Defensores del líder opositor Juan Guaidó visten una bandera venezolana durante una manifestación contra el presidente Nicolás Maduro/ GETTY

Los intereses de terceros provocan más y más guerras

CRISIS GROUP
 |  14 de mayo de 2019

El nuevo orden del sistema internacional deja claro que las potencias globales o muestran su indiferencia ante los conflictos, o intervienen, alimentándolos deliberadamente para debilitar a sus enemigos. Ciertos actores regionales se han visto tanto amenazados por el vacío que sucede al conflicto, alentados por sacar provecho de la situación para promover sus intereses. Además, los actores locales son, simultáneamente, manipulados por y manipuladores de los resultantes actores que participan en las guerras de poder. En consecuencia, la resolución de los conflictos se hace cada vez más compleja. El último mes ha dado buena cuenta de ello.

En Sudán, meses de protestas pacíficas en todo el país lograron lo que muchos consideraban inalcanzable: el fin del régimen de tres décadas de Omar al-Bashir. La suerte que corra el periodo de transición depende, en gran medida, de las dinámicas internas que se desarrollen ahora; de que los líderes militares desvíen el rumbo hacia una situación propicia a sus intereses; de que las distintas fuerzas del orden, que compiten por el poder, se fragmenten; y de que los manifestantes y la oposición puedan permanecer unidos. Los actores globales y regionales también han jugado su papel, pero apenas lo han enfocado hacia la mejor opción.  Diversos informes han sacado a la luz los esfuerzos de Rusia por contribuir a la desinformación y ayudar al régimen a permanecer en el poder. Más importante resulta la incertidumbre que atraviesa la capital, Jartum, agravada por interferencias provenientes del Golfo, que además se han complicado por el desconcierto en Washington. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos parecen haberse inclinado a favor de los líderes militares, los cuales, junto con Egipto, mantienen estrechas relaciones con sus regímenes, lo que supone un reflejo de sus preocupaciones sobre las protestas populares que buscan derrocar a estos regímenes y su deseo de mantener a Qatar y Turquía al margen. Los Estados Unidos han estado desaparecidos en combate.

Esta postura es evidente, ya que es la primera vez desde la administración de George H. W. Bush, que el gobierno estadounidense no ha nombrado un enviado especial para Sudán. La cuestión que subyace es si es un síntoma de deferencia hacia los aliados del Golfo, por desinterés, o por una desconexión entre el departamento de Estado -que ha pedido una transición civil- y la Casa Blanca -que se mantuvo en silencio sobre la situación en Sudán aunque ha mostrado una mayor simpatía hacia las preferencias generales de sus socios del Golfo-. Una cosa está clara: entre las protestas sudanesas, la percepción es que los EEUU se alinean con la posición de Egipto, y que Arabia Saudí y Emiratos Árabes respaldan a los militares. Esto no solo hace poco probable que EEUU se gane la complicidad de la próxima generación de políticos sudaneses, sino que, además, entraña el riesgo de que las élites del ejército se atrincheren en su posición y eludan los compromisos necesarios para evitar nuevos disturbios.

Factores muy similares juegan su papel en Libia, con fatales consecuencias. A principios de abril, las fuerzas leales al mariscal Jalifa Haftar, lanzaron un asalto contra la capital, Trípoli. Existen razones para creer que puso en marcha la operación erróneamente convencido de que sería fácil y peligrosamente animado por las señales de apoyo que mostraron los actores regionales y las principales potencias. Dicho esto, parece que lo más importante no resulta ser la tradicional alianza con Emiratos Árabes y Egipto, sino la sorprendente convergencia entre Arabia Saudí, Rusia y EEUU.

Igualmente, en este caso, las intenciones de Washington siguen siendo bastante opacas. En un primer momento, el departamento de Estado expresó su preocupación por el avance de Haftar, para ser posteriormente desestimada por el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton y, más decisivamente, por el presidente Donald Trump, quien se manifestó a favor del líder del ejército libio tras su encuentro con el presidente egipcio Al-Sisi. El resultado final: ya más de 200 personas murieron; la perspectiva de una sangrienta guerra de desgaste entre Haftar por un lado y el gobierno internacionalmente reconocido con sede en Trípoli junto con las milicias locales por el otro; y la amenaza de una guerra de poderes en aumento que también involucra a Qatar y Turquía. Todos los actores externos deberían dejar de echar leña al fuego, presionar a sus respectivos aliados libios para conseguir el alto al fuego y que respalden el regreso de un proceso dirigido por Naciones Unidas.

Al cierre de este artículo, Venezuela se presenta como la “prueba C” en la lista de interferencias extranjeras contraproducentes. Se sabe muy poco acerca de lo que ocurrió el día 30 de abril, cuando los esfuerzos para destituir al presidente Nicolás Maduro parecían haber colapsado rápidamente. No obstante, hay algunas cosas claras: Venezuela está pagando el precio por la división e impotencia de América Latina; el apoyo de Rusia, Cuba y China a Maduro; así como la interferencia, amenazas e intimidaciones estadounidenses relativas a una posible intervención militar. La mejor solución para superar la crisis económica y humanitaria en la que se sume el país pasa por que los actores extranjeros favorezcan que las fuerzas a favor de Maduro y aquellas partidarias de Guaidó retomen las conversaciones, con el objetivo de establecer un acuerdo para compartir el poder con representantes del chavismo y de la oposición, que culmine con unas elecciones fidedignas, con autoridades electorales reformadas y bajo la supervisión internacional.

Este artículo es un extracto de una pieza más extensa, publicada originalmente, en inglés, en la web de Crisis Group. 

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