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Ucrania y Crimea, un gran conflicto

Ucrania y Crimea, un gran conflicto

Editorial | 1 de marzo del 2014

“La historia no se repite, pero tiene rima”, escribe Margaret MacMillan en su imprescindible ensayo sobre las lecciones de la Primera Guerra mundial. La escalada del conflicto que estalló en Ucrania el otoño pasado ha llevado a las tropas rusas a ocupar Crimea. Los países occidentales amenazan con sanciones a Moscú. La prensa internacional ha recuperado un lenguaje de guerra fría. Como aconseja la historiadora canadiense, parece el momento para “echar la vista atrás, aunque no dejemos de mirar adelante”.

Pequeños o grandes incidentes producen cada día imprevisibles consecuencias. Pero hay corrientes de fondo que explican la realidad y trazan pistas sobre el futuro. Ese es el objetivo de Política Exterior al publicar trabajos como el de MacMillan, que explica con clarividencia la mezcla de nacionalismo, populismo, alianzas clientelares y dirigentes con sueños de grandeza que llevaron a la Gran Guerra. Encontramos mucho de todo esto en la crisis de Ucrania y en la respuesta de Rusia.

El deseo de Moscú de mantener su influencia creando una Unión Euro­asiática en el espacio exsoviético tiene una lógica en términos económicos y de seguridad. Con razones o sin ellas, Rusia se siente cercada por Occidente, amenazada en sus fronteras e intereses. Una economía y una demografía en retroceso son los mayores impedimentos a la proyección de su poder. La Rusia de Putin es, además, una combinación de Estado policial y corrupción. Lo cual no es simplificar, aunque el doble factor esté presente en tantos rasgos de la vida pública rusa, desde la cumbre a la pequeña provincia. Brutalidad policial unida a corrupción no lo explica todo, de acuerdo; pero explica un nervio central del país. La represión policial está presente en Rusia, en horizontal, geo­gráficamente, desde San Petersburgo a Vladivostok; o en vertical, desde los círculos plutocráticos altos, dependientes casi todos del Kremlin, a las localidades remotas.

Ucrania está integrada en Rusia, o quizá mejor, Rusia en Ucrania, desde mediados del siglo XVII. Esa integración ucraniorrusa es, por ejemplo, contemporánea de Velázquez, de Felipe IV o del joven Luis XIV. Pero Ucrania no quiere ser, y no lo será posiblemente, un servidor de Rusia. Ucrania tiene la fuerza imborrable –no son vaguedades– de su personalidad. Kiev era una capital del naciente Estado de los Romanov cuando Velázquez pintaba  Las Meninas.

Una de las consecuencias más desestabilizadoras de la no imposible guerra entre Rusia y Ucrania sería la transformación impredecible de las relaciones de Moscú con Occidente. El director del centro Carnegie de Moscú, Dmitri Trenin, asegura que la crisis de Crimea producirá “cambios en el equilibrio de poder global, con Rusia en abierta competición con Estados Unidos y la UE en el este de Europa”.
Ante la deriva del conflicto, en Ucrania se temían dos respuestas de Moscú: la presión a Kiev a través de la energía, como sucedió en 2006 y 2009, cuando el gigante Gazprom cortó los suministros a Ucrania; y la ocupación de Crimea. El despliegue de tropas en la república autónoma es la respuesta beligerante de un país con una economía en retroceso, consciente de que la herramienta energética tiene los días contados.

Los países de Europa oriental llevan años invirtiendo en nuevos proyectos de infraestructuras energéticas para facilitar las importaciones de gas natural de otros lugares. Aunque se tardará aún años para que esos proyectos estén operativos y proporcionen energía a precios competitivos, están destinados a limitar la dependencia energética de Rusia.

Otro fenómeno de mayor alcance es la revolución shale en Estados Unidos. Robert D. Blackwill y Meghan L. O’Sullivan analizan en este número las consecuencias geopolíticas del incremento en la oferta energética mundial, entre ellas la bajada del precio del petróleo. El precio actual en torno a los 100 dólares ya ha supuesto una reducción de las previsiones de crecimiento de la economía rusa. “Aunque Occidente pudiera ver con buenos ojos las dificultades de Rusia, una Rusia más débil no significa necesariamente una Rusia menos conflictiva. Si los precios bajos debilitasen a Putin, se fortalecerían las fuerzas más nacionalistas y Rusia podría tratar de mantener su influencia regional de una forma más directa, incluso mediante la proyección de su poderío militar”, advierten los autores.

Lo que vemos hoy en Crimea puede interpretarse como el regreso de la guerra fría: también como el primer episodio de un cambio geopolítico profundo a las puertas de la UE.

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