Emmanuel Macron recibe al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, en París. Noruega se ha sumado a la iniciativa francesa de “disuasión nuclear avanzada” para reforzar la seguridad europea. 27 de mayo de 2026. GETTY

Las opciones nucleares de Europa

Los riesgos que plantean las armas nucleares siguen siendo tan graves como siempre, pero el marco institucional que los contenía se ha debilitado. Para Europa, evitar que la disuasión dé paso a la proliferación exige reforzar sus capacidades convencionales, mantener el compromiso de Estados Unidos y preservar la contención estratégica.
Ana Palacio
 |  3 de junio de 2026

La cuestión nuclear ha vuelto a ocupar el centro de la política mundial. Aunque el fantasma de la proliferación nuclear nunca desapareció, permaneció contenido durante décadas gracias a un orden internacional funcional y predecible, sustentado por la hegemonía estadounidense, una OTAN fuerte y regímenes creíbles de control de armamentos. Pero ese orden se encuentra ahora sometido a una presión sin precedentes, y la guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán no es más que la manifestación más reciente de esa tendencia. ¿Cómo preservar la contención nuclear en un mundo donde la arquitectura que la sostenía se está desmoronando?

El inicio de la era nuclear supuso un cambio radical en el pensamiento estratégico. Hasta entonces, el poder militar se medía por la capacidad de ganar guerras, algo que se ponía a prueba en el campo de batalla. Pero el propósito de las armas nucleares era la disuasión, no la victoria.

Las armas nucleares no pusieron fin a los conflictos. La Guerra Fría siguió siendo violenta, peligrosa y moralmente reprobable. Las guerras por delegación se intensificaron y la población vivió bajo la sombra del miedo. Las armas nucleares elevaron enormemente lo que estaba en juego en los conflictos, y la destrucción mutua asegurada contribuyó a evitar una confrontación directa entre las superpotencias. La disuasión funcionó no porque hiciera más virtuosos a los dirigentes, sino porque convertía la escalada en una opción suicida.

Esa sombría lógica sigue siendo válida, pero el contexto ha cambiado. Mientras que la Guerra Fría fue esencialmente bipolar, el orden nuclear actual es multipolar. China se suma ahora a Estados Unidos y Rusia como gran potencia nuclear. Aunque su arsenal sigue siendo considerablemente menor, el Departamento de Defensa estadounidense estima que podría contar con más de 1.000 ojivas nucleares operativas en 2030.

El resultado no será simplemente una versión ampliada de la Guerra Fría. La disuasión trilateral es más inestable que la bilateral. Cada gran potencia debe calcular no solo su equilibrio con sus adversarios, sino también cómo las medidas adoptadas frente a uno de ellos afectan a los demás. El control de armamentos se vuelve más ambiguo y la gestión de crisis, más compleja.

Para complicar aún más las cosas, existen otros Estados con armas nucleares –Reino Unido, Francia, India, Israel, Corea del Norte y Pakistán–, cada uno con su propia doctrina, geografía, temores e imperativos políticos. Sus arsenales son más reducidos, pero el peligro que representan no lo es. Un enfrentamiento nuclear en la península coreana o entre India y Pakistán no solo constituiría una tragedia regional de enormes proporciones, sino que afectaría a alianzas más amplias, perturbaría los mercados y las cadenas de suministro mundiales y alteraría los cálculos estratégicos de las grandes potencias.

Pero quizá el elemento más peligroso del orden nuclear emergente sean los Estados situados en el umbral nuclear. El riesgo no reside únicamente en que más países desarrollen grandes arsenales, sino en que algunos adquieran una capacidad nuclear limitada que les permita intimidar a sus vecinos, disuadir una intervención extranjera o evitar una derrota convencional. Bastan unas pocas armas nucleares para transformar una crisis regional en una crisis de alcance mundial.

Esto aumenta la importancia de las negociaciones destinadas a poner fin a la guerra con Irán. Un acuerdo que permita una desescalada militar inmediata y la reapertura del estrecho de Ormuz podría resultar útil desde el punto de vista diplomático. Pero si no incluye un compromiso claro sobre el programa nuclear iraní, la lección que se extraiga –no solo en Teherán, sino también en Ankara, Riad, Seúl y Tokio– podría ser que la proliferación constituye una estrategia eficaz.

Europa también observa con atención. La cláusula de defensa colectiva de la OTAN sigue siendo la piedra angular de la seguridad europea, pero no es un mecanismo automático: requiere decisiones políticas para su activación. Cuanto más duden los miembros europeos de la Alianza de que Estados Unidos cumplirá su compromiso de acudir en su defensa, más buscarán protegerse mediante el fortalecimiento de sus capacidades nacionales, la obtención de garantías bilaterales específicas y la búsqueda de alternativas de disuasión nuclear.

No se trata de una hipótesis abstracta. Mientras el presidente polaco, Andrzej Duda, ha pedido el despliegue de armas nucleares estadounidenses en territorio polaco –con el fin de reforzar la credibilidad del paraguas nuclear de Estados Unidos–, el primer ministro Donald Tusk ha subrayado la importancia de desarrollar una mayor autonomía en materia de disuasión. Por su parte, el canciller alemán, Friedrich Merz, ha impulsado el debate sobre la creación de un paraguas nuclear europeo compartido, respaldado fundamentalmente por Francia y Reino Unido.

Francia, de hecho, parece receptiva a esa idea. En marzo, el presidente Emmanuel Macron presentó una “doctrina de disuasión avanzada” que abarcaría a los aliados europeos de su país. Bélgica, Dinamarca, Alemania, Países Bajos, Grecia, Polonia, Suecia y Reino Unido ya han aceptado participar en esta estrategia, aportando sus capacidades convencionales al respaldo de la disuasión nuclear francesa.

Sin embargo, el denominado parapluie nuclear francés presenta limitaciones fundamentales: es selectivo, soberano y reversible. No cubre a todos los Estados miembros de la Unión Europea; deja a algunos países –como España– fuera del círculo más próximo; y mantiene la toma de decisiones nucleares exclusivamente en manos de Francia. La retórica de Macron no apunta al nacimiento de una auténtica disuasión nuclear europea, sino más bien a un intento de revestir de autonomía estratégica una redistribución de cargas dentro de la Alianza.

En última instancia, no existe sustituto para la garantía de seguridad estadounidense. Pero Europa debe hacer su parte para que esa garantía siga siendo políticamente sostenible. Con ese objetivo, en lugar de acudir a la próxima cumbre de la OTAN con ansiedad disfrazada de indignación, los líderes europeos deberían presentarse con un compromiso firme de reforzar el pilar europeo de la Alianza.

Eso implica ampliar las capacidades convencionales, mejorar las defensas aéreas y antimisiles, incrementar los arsenales, reforzar los sistemas de inteligencia y vigilancia y aumentar la contribución europea a la disuasión por debajo del umbral nuclear. Cuanto mayores sean las capacidades convencionales de Europa, menos dependerá su seguridad de la disposición de Estados Unidos a asumir el riesgo de una escalada nuclear.

Este enfoque tendría además una ventaja fundamental: reduciría los incentivos a la proliferación, algo que también beneficiaría a Estados Unidos. Lo último que desea Washington es un mundo en el que cada aliado inquieto o cada potencia regional concluya que solo las armas nucleares pueden garantizar su seguridad. La ambigüedad estratégica estadounidense puede resultar útil en determinadas circunstancias; el abandono estadounidense sería profundamente desestabilizador.

La era nuclear comenzó con la constatación de que la victoria podía equivaler a una catástrofe. Ese riesgo sigue siendo tan grave como siempre, pero el marco institucional que contribuía a contenerlo se ha erosionado profundamente. La tarea ahora consiste en evitar que la búsqueda de la disuasión desemboque en la proliferación. Para Europa, ello implica mantener el compromiso de Estados Unidos, desarrollar sus capacidades convencionales, preservar la credibilidad de la OTAN y ejercer la prudencia estratégica.

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