La doctrina Macron

Dídac Gutiérrez-Peris
 |  8 de mayo de 2017

A diferencia de Estados Unidos, Francia tiene un periodo de passation muy rápido. El domingo que viene, 14 de mayo, expira el mandato de François Hollande. Es la fecha límite para fijar el día de investidura de Emmanuel Macron, un día particularmente protocolario: visita al Elysée, donde mentor y promesa se darán la mano en las escalinatas y visita al memorial del Soldat Inconnu, al pie del Arco de Triunfo. Ese mismo día, Macron nombrará a su primer ministro (o ministra) y disolverá la Asamblea, la cual tuvo su última sesión el 22 de febrero. En algún momento del encuentro privado que celebrarán el presidente saliente y el entrante aparecerá un alto rango del Estado Mayor, probablemente Pierre de Villiers, quien se encargará de oficializar uno de los secretos mejor guardados de la república, la transmisión de los códigos nucleares. Ningún momento mejor que ese para escenificar el pistoletazo de salida a la “doctrina Macron”.

 

¿El retorno de la retórica?

La elección de Macron y la investidura hace apenas cuatro meses de Donald Trump dan una idea de la pareja de baile que influirá la política internacional durante los próximos cinco años. Mientras que Barack Obama encontró generalmente en Nicolas Sarkozy y Hollande a dos aliados incuestionables, es probable que la relación Macron-Trump se parezca más a la relación que mantuvieron George W. Bush y Jacques Chirac. Un periodo marcado por la guerra de Irak y el papel de “oposición” mundial que encarnó la república, con una utilización mucho más clara de la palabra como soft power. No es de extrañar que Dominique de Villepin, el máximo exponente de esa labia francesa, aquél que no pudo frenar la invasión estadounidense pero logró que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aplaudiera su discurso el 14 de febrero de 2003 –algo totalmente insólito–, sea uno de sus más fervientes respaldos. La grandeur, antes que nada, es un concepto que se comunica, se simboliza y se representa con una liturgia republicana. De ahí que Macron haya insistido en hacer la diferencia entre “patriotas y nacionalistas”. De ahí que haya insistido que Francia debe ser una potencia de “equilibrio y diálogo”.

En ese sentido, Macron ha reconectado mucho más que sus dos antecesores con la idea universal de Francia que tanto defendía Chirac –y antes de él, el consenso gaullo-mitterrandista–, con esa idea optimista y voluntarista de que “las amenazas esconden siempre oportunidades”, también en política exterior. La crisis de refugiados, por ejemplo, es para Macron una “oportunidad” para el país, al igual que los desafíos económicos globales como la robotización y la cuarta revolución industrial.

Este voluntarismo también se traduce en la estrategia que seguirá el gobierno en el seno de las organizaciones internacionales. Cómo recordaba recientemente el director de la oficina de París del European Council on Foreign Relations, Manuel Lafont-Rapnouil, Macron insiste a menudo en que “hay que ser agresivos en la agenda comercial, promover nuestras propias preferencias colectivas. No queremos estar sometidos a las decisiones americanas o chinas”. Una posición que concuerda con la recuperación de una idea ya propuesta en el mandato anterior, un Buy European Act a escala europea, protegiendo el acceso a ciertos mercados o concursos públicos.

 

¿La continuidad del intervencionismo hollandista?

La gran incógnita es saber si a ese retorno de la retórica se le sumará un cierto continuismo intervencionista, en particular en algunas zonas de África, como ya hizo de forma unilateral Hollande. A pesar de su falta de popularidad interna y de su imagen de blando e indeciso, Hollande ha sido uno de los presidentes franceses que más ha arriesgado a la hora de intervenir en conflictos armados. Actuó de “urgencia” de forma unilateral en dos ocasiones, si bien es cierto que ambas recibieron cierta legitimación a posteriori, mediante resoluciones de la ONU, el respaldo de la UE, e incluso la implicación militar en el terreno de otros países y fuerzas regionales.

En el caso de Malí, en enero de 2013, la decisión se tomó en menos de 48 horas. Hasta ese momento el plan era seguir con la resolución de la ONU del 20 de diciembre de 2012, que preveía una intervención en el norte del país pero por parte de tropas africanas. El avance de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), a un centenar de kilómetros de Bamako, hizo que el gobierno maliense pidiera ayuda al Estado francés. El apoyo popular tanto en Francia como en el país africano fue casi unánime para primero bombardear, luego desplegar fuerzas sobre el terreno y, por último, garantizar la celebración de unas elecciones que ganó IBK, Ibrahim Boucabar Keita. En el caso de República Centroafricana, la intervención también se decidió en cuestión de horas. El riesgo de un genocidio étnico y religioso aceleró la decisión de enviar tropas terrestres. De nuevo, con un altísimo respaldo de ambas poblaciones y de la ONU.

En esta línea, Macron no ha tenido ningún reparo en mojarse en las cuestiones que relevan de un cierto intervencionismo directo o indirecto. Está a favor de seguir los bombardeos en Siria –decisión también adoptada por el gobierno Hollande, aunque mantiene posiciones contradictorias respecto a cómo gestionar la precondición de la salida de Bachar el Asad de la presidencia. Descarta levantar las sanciones a Rusia hasta que cumpla sus obligaciones con Ucrania, y a lo largo de la campaña ha ido endureciendo su discurso para acabar hablando, sobre todo, de seguridad colectiva y de la defensa de los franceses. “La primera prioridad, es la lucha contra el terrorismo”, dijo en su último debate frente a Marine Le Pen. En ese sentido, parece, de momento, más interesado en estrategias perceptibles que en estrategias de fondo, como políticas de asistencia, de cooperación o de desarrollo.

 

¿Europa?

El gran riesgo con cualquier presidente francés es que, una vez electo, tenga la tentación de utilizar ese bagaje histórico para descuidar el multilateralismo y el espíritu comunitario. Con Reino Unido enfangado en su Brexit, Francia será a partir de mañana la única potencia en el Consejo de Seguridad comprometida con el multilateralismo regional. Será el freno frente a una dupla –EEUU y Rusia– que se empeña en violar la legalidad internacional en los próximos cinco años. En ese sentido, la pregunta para Macron es saber si puede al mismo tiempo tener la paciencia suficiente de priorizar la construcción europea como dice, o si se decanta por priorizar su propia doctrina internacional para la República Francesa en su individualidad. Existe una tercera opción, nunca antes asumida por ningún presidente francés, que consiste en tomar el riesgo de liderar y apropiarse de la Unión. Impossible n’est pas français, como decía Bonaparte.

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