La presidencia asediada

JORGE TAMAMES
 |  25 de enero de 2017

Medio millón de manifestantes abarrotaron el Mall de Washington. A la Marcha de las Mujeres, convocada el 21 de enero, acudieron el doble de asistentes de lo que esperaban las organizadoras. El triple que a la toma de posesión de Donald Trump, celebrada en ese mismo espacio 24 horas antes. Cientos de ciudades se sumaron a la iniciativa: se calcula que cuatro millones de personas salieron a la calle a protestar contra la presidencia de un acosador sexual declarado.

No se trataba exclusivamente de una protesta contra los modales de Trump y la agenda antiabortista del Partido Republicano. Las organizadoras conectaron las reivindicaciones del movimiento feminista con los problemas de mujeres negras, musulmanas o inmigrantes, que se enfrentan a un redoble de amenazas con las que ya tenían que lidiar. Tampoco fue la única protesta contra Trump. El viernes, columnas de manifestantes pertenecientes a diferentes movimientos sociales recorrieron las calles de Washington en señal de protesta. Richard Spencer, el célebre neonazi que acudió a celebrar la toma de posesión, fue recibido con un puñetazo portentoso en la cara. El teatro Lincoln se llenó hasta la última butaca en un acto convocado por Jacobin, la principal revista socialista del país. Figuras destacadas de la izquierda, como Owen Jones y Naomi Klein, denunciaron el extremismo de Trump, pero exigieron una postura crítica con un Partido Demócrata anclado en la defensa del statu quo.

En comparación con la inauguración de Barack Obama, la de Trump ha sido un fracaso. Entendida como una llamada a la movilización en su contra, ha resultado todo lo contrario. La imagen que deja el fin de semana es la de una presidencia asediada, que se inaugura de manera humillante y con escasa legitimidad.

 

 

La nueva administración ha respondido con agresividad. Sean Spicer, portavoz de la Casa Blanca, convirtió su primera rueda de prensa en una arenga contra los medios de comunicación, insistiendo en que la asistencia a la inauguración fue inmensa. Kelliane Conway, asesora del presidente, señaló que Spicer no miente, sino que recurre a “hechos alternativos”. El propio Trump destinó la mayor parte de su discurso de presentación ante la CIA a rumiar sobre su investidura: 15 minutos de sandeces, pronunciadas ante una institución a la que ha criticado recurrentemente.

¿Significa este arranque renqueante que el extremismo de Trump tiene los días contados? No necesariamente. El historiador Allan Lichtman, uno de los pocos analistas que vaticinó la victoria del candidato republicano, insiste en que Trump podría verse destituido por su propio partido cuando se convierta en un lastre. Para eso, sin embargo, su índice de aprobación tendría que continuar descendiendo. El 45% actual es un récord a la baja (Obama gozaba de un 67% cuando inició su presidencia), pero indica que una mayoría de votantes republicanos aún confía en su presidente. También conviene recordar que el vicepresidente, Mike Pence, es en muchos sentidos más reaccionario que su jefe.

Entretanto, Trump tiene claras sus prioridades. En el poco tiempo que lleva en la Casa Blanca, el presidente ha ordenado derogar la reforma sanitaria de Obama, congelado la contratación de funcionarios federales (eximiendo al Pentágono) y anunciado la retirada estadounidense del Tratado de Comercio Transpacífico (TPP), negociado por su predecesor. La composición de su administración deja pocas dudas sobre sus intenciones. La multimillonaria Betsy DeVos, nominada secretaria de Educación, es una fundamentalista cristiana dedicada a financiar escuelas concertadas. Su hermano, Erik Prince, fundador de la empresa de mercenarios Blackwater y actual asesor del presidente, opina que EEUU debería recrear el Programa Fénix para combatir al Estado Islámico. La política de seguridad y defensa corre a cargo de militares excéntricos; al frente de la diplomacia estadounidense está un directivo de la industria petrolífera. El banco de inversión Goldman Sachs, vilipendiado durante la campaña, ha encontrado seis puestos destacados en la nueva administración, incluyendo al futuro secretario del Tesoro. La política exterior de Trump difícilmente se adherirá al aislacionismo que promulgó en campaña, y su agenda económica parece una terapia de choque ultraliberal, con la excepción de una política comercial proteccionista.

En una entrevista realizada hace unos meses, Obama confesaba haber descubierto que la presidencia estadounidense es mucho menos poderosa de lo que imaginaba. Trump parece encaminado a demostrar que estaba equivocado. La clave de los próximos meses y años es que la fortaleza institucional del Partido Republicano no se corresponde con un apoyo social mayoritario. Ocurre más bien al revés. Trump es un presidente por accidente, profundamente impopular y con casi tres millones de votos menos que su rival. Su inauguración reflejó esta realidad de forma certera.

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