El presidente del Congreso Nacional Africano y el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, saluda a sus simpatizantes durante un acto de campaña / GETTY

Suráfrica: victoria agridulce del Congreso Nacional Africano

MARCOS SUÁREZ SIPMANN
 |  10 de mayo de 2019

Suráfrica ha celebrado sus sextas elecciones generales democráticas. El actual presidente Cyril Ramaphosa se mantendrá en el cargo. Pero el Congreso Nacional Africano que cumple un cuarto de siglo democrático bajo el legado de Nelson Mandela (1994-99) ha sufrido una grave sangría de votos. La mala gestión, la deteriorada situación socioeconómica y la corrupción han hecho mella en el histórico CNA. Ramaphosa sustituyó el pasado año a un Jacob Zuma (2009-18) obligado a dimitir tras estar –literalmente – destrozando el partido y la confianza a base de escándalos.

La formación hegemónica se había mantenido por encima del umbral histórico del 60% desde que Mandela triunfara en 1994. Ahora se aleja bastante del 62,15% obtenido en los comicios de 2014. En las municipales de 2016 las cifras ya experimentaron una caída. La impresión de la mayoría absoluta es engañosa; pese a ella el CNA se encuentra en caída libre.

Las elecciones surafricanas tienen la reputación de ser unas de las más transparentes y creíbles del continente. En gran parte debido al buen hacer de la Comisión Electoral Independiente encargada de organizar los comicios en el país. Si no hay reclamaciones, el plazo para proclamar los resultados oficiales es de siete días. No obstante, la Comisión va a llevar a cabo una auditoría ante las dudas sobre el posible voto múltiple de muchos electores en algunas regiones.

Preocuparon informaciones del periódico local Daily Maverick sobre la existencia de un plan ruso para influir en las elecciones fortaleciendo al CNA y desacreditando a la oposición. Se desconoce si el plan fue llevado a la práctica. Tampoco hay evidencias que sugieran que el presidente Ramaphosa estuviera al tanto. En los últimos años, Rusia ha tratado de desempeñar un papel cada vez más importante en África. De hecho, en octubre, Vladímir Putin será anfitrión de una cumbre África-Rusia en la localidad de Sochi.

Se ha votado a los legisladores que iniciarán en la Asamblea Nacional (Cámara Baja) los trámites parlamentarios para designar al nuevo presidente, cuya investidura está prevista para el día 25 en Pretoria. También se ha elegido a las autoridades de cada una de las nueve provincias surafricanas.

Las elecciones se han celebrado en un contexto marcado por la desilusión. La jornada de este 8 de mayo transcurrió con normalidad sin apenas incidentes. La cifra de participación fue del 65,34%, la menor de la democracia, con una caída de 8 puntos con respecto a 2014 atribuida al descontento con la política.

Los surafricanos han dejado de creer en las promesas del CNA de luchar contra la corrupción generalizada, el elevado desempleo y la grave desigualdad. Nueve millones de ciudadanos con derecho a voto no se registraron; la mayoría, jóvenes menores de 30 años. Y es que la nueva generación, nacida ya en un país libre, está decepcionada.

No ha habido una mejora de la calidad de vida para la mayoría sin derechos políticos durante el ‘apartheid’. Indicadores como pobreza e inequidad han empeorado pese a los subsidios del gobierno para ayudar a las poblaciones en condición de vulnerabilidad. La brecha racial sigue siendo profunda. La minoría blanca, que representa una décima parte de la población, posee casi tres cuartas partes de la tierra. Solo el 14% de ciudadanos negros ocupan puestos de dirección y altos cargos en las empresas. Las grandes compañías continúan en manos de la minoría blanca.

Suráfrica es según el Banco Mundial uno de los más desiguales del mundo. Cada día se producen 56 homicidios y 110 violaciones (denunciadas). A ello se añaden los numerosos episodios de rechazo y violencia hacia los migrantes procedentes de Zimbabue, Mozambique y otras naciones vecinas. Los problemas endémicos aludidos seguirán siendo los principales desafíos del nuevo gobierno. Un paro superior al 27% (el índice oficial, en las barriadas supera el 50), altas tasas de pobreza que afectan mayoritariamente a la población negra, servicios estatales deficientes y un débil crecimiento del PIB (0,8% el pasado año). A esto hay que sumar la corrupción que se extiende a todos los niveles de la ineficiente administración y las empresas estatales. El impacto negativo de esta plaga se intensificó de forma dramática durante el mandato de Zuma.

 

La oposición

La pérdida de apoyo del CNA beneficia al principal partido de la oposición, la liberal Alianza Democrática, de centro, que mejora considerablemente hasta llegar al 26,60% de respaldo. Mmusi Maimane, jovencísimo empresario de 39 años, criado en Soweto y primer líder nacional negro de la AD asegura ser el único candidato que apuesta por una Suráfrica “no racial”. Se consolida como líder de la oposición. Sustituyó a Helen Zille en 2015 con una puesta en escena similar a la de Obama aunque consciente de la necesidad de encontrar un perfil propio y evitar esa etiqueta. Con su lema Construir una Suráfrica para todos, la AD deja atrás su imagen de partido “tradicionalmente asociado al voto de la minoría blanca” pasando a tener serias posibilidades de romper la hegemonía del CNA. Maimane se propone oxigenar Suráfrica con una agenda económica reformista basada en el libre mercado y desligada de las cuestiones de raza.

Se produce asimismo un alza de la extrema izquierda. Los Luchadores Para la Libertad Económica (EFF por sus siglas en inglés) de Julius Malema son una formación de nuevo cuño emergida en 2013 con tintes populistas. Este provocador exlíder juvenil del CNA defiende recetas como la expropiación sin compensación de la tierra o la nacionalización de sectores estratégicos, como la minería. Sin embargo, con un resultado del 7,95% quedan bastante por debajo de lo que les auguraban las encuestas.

Con Mandela, Suráfrica evitó hace 25 años el temido baño de sangre tras décadas de opresión. Sus sucesores han incumplido sus promesas. Las expectativas de la mayoría han sido defraudadas y la elite del CNA que sustituyó a la tiranía blanca está sumida en la podredumbre. Ramaphosa recibió el pasado año una herencia envenenada de su predecesor. Los retos que tiene ante sí son enormes. Es verdad que su ascenso al poder en febrero de 2018 fue recibido como un soplo de aire fresco y confianza para la nación más industrializada de África. No obstante, el mandatario – exsindicalista, antiguo activista contra el ‘apartheid’ y empresario de éxito – no era ajeno a ese escenario. Al contrario, ocupaba la Vicepresidencia desde 2014.

La democracia no ha traído la libertad como ha reconocido el propio Ramaphosa: “No podemos ser una nación de personas libres cuando tanta gente vive aún en la pobreza… sin suficiente alimento, sin un techo apropiado”. Ha prometido crear casi 300.000 puestos de trabajo al año, con una economía alentada por la lucha contra la corrupción y la recuperación de la confianza de los inversores, quienes – es cierto – podrían confiar en él como hombre de negocios que es.

El tema de las expropiaciones sin compensación es una cuestión muy sensible para la población aunque al mismo tiempo genera un fuerte rechazo en los mercados. Por eso, Ramaphosa ha sido y sigue siendo ambiguo. Si bien sostiene que “nunca estará permitido arrebatar tierras”, el CNA tiene abierta junto al EFF una iniciativa parlamentaria para cambiar la Constitución posibilitando esa opción.

Si su voluntad de regeneración y renovación es sincera cabe desearle toda suerte de éxitos. Pero la crisis de credibilidad del CNA es muy profunda y sus 25 años ininterrumpidos en el poder demasiados. Para una verdadera democracia es precisa la alternancia en el poder.

El futuro y la esperanza de la llamada “nación arcoiris” en el corto-medio plazo podría muy bien llevar el nombre de Mmusi Maimane.

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