Si Santo Domingo no está llevando a cabo una “limpieza étnica”, es, principalmente porque el término es demasiado difuso como para encajar con sus acciones.

Limpieza étnica: con el lenguaje hemos topado

JORGE TAMAMES
 |  8 de julio de 2015

Ante la brutalidad con que el gobierno de la República Dominicana está tratando a sus inmigrantes haitianos –y, en muchos casos, a ciudadanos dominicanos de origen haitiano–, surge una pregunta inevitable: ¿está llevando a cabo una limpieza étnica? Al igual que otras palabras cargadas –apartheid, genocidio, holocausto–, el empleo del término es, casi siempre, problemático.

Tal vez sea más fácil definir lo que la situación en la isla no es. Un sistema de apartheid conlleva la segregación de una mayoría de la población en enclaves marginados: es por eso que ni Estados Unidos en los años sesenta ni Israel en la actualidad son un reflejo de la Suráfrica pre-Mandela.

La República Dominicana no está llevando a cabo una expulsión total de su minoría haitiana, pero la discrimina sistemáticamente. Aunque la presión internacional lima aristas en la conducta de Santo Domingo, es innegable que el gobierno intenta hacer la vida imposible tanto a inmigrantes haitianos como a sus descendientes, hoy dominicanos. Si no está llevando a cabo una “limpieza étnica” es, principalmente, porque el término es demasiado difuso como para encajar con sus acciones.

En un ensayo publicado en 1993 por Foreign Affairs, Andrew Bell-Fialkoff advertía de que el término “limpieza étnica” –popularizado durante las guerras balcánicas– “desafía cualquier definición sencilla”. Más que un concepto nítido, “limpieza étnica” abarca un continuo que va desde la inmigración forzada (como en el caso de la República Dominicana) al genocidio (como en la masacre de Srebrenica, hoy cerca de su 20 aniversario).

Bell-Fialkoff definió el término como “la expulsión de una población ‘indeseable’ de un territorio determinado, debido a consideraciones religiosas, étnicas, políticas, estratégicas, ideológicas, o una combinación de todas ellas”. Así, podríamos definir como limpieza étnica el exterminio de la población indígena de EE UU, pero no el tráfico de esclavos al Nuevo Mundo (un crimen difícil de sobrepasar, pero que no tenía como objetivo la despoblación de África).

Las primeras limpiezas étnicas, además, ni siquiera fueron tales. Desde el primer caso documentado, en la Asiria de Tiglath-Pileser  (745-727 a.C.), a la Inquisición (Gerald Brenan observó que, si España no se convirtió en el primer Estado totalitario de la historia, fue porque carecía de los medios técnicos para ello), el criterio para expulsar o exterminar al “otro” fue generalmente religioso. La limpieza étnica basada en criterios nacionalistas es un producto de Europa y el siglo XIX, y encuentra sus precedentes más notables en la Primera Guerra mundial. En el extremo moderado, tenemos el intercambio de minorías entre Grecia y Turquía, acordado entre ambos gobiernos. En el otro tenemos lo que Winston Churchill denominó el primer holocausto: hasta un millón y medio de armenios muertos a manos de turcos y kurdos entre 1915 y 1918.

 

Genocidio, holocausto, shoá

El genocidio armenio, ampliamente reconocido en Europa, continua siendo objeto de polémica. “Realmente muere mucha gente víctima de una operación de contrainsurgencia”, apunta el profesor de historia Francisco Veiga en Jot Down. “A comienzos de la Gran Guerra los rusos habían apoyado un levantamiento guerrillero armenio en la retaguardia otomana. La respuesta consistió en deportar a la población civil armenia para que no apoyara a los insurgentes. Algo así hizo el general Weyler en Cuba ‘reconcentrando’ a unos cuatrocientos mil civiles en 1896; o los británicos con la población civil bóer, en África del Sur”. El gobierno turco continúa negándose a usar el término “genocidio”, y considera las críticas occidentales como un acto de hipocresía.

Si el caso del primer holocausto es polémico, la semántica del segundo también lo es. «Holocausto» proviene del griego holokauston, “todo quemado”. En la Biblia, el término aparece para referirse a la quema de ofrendas religiosas. De esta forma, la muerte de seis millones de judíos europeos pasaría a entenderse como un sacrificio religioso. Nada más distante del exterminio sistemático, minucioso e incluso banal que se llevó a cabo entre 1941 y 1945. En 1998, Giorgio Agamben ilustró esta incoherencia en un ensayo poderoso y desgarrador: “Los judíos no fueron exterminados en el transcurso de un delirante y gigantesco holocausto, sino, literalmente, tal como Hitler había anunciado, ‘como piojos’”. Es por eso que muchos de ellos emplean la palabra “shoá” (catástrofe) en vez de holocausto.

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