“Después de muchos años, al final todo lo que sé sobre la moral lo aprendí en el deporte, jugando al fútbol en el equipo de la Universidad de Argel”. Albert Camus, en una entrevista a France Football (1957)
El Mundial de 2026 llevará miles de millones a las arcas de la FIFA, un organismo con más miembros que la ONU y con un poder –político y económico– que eclipsa al del propio Comité Olímpico Internacional.
Las finales de 2022 y 2026 las vieron 1.400 millones de personas, según la FIFA. Y es solo el principio. Con India y China como próximas fronteras a conquistar para convertir al torneo en un verdadero coliseo global, la diplomacia deportiva va a tener nuevas cartas que jugar en el terreno del soft power.
La UE tiene varios ases en la manga, entre ellos la exportación del admirado modelo de formación de jugadores de sus grandes potencias futbolísticas. Entre los 48 equipos que jugaron este año, 99 de sus jugadores nacieron en Francia y 54 de ellos en el área metropolitana de París, la región más prolífica del mundo en el desarrollo de talento futbolístico.
Un puñado de clubes y academias europeas sustentan el mejor fútbol que se juega actualmente. Futbolistas formados en la cantera del Manchester City jugaron en 10 selecciones diferentes. La academia del Arsenal formó jugadores de ocho selecciones ; la del Paris Saint-Germain a siete y la del Bayern de Múnich a cinco.
La del Ajax de Ámsterdam contó con más exalumnos que cualquier otra: 17, repartidos en cinco selecciones. De la del Barcelona salieron, entre otros, Lamine Yamal. Dani Olmo y Pau Cubarsí.
En un solo mes, Estados Unidos, Canadá y México, los tres países anfitriones, albergaron eventos equivalentes a 104 Super Bowls de la NFL con un impacto económico global de 80.000 millones de dólares.
Su mayor inversión fue en imagen y prestigio, no en negocios. En 1994, cuando el torneo llegó a Estados Unidos por última vez, la FIFA prometió a las ciudades que acogerían el campeonato, entre ellas Chicago, beneficios de 4.000 millones. Entre todas perdieron 9.300 millones. En 2019, el entonces alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, no mordió el anzuelo de la FIFA, que quiso que en el Soldier Field se jugaran varios partidos del torneo. No le salían las cuentas.
Para negociar con Donald Trump, la FIFA le aseguró que la Copa aportaría 17.200 millones de dólares a la economía. De hecho, entre el 11 de junio y el 19 de julio, los ingresos de hoteles, restaurantes y bares tuvieron sus dos mejores meses en muchos años. El Wall Street Journal, sin embargo, citó a un experto en economía deportiva, Victor Matheson. “La Copa nos hizo felices, pero no hay pruebas de que nos haya hecho más ricos”, les dijo.
Cuarenta partidos adicionales en 2026 en los gigantescos estadios de los Dallas Cowboys, los New York Giants y otros equipos de la NFL significaron muchas más entradas a la venta: 6,7 millones, frente a las 3,2 millones de Qatar 2022.
Valores intangibles
Pero el verdadero valor de albergar el Mundial es intangible. En una época en la que la exhibición de patriotismo no es muy políticamente correcta, en el torneo se lucen sin complejos banderas, himnos y escudos nacionales. Durante los partidos en Estados Unidos, hubo tantos fans luciendo la camiseta de las barras y las estrellas que las gradas parecían banderas flameando.
Aunque el departamento de Estado suspendió los visados de turismo a 39 países, entre ellos Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal, que participaron en el Mundial, los visitantes elogiaron casi unánimemente la hospitalidad de los tres anfitriones, una forma de poder blando que Washington parecía haber perdido con Trump.
Boston, Miami, Los Angeles y las demás ciudades mundialistas demostraron ser mejores diplomáticos que el gobierno federal. En su cuenta de Instagram, Gianni Infantino, se dirigió a quienes “detrás de sus plumas y pantallas difundían odio y rumores falsos”, la FIFA estaba en primera línea organizando y ofreciendo el mejor espectáculo del mundo . Al menos lo fue en números.
La ampliación de 32 a 48 equipos amplió la audiencia como nunca antes, convirtiendo los estadios en tribunas para todo tipo de reivindicaciones políticas, incluida la de la figura de Patrice Lumumba por un aficionado congoleño que hizo de estatua humana del líder anticolonialista durante los partidos de la RDC.
Al ser una nación global, cada país tiene su propia diáspora en Estados Unidos: bosnios en Saint Louis, marroquíes en Queens, haitianos en Miami, franceses en Chicago. Cuando la selección de Argelia llegó a Kansas, la banda de música de la universidad local la recibió tocando su himno nacional.
En México, las camisetas verdes enfundaron hasta las imágenes de la catedral capitalina. En Seúl, el entrenador surcoreano necesitó protección policial por regresar a casa sin haber logrado superar la fase de grupos.
¿Un deporte inclusivo?
Desde 1930, cuando acogió a los 13 equipos que pudieron llegar a Montevideo, la Copa ha sobrevivido a dictadores y juntas militares que buscaron rentabilizar a su favor la fascinación que ejerce. El fútbol es popular porque, entre otras cosas, es el deporte más fácil de jugar: solo necesita una pelota y unos palos –o piedras– para las porterías. Se puede jugar en cualquier sitio, desde playas al asfalto.
A diferencia de la natación o el atletismo, donde se pueden identificar futuras estrellas a los cuatro años por su contextura física, el fútbol lo pueden jugar desde colosos físicos como Erling Haaland o Jude Belingham al a su lado, casi diminuto Leo Messi. Debido a su carácter igualitario, en los años ochenta Jack Kemp, congresista por Nueva York y ex quarterback de varios equipos de la NFL, dijo que mientras el football representaba el capitalismo democrático, el soccer era un deporte antiamericano de socialistas europeos.
De hecho, surgió en las fábricas y campamentos mineros decimonónicos ingleses y escoceses. Obreros que fabricaban municiones fundaron en 1893 en Holloway el Arsenal FC, que ganó la última Premier League.
Sportswashing
Mucho antes de que Rusia y Qatar demostraran que no hacía falta ganar la Copa para marcar un gol propagandístico, cada país anfitrión ha intentado aprovecharla para proyectar una imagen de éxito y modernidad.
En su momento, el Mundial puso a Uruguay en el mapa y reintegró al mundo a la Alemania occidental de la posguerra. La Champions League es la vitrina del máximo nivel del juego, pero es el Mundial el que despierta las pasiones y concede un sitio privilegiado en la Fifa’s Legends Gallery de Zúrich.
En Madrid, la multitud que recibió a la selección española campeona multiplicó varias veces a la que convocó León XIV unas semanas antes: 1,8 millones de los 3,5 millones de madrileños asistieron a la celebración, muchas de ellas tras esperar durante horas bajo un sol de justicia. Valía la pena.
Según The Athletic , “la roja” encarna virtudes –trabajo duro y en equipo– poco habituales en la era de las superestrellas. Desde 1930, los jugadores siempre terminan rescatando el torneo. Cuando comienza a rodar la pelota, todo se olvida.
Terapias de grupo
A su modo, los mundiales ofrecen perspectivas inusuales sobre las aspiraciones y pulsiones de los países que lo juegan, brindando imágenes –visuales y narrativas– que perduran durante generaciones. No es gratuito.
Benedict Anderson definía a las naciones como “comunidades imaginadas”, es decir, construcciones más o menos ficticias pero que permiten crear identidades y comunidades políticas. Durante 90 minutos, una selección de fútbol las encarna mediante cánticos compartidos y celebraciones sincronizadas.
En un Mundial, no solo se ven partidos; se comparten emociones en ceremonias y ritos que hacen más intensas las experiencias personales y colectivas. En los partidos se forjan los mitos y las leyendas que se transmiten como los cantares de gesta medievales, las reliquias sagradas y los lugares de peregrinación.
La fe en los héroes de la cancha no asegura la salvación, pero ofrece intensas emociones de pertenencia a una comunidad, con la ventaja de que cada cuatro años, cada nuevo Mundial ofrece otra oportunidad de ascender al olimpo de los campeones. En The psycology of sports fans (2025), Aaron C. T. Smith sostiene que la capacidad de creer –en algo o en alguien– ha sido siempre imprescindible para la supervivencia humana, que depende de la cooperación grupal.
La lealtad a un equipo crea lazos emocionales que sobreviven a adversidades que destruirían apegos puramente racionales. Cada gol activa una tormenta de dopamina en el organismo y los circuitos cerebrales. Una derrota aplastante, en contraste, puede generar depresión por su brusco descenso.
La lógica del estadio
Pese a la imprevisible y misteriosa lógica del estadio, el poder político sabe que el fútbol le concede el dominio sobre las emociones. En 1934, Mussolini, al que le encantaba que le fotografiaran montando a caballo con el torso desnudo, convirtió el torneo en un espectáculo fascista.
El campeonato proyectaba la imagen de una Italia joven y vigorosa. En 1932, la delegación italiana a los juegos olímpicos de Los Ángeles desfiló en la cerem,inia de inauguración con camisas negras y cantando la Giovinezza, el himno del partido fascista. Su ejemplo pervivió.
En 1978, la junta militar argentina, uno de cuyos lemas era que los argentinos eran “derechos y humanos”, usó la Copa como cortina de humo de sus crímenes. En 2018, mientras se jugaban los partidos en los estadios rusos, su ejército sostenía al régimen sirio de Bachar el Asad y a las repúblicas secesionistas del Donbás.
El poder y la gloria
El presidente de la FIFA que creó la Copa, Jules Rimet, era un católico devoto al que marcó la encíclica De rerum novarum (1891) del León XIII sobre el mundo del capital y el trabajo. Rimet estaba convencido de que el deporte era un arma clave en el esfuerzo que demandaba el Vaticano.
Desde Suiza quiso convertir a la FIFA en una especie de Liga de Naciones del fútbol. Pero sus ideales se estrellaron pronto con la realidad. Tras la derrota de Argentina en la final de 1930 en Montevideo, El Gráfico, la célebre revista deportiva de Buenos Aires, sentenció que la Copa había sido un vehículo para muestras “de incultura y violencia, como si de 22 jugadores dependiera el honor de una nación”.
En The power and the glory (2025) Jonathan Wilson describe cómo la FIFA pasó de las manos de idealistas y visionarios como Rimet, a las del brasileño João Havelange (1974-1998), su séptimo presidente e hijo de un traficante de armas en cuya gestión el organismo se convirtió en una poderosa corporación transnacional.
Durante su mandato, la FIFA asumió que su verdadero producto no era el fútbol sino la comercialización de su atención global: derechos televisivos, patrocinios exclusivos, licencias comerciales. La Copa se convirtió en el más lucrativo de los espectáculos deportivos al exigir –y lograr– que los candidatos a ser la sede eximan de impuestos locales a sus eventos.
El mandato de Sepp Blatter terminó de mala manera tras las detenciones de su cúpula directiva en 2015 en el hotel Baur au Lac de Zúrich, acusados por la fiscal general Loretta Lynch del departamento de Justicia de recibir sobornos a cambio de designar a Qatar la sede de 2022. El Fifagate reveló una red de tráfico de influencias que Infantino prometió desmontar.
Su estrategia consistió en acercarse a la Cas Blanca. En 2018, asistió a la firma de los acuerdos de Abraham en Washington. En febrero, estuvo en la inauguración del Consejo de la Paz de Trump, que le ha recibido más veces que a ningún presidente.
Según el New York Post, quiere que sea el próximo secretario general de la ONU.
Si se excluyen los aportes de los anfitriones, la organización de Qatar 2022 le costó a la FIFA 1.708 millones de dólares, frente a los 1.824 millones de Rusia 2018. La factura del de este verano fue de 3.756 millones. Alemania 2006 aportó 1.554 millones a sus arcas. En Qatar 2022 fueron 5.769 millones. A fines de diciembre de 2025, acumulaba 5.684 millones en activos financieros.
En tres de cada cuatro años, registra pérdidas que compensa con creces en el cuarto. El programa FIFA Forward da a cada una de sus 211 federaciones derechos, obligaciones y sobre todo fondos que explican el enorme poder de sus presidentes. A los gobiernos y a las multinacionales les encanta asociar su nombre al suyo. Y es que los jugadores siempre encuentran la manera de redimir el torneo.
Diplomacia deportiva
En la antigua Grecia, durante los Juegos Olímpicos, regía una tregua que cesaba las hostilidades en la Hélade. La pasada primavera, los diplomáticos de las misiones ante la ONU, organizaron en el jardín de la sede de Nueva York un torneo en el que compitieron equipos de África, Asia, Europa y América Latina.
Ricklef Beutin, embajador de Alemania, dijo que el deporte no resolvía guerras, pero “abría mentes”. En los años setenta, la llamada diplomacia del ping-pong propició el deshielo entre Washington y Pekín y creó la atmósfera necesaria para la cumbre entre Mao y Nixon en 1972. En el MetLife de Nueva Jersey, Trump, Claudia Sheinbaum y Marc Carney conversaron sobre si seguirían siendo ‘tres amigos’.
Por su propia naturaleza, los torneos internacionales son escenarios políticos. Después de que varios países europeos amenazaran con boicotear la Copa de Qatar, la FIFA vetó a Rusia por su invasión de Ucrania. Israel, en cambio, tiene intactos todos sus derechos en el COI y la FIFA. A fin de cuentas, el acto de definir qué se considera político es un acto político en sí mismo.
La conquista europea de América
El partido de Estados Unidos contra Paraguay fue la transmisión de fútbol más vista de la historia del país, con 27,5 millones de espectadores. El país no se clasificó para ningún Mundial entre 1954 y 1990. La Unión Soviética, en cambio, se unió a la FIFA en 1952 y ganó la medalla de oro olímpica en 1956.
EEUU regresó a la Copa en 1990 y la organizó en 1994 a cambio de crear una liga profesional: la Major League Soccer (MLS), que comenzó en 1996. La Liga MX fue la más vista del país hasta que la Premier League la superó en 2023. Es explicable.
Desde Alemania 2006, a excepción de Croacia y Argentina, todos los equipos que terminaron en los tres primeros lugares provinieron de países europeos occidentales. Cuando Brasil conquistó su quinto título en 2002, los equipos suramericanos habían ganado más de la mitad de las 17 Copas celebradas.
Pero desde 2002 cuatro de los cinco campeones han sido europeos. El núcleo del universo futbolístico está ahora en el Mediterráneo. En 2014 Alemania fue el primer país europeo en ganar un mundial en las Américas. España ha sido el segundo. De los 23 campeonatos disputados, 13 los han ganado países europeos y 10 Argentina y Brasil, más los de Uruguay en 1930 y 1950.
El fútbol es el único ámbito en el que el dominio europeo sigue siendo abrumador, como en la era de sus grandes imperios coloniales. Es fácil de explicar. Sus países comenzaron por popularizar el fútbol para socializar a niños y adolescentes y educarlos físicamente y en valores deportivos desde los seis años.
Ganar mundiales fue la consecuencia natural. En la nativa Noruega de Erling Haaland, los beneficios del monopolio estatal de las apuestas se destinan a instalaciones deportivas de acceso gratuito.
En 2017, el neerlandés medio vivía a 1,6 kilómetros de un campo de fútbol. La Federación Alemana es la asociación deportiva más grande del mundo, con más de 7,7 millones de miembros. Casi todos los suburbios parisinos –las banlieues– tienen complejos deportivos que se usan todo el tiempo. El fútbol es un know-how muy apreciado. Y exportable.
Dramas latinoamericanos
En América Latina, donde el fútbol ofrece una de sus escasas válvulas de escape sociales, los mundiales provocan tormentas emocionales tan potentes como sus huracanes y terremotos. Argentina no sale de su asombro por la ola de críticas al comportamiento de la selección en su último partido.
En cuatro años el país austral pasó de héroe a villano. Javier Milei y gurús libertarios como Agustín Laje acusan al aparato globalista woke de instigar la campaña antiargentina. No son los únicos que tienen resaca mundialista. La eliminación por Noruega activó en Brasil, donde el 27% es ya evangélico, una polémica sobre si la conversión de Neymar y otros 14 de sus compañeros al protestantismo había hecho perder a la canarinha su antiguo jogo bonito. Los pastores evangélicos consideran anatema al candombe, la umbanda y otras religiones afrobrasileñas.
En Buenos Aires, la afirmación de Samuel L. Jackson de que Argentina es el país más racista del mundo caló hondo. En una columna en La Nación que tituló “¿Por qué nos odian?”, Orlando D’Adamo le contestó que nadie se pregunta por qué no hay chinos en la selección, añadiendo que en el virreinato del Río de la Plata no hubo grandes plantaciones de esclavos como en Cuba o la Nueva Granada.
El problema es que en el Mundial, para muchos espectadores árabes, africanos y países vecinos, la blanquiceleste representaba a un gobierno alineado con Israel y Estados Unidos. Las virtudes que los argentinos celebran en sus jugadores –la garra y la astucia– desde fuera se ven como muestras de un carácter tramposo. En Londres, el Sun tituló el día después de la final: Football: 1, Criminals: 0.
En la final de 2022, hinchas y hasta algunos jugadores argentinos entonaron cánticos con lemas racistas contra futbolistas franceses, una imagen difícil de desmontar en la era de los reels interminables en las redes.
Argentina jugó para ganar partidos, no amigos. Pero esta vez la agresividad se volvió en su contra. Desde su Mundial de 1998, la selección francesa funciona como un espejo de su diversidad. Ese año los campeones eran en su mayoría hijos de la emigración: Zidane de argelinos, Henry de madre de Guadalupe y padre de Martinica, Trezeguet, de argentinos o Desailly, nacido en Ghana.
La ministra de Ultramar, Naïma Moutchou, dijo que las insidias sobre la supuesta no nacionalidad francesa de los bleus no era simples deslices. “Con cada victoria reaparecen las mismas obsesiones e insultos racistas. Es un odio metódico y banalizado hacia Francia y hacia lo que es”, dijo.
Los discursos del odio no son exclusivos del fútbol. Los algoritmos han descubierto que la ira genera likes y premian al que grita. Según el principio de la navaja de Ockham, las explicaciones más simples suelen ser las correctas. En Lima, El Comercio recuerda a los argentinos que cuando la ficción se disfraza de evidencia, el partido que se pierde es el de la realidad.
