Momentos estelares en la historia de los debates

JORGE TAMAMES
 |  30 de noviembre de 2015

Hoy es el Día D: El País organiza un debate entre los principales candidatos a la presidencia del gobierno. Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera están citados a las 21:00 para debatir durante hora y media. Aunque no es un encuentro demasiado convencional –emitido por internet, enfrentando a tres candidatos y con el partido que gobierna brillando por su ausencia–, será posiblemente el más representativo de la campaña, habida cuenta de que el de TVE, programado para el 14 de noviembre, excluirá a Podemos y Ciudadanos.

Una consideración previa: ¿cómo de importantes son los debates presidenciales? En realidad, afectan a las preferencias de los votantes de forma diferente de lo que a primera vista pudiera parecer. Nate Silver, autor de La señal y el ruido y experto en estudios electorales, señala varios matices importantes. En primer lugar, aunque muchos votantes se hayan decantado por una opción política antes de que tengan lugar los debates, los resultados se pueden transmitir a la intención de voto. Pero, señala Silver, lo más determinante tal vez sea la interpretación que realiza la prensa a la hora de determinar quién ha ganado. Finalmente, los debates benefician a los contendientes menos conocidos, por otorgarles una plataforma desde la que convencer a muchos votantes. En ese sentido, el de hoy es un evento crítico, en tanto que puede beneficiar a los partidos emergentes y convencer al enorme porcentaje de indecisos (un 25%, cifra sin precedentes cercanos) en este ciclo electoral. A continuación, ofrecemos varios consejos basándonos en debates presidenciales famosos.

La tiranía de las imagen. El primer debate televisado de la historia enfrentó a John F. Kennedy y Richard Nixon en septiembre de 1960. Se dice que los estadounidenses que escucharon el evento por la radio consideraron que Nixon, entonces vicepresidente de Eisenhower, había vencido a un adversario más joven e inexperto. Pero en 1960 el 88% de las familias americanas tenían una televisión en casa. Y la pantalla contó una historia muy diferente: en ella Nixon, recientemente hospitalizado, aparecía pálido, sudoroso y nervioso frente a un Kennedy mucho más carismático y tranquilo. Quienes vieron el debate por televisión consideraron que era el demócrata quien había ganado. Nixon se repuso en un segundo debate, pero el daño ya estaba hecho. Kennedy, por su parte, llegaría a considerar que la televisión le permitió ganar las elecciones.

Una imagen cuidada y un lenguaje corporal correcto otorgan una ventaja enorme en un debate. Es un terreno en el que destacan Sánchez y Rivera, aunque el segundo se ha mostrado como un orador más ágil. Pero la presentación tiene un límite: si el candidato sacrifica demasiada espontaneidad en aras de su imagen, puede parecer demasiado programado o artificial. Es lo que algunos expertos en comunicación señalan con respecto a Rivera y su “gesto napoleónico”.

 

 

Confiarse mata. En España, los debates televisados han brillado por su ausencia. Eso sí, los primeros, entre Felipe González y José María Aznar en 1993, fueron igual de determinantes que los de Nixon y Kennedy. Como muestra un muy recomendable documental de La Sexta, el entonces presidente acudió al primer debate, organizado por Antena 3, sin preparación. Esperaba liquidar a Aznar con su reconocida oratoria, pero su rival se había preparado el encuentro a conciencia y le noqueó con una avalancha de cifras económicas y acusaciones de corrupción. Lo interesante es que la historia termina bien para González: la goleada del primer debate, mostrando al presidente vulnerable, generó un efecto underdog entre muchos votantes hasta entonces desencantados con el PSOE. Y en el segundo debate, organizado por Telecinco, el presidente, esta vez preparado por Alfonso Guerra, se impuso sobre un Aznar que se había dormido en los laureles. El resultado fue una victoria electoral para los socialistas, que mantendrían el gobierno hasta 1996.

Otro clásico en el terreno de la confianza que mata es el debate entre George W. Bush y Al Gore. En este caso, se trata de un ejemplo de cómo perder un debate pensando que lo ganas. El vicepresidente de Bill Clinton trató a Bush de forma condescendiente, suspirando ruidosamente cada vez que abría la boca. Lo que consiguió, desafortunadamente, fue retratarse como un pedante. También intentó acercarse demasiado hacia su contrincante, tal vez pretendiendo intimidarle, pero finalmente para cosechar risas del público.

 

 

Burradas que se graban en la memoria. La posibilidad de que un candidato suelte alguna estupidez memorable es, sin duda, una de las principales atracciones de cualquier debate televisado. En EE UU no se volvería a celebrar un evento de este tipo hasta 1976, esta vez entre Jimmy Carter y Gerald Ford, sucesor de Nixon. En esta ocasión, el candidato republicano volvió a salir trasquilado, al afirmar, en plena guerra fría, que Europa del Este no estaba dominada por la Unión Soviética. De mal en peor: en vez de retractarse, Ford insistió de lleno en lo que a todas luces era una mentira como un piano. El error le siguió hasta la derrota electoral.

 

 

España tampoco está exenta de frases para la galería. En el debate de 2008 entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, el candidato popular cerró el debate sacando de la chistera a su famosa niña que hablaba inglés y estaba orgullosa de vivir en España. Un recurso cursi que le valió bastantes parodias, y desde luego no impidió al PP perder aquellas elecciones.

 

 

El sentido del humor ayuda. Es un recurso agradecido en plena crispación del debate, y además muestra que el candidato está relajado, seguro de sí mismo. Un clásico: Walter Mondale debate con Ronald Reagan, y el moderador pregunta al presidente, por entonces el más anciano en la historia de EE UU, si su edad no supone un problema. “No haré de la edad uno de los asuntos en esta campaña”, responde Reagan, para a continuación precisar: “No voy a explotar con fines políticos la juventud e inexperiencia de mi oponente.”

 

 

Otro ejemplo, un poco más complicado y muy francés: el de François Mitterrand con Jacques Chirac. En un periodo de cohabitación, el presidente socialista se enfrenta a su primer ministro, conservador. Chirac, bastante pomposo, proclama que esa tarde de 1988 se enfrentan como iguales, y por tanto le tratará de “Monsieur Mitterrand”. “Tiene usted toda la razón, señor primer ministro”, le despacha su jefe.

 

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