Fumigación de un campo de soja en la provincia Entre Ríos, Argentina. GETTY

La geopolítica alimentaria, Mercosur y China

El desafío será transformar la dependencia del este de Asia en una interdependencia aunque sea mínimamente equilibrada. Una relación así necesita que China ofrezca a los productores de Mercosur ventajas arancelarias, logísticas y en redes de distribución.
FLAVIO FLOREAL GONZÁLEZ
 |  7 de julio de 2020

Los países del Mercado Común del Sur (Mercosur) tienen un saldo a favor en su balanza comercial con China gracias al superávit brasileño. No obstante, Argentina, Uruguay y Paraguay registraron balanzas deficitarias en los últimos años. Más allá del saldo final, los miembros de Mercosur han enfrentado grandes problemas para diversificar sus exportaciones hacia el país asiático. Buena parte de su oferta se limita a productos agrícolas o manufacturas de origen agropecuario con poca elaboración. Hasta ahora no han podido aprovechar que China demanda productos cada vez más sofisticados para su creciente clase media.

¿Por qué las exportaciones argentinas se concentran en granos y aceite de soja, carnes y aceites y grasas animales? ¿Por qué las exportaciones brasileñas de bienes industriales a  otros destinos representa la mitad de su comercio, mientras que en las dirigidas a China tal protagonismo es para la soja? ¿Cómo de distintos podrían ser los perfiles productivos de los países de Mercosur si lograran avanzar en otro tipo de oferta? ¿Por qué reproducen en el siglo XXI, con China, un patrón de intercambio similar al mantenido con Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando eran meros proveedores de materia prima para recibir a cambio manufacturas e infraestructura?

Un mercado de 1.400 millones de personas en plena expansión debería brindar suficientes incentivos para que los empresarios de Mercosur inviertan en exportar productos y servicios más sofisticados. Al menos ello podría darse en Brasil y en menor medida en Argentina. Entonces, ¿dónde están las barreras?

Según un  informe de la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional, el problema reside en dificultades logísticas y de distribución. Hay que lidiar con plazos de entrega desde una distancia mucho mayor que los competidores. De los quince mayores exportadores agroindustriales, Argentina es el que más lejos se encuentra de China. A ello se suman problemas por desconocimiento de los canales de distribución, del mercado y las costumbres. La necesidad de contar con un socio local también provocó pérdidas y problemas de protección a la propiedad intelectual. Las empresas de Mercosur tampoco operan a gran escala en las redes de comercio electrónico que tanta importancia tienen allí.

Obviamente los gobiernos pueden colaborar con las empresas de la región para superar tales problemas. Pero también podrían hacerlo si encararan el vínculo con el país asiático desde la geopolítica alimentaria que probablemente emerja con el escenario internacional que ha generado la pandemia del Covid-19.

El mundo del libre comercio dominado por Estados Unidos, que vio nacer a Mercosur en 1991, ya no existe. Se ha potenciado la competencia entre EEUU y China por la hegemonía del sistema internacional. La economía de los países de Mercosur –en especial las de Argentina, Uruguay y Paraguay– depende en buena medida de las divisas que generan las exportaciones al este de Asia. Eso los coloca en una situación de eventual dependencia respecto a su principal cliente. El desafío que tiene entonces la geopolítica alimentaria de Mercosur será transformar dicha dependencia en una interdependencia aunque sea mínimamente equilibrada. De lo contrario, será muy difícil romper el actual patrón de intercambios para diversificar la oferta de productos dando un salto cualitativo en el desarrollo de sus economías.

No obstante, cabe preguntarse hasta qué punto podrá ser medianamente equilibrada tal interdependencia. Este tipo de vínculo no trae aparejado necesariamente un panorama de equilibrio en materia de costes y beneficios para las partes. La asimetría en la interacción proveerá a un Estado de capacidad de influencia sobre el otro. En otras palabras, de más poder para controlar los resultados de la relación, garantizándose mayores ganancias. Quien tenga más para perder será la parte vulnerable en cualquier relación interdependiente.

Hoy podríamos concluir que los miembros de Mercosur serán la parte vulnerable de tal interdependencia. Pero en el nuevo escenario internacional China también tiene motivos para cuidar la relación. Otros grandes proveedores de alimentos, como Gran Bretaña,  Australia, y Canadá, son aliados naturales de su rival. En cambio, los países de Mercosur han tenido a lo largo de su historia un vínculo pendular con EEUU. Seguramente enfrentarán el nuevo escenario internacional como free riders, sin aliarse explícitamente. Desde ese punto de vista, son una especie de resguardo a la hora de garantizar la seguridad alimentaria que va a requerir la estabilidad del gobierno de Pekín. China debería considerar entonces el uso del soft power económico para moderar las asimetrías estructurales que enfrentan para diversificar su oferta de productos. Una interdependencia mínimamente equilibrada necesita que China ofrezca a los productores de Mercosur ventajas arancelarias, logísticas y en la redes de distribución para sortear las barreras antes apuntadas.

El documento Global Value Chain Development Report 2017, editado entre otros por la Organización Mundial del Comercio, da cuenta que existen tres grandes espacios económicos regionales conformados alrededor de EEUU, China y Alemania, en los que las empresas segmentan su producción en cadenas de valor según los incentivos que se ofrecen. En su tercer capítulo se explica que América Latina ocupa una situación marginal en esa estructura como proveedora de materias primas para los países centrales. ¿No llegó la hora de transformar Mercosur en la herramienta institucional para desarrollar una nueva geopolítica alimentaria?

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