábitats, alterando toda la cadena trófica de la que dependen los insectos. A ello se suman la urbanización, la contaminación y el cambio climático, un cóctel tóxico que podría cubrir al mundo de “excrementos, porquería y animales muertos”, según los autores del estudio, los entomólogos Francisco Sánchez-Bayo, de la Universidad de Sídney, y Kris Wyckhuys, de la China Academy of Sciences.

Ambos revisaron los 73 informes más importantes de los últimos 20 años sobre la reducción de biomasa de la entomofauna, que cumple una labor biológica fundamental al degradar el material orgánico devorando animales muertos con mayor eficiencia que los demás carroñeros. Moscas y escarabajos se alimentan de heces y de organismos en descomposición, una labor que fertiliza los suelos y descompone materia vegetal y animal en sustancias que nutren el suelo.

 

«La ‘revolución verde’ aumentó la productividad agrícola con el uso intensivo de fertilizantes, insecticidas, herbicidas y fungicidas para que la tierra produjera más rápido y sin plagas»

 

Todos esos sofisticados procesos biológicos se vieron bruscamente alterados por la “revolución verde” de la segunda mitad del siglo XX, que aumentó la productividad agrícola con el uso intensivo de fertilizantes, insecticidas, herbicidas y fungicidas para que la tierra produjera más rápido y sin plagas.

El agotamiento de los suelos, a su vez, conduce a una utilización aún más agresiva de químicos “omnicidas”, un neologismo del latín omnis (todo) y caedere (matar). Cuanto mayor es su uso, menos ecosistemas, nutrientes y espacios quedan para la flora y la fauna. La atrazina y muchos neonicotinoides afectan al sistema nervioso central de los animales. Y no son los únicos en peligro. Según una investigación del Parlamento Europeo, el imidacloprid daña los órganos reproductivos y altera el sistema endocrino, el corazón, los riñones y el cerebro humanos.

Dado que sus compuestos químicos están diseñados para eliminar seres vivos, no son selectivos: si eliminan a un insecto, lo probable es que eliminen también a insectos beneficiosos. Solo el 2% de sus especies son perjudiciales para el ser humano.

Sánchez-Bayo añade que la agroindustria elimina los árboles y arbustos que rodean los campos de cultivo, dejando llanuras desnudas que requieren aún más fertilizantes y pesticidas. Insecticidas introducidos en el mercado en los últimos 20 años como los neonicotinoides y el fipronil permanecen largo tiempo en el medioambiente, esterilizando los suelos y matando las larvas que incuban bajo tierra. Un estudio de Nature asoció directamente a los neonicotinoides con el descenso de todo tipo de pájaros y aves en Holanda.

 

La sexta extinción

Las especies más afectadas serán las más dependientes de los insectos como fuente alimenticia: aves, reptiles, anfibios y peces. Para el 60% de los pájaros, los insectos son su principal comida. Batracios, lagartos y la mitad de los peces comen larvas. Los erizos, osos hormigueros y murciélagos difícilmente podrían sobrevivir sin ellos.

Todos los indicios relacionan el declive de las especies ornitológicas en Europa y América del Norte con el colapso de la entomofauna. En Brasil, Indonesia y varios países africanos, la tala masiva para ampliar la frontera agrícola es la principal causa del “insecticidio”, que afecta a múltiples redes ecológicas. En Alemania, el 75% de las pérdidas de insectos se han producido en reservas naturales. Un reciente viaje por Australia le dio a Sánchez-Bayo una prueba empírica de sus estudios. Hace unos años, el parabrisas de su automóvil se ensuciaba tanto por los insectos que se estrellaban contra él que tenía que limpiarlo constantemente. La última vez no necesitó hacerlo en 700 kilómetros.

En España, entre el campo vallisoletano y el invernadero almeriense, los faros y lunas quedaban impregnados de insectos. Hoy, la cantidad es tan pequeña que con frecuencia no hay que usar ni el agua del limpiaparabrisas.

 

«En Puerto Rico, en los últimos 35 años han desaparecido el 80% de los insectos de tierra»

 

El colapso de las poblaciones de hormigas, mariposas, gusanos y abejas se ha documentado con especial precisión en Reino Unido, Alemania y Puerto Rico, pero todo indica que el fenómeno es global. En la isla caribeña, en los últimos 35 años han desaparecido el 80% de los insectos de tierra, lo que revela lo que puede estar sucediendo en las demás zonas tropicales, donde viven la mayoría de los insectos.

En las islas británicas es ya casi imposible ver mariposas en estado silvestre. Desde 1976, su población ha caído un 50%. En los Pirineos, nueve de las 37 especies de abejorros ya han desaparecido. En términos humanos, sería el apocalipsis. Reino Unido tiene los peores registros de extinción, aunque la razón más probable es que ha realizado estudios más exhaustivos. En Estados Unidos, las colmenas de abejas de miel (Apis mellifera) se han reducido a la mitad desde 1947.

Buena parte de los 350.000 tipos de escarabajos están desapareciendo, pero se sabe poco de otros muchos tipos de moscas, grillos o pulgones. Nada permite pensar que su situación sea muy distinta. Según la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad de la Unión Europea, un 46% de las especies de abejorros en Europa están amenazadas. La falta de humedad provoca la muerte de las larvas de especies que incuban sus huevos bajo tierra.

David Wagner, profesor de la Universidad de Connecticut y autor de uno de los 12 estudios publicados por la National Academy of Sciences de EEUU al respecto, advierte que los insectos son especialmente sensibles a las sequías. Las libélulas, por ejemplo, pueden disecarse hasta la muerte en menos de una hora en condiciones de baja humedad. En los casos en los que no se han producido caídas significativas –e incluso aumentos de población–, como en el de moscas de agua y de otras especies que viven en pantanos y humedales, se ha debido a normativas medioambientales que han permitido limpiar ríos, arroyos y lagos.

 

Servicios ‘ecosistémicos’

La crisis, además, es tanto ecológica como económica. Servicios “ecosistémicos” como la polinización, que en la mayoría de plantas realizan las abejas, tienen un valor estimado de 57.000 millones de dólares en EEUU. A escala global, el IPBES, el panel de biodiversidad de la ONU, calcula que el valor anual de los cultivos que requieren de polinización natural oscila entre 235.000 y 577.000 millones de dólares.

Unas 17.000 especies de abejas polinizan a casi todas las plantas con flores. Mariposas, escarabajos y algunos colibríes y murciélagos también lo hacen, pero las abejas son responsables del 90%-95% de la polinización silvestre por su peculiar morfología, que les sirve para recolectar néctar y llevarlo a sus panales.

Una colmena de Bombus terrestris, el abejorro común, cuesta unos 30 euros en internet por su utilidad en el cultivo de hortalizas. En los invernaderos que no cuentan con ellos, se hace a mano con un pincel, lo que encarece los costes.

Roel van Klink, biólogo del iDiv, el centro de investigación de la biodiversidad de la Universidad de Leipzig, cree que la formidable capacidad para reproducirse de los insectos permitiría recuperar en poco tiempo sus poblaciones si se restauran sus hábitats. Los cultivos orgánicos suelen tener más insectos.

En 2013, ante la desaparición de las abejas, la UE comenzó a limitar el uso de la clotianidina, el imidacloprid y el tiametoxams, insecticidas utilizados en 140 tipos de cultivos. En 2018, Bruselas prohibió su uso al aire libre.

La legislación europea es estricta y se cumple. El problema es que cuanto más dinero hay en juego, más invierte el lobby agroindustrial en financiar estudios negacionistas. Theo Oberhuber, coordinador de proyectos de Ecologistas en Acción, incide en la necesidad de no fumigar en periodos de floración y limitar al máximo el uso de pesticidas. Mucho depende, dice, en que los propios agricultores se convenzan de que, en el fondo, son prisioneros de productos nocivos.

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